Tu vida en las manos de Dios

Arzobispo Aquila

Recientemente, el Papa Francisco se reunió con personas que sufren de la enfermedad de Huntington, una extraña enfermedad genética que causa movimientos, trastornos cognitivos y psiquiátricos. “Para Jesús”, les dijo, “la enfermedad nunca ha sido obstáculo para acercarse al hombre, sino todo lo contrario. Él nos ha enseñado que la persona humana es siempre valiosa, que tiene siempre una dignidad que nada ni nadie le puede quitar, ni siquiera la enfermedad”.

Este encuentro me sorprendió porque aquellos que están tentados a usar la nueva ley del suicidio asistido por médicos de Colorado, citan su pérdida de dignidad como una razón para hacerlo. Sienten que su vida ya no tiene valor, que son una carga, o que su sufrimiento es demasiado grande. Los sacerdotes de la arquidiócesis también han estado pensando en las personas que están en estas circunstancias, desde que se aprobó la nueva ley. Han venido a mí y me han preguntado: “¿Cómo puedo responder a alguien que pide los sacramentos, pero ha solicitado el suicidio asistido?”. Reconocen la seriedad del asunto, por la salvación de las almas involucradas.

Este tipo de preguntas llevó a los cuatro obispos de Colorado a discutir sobre cómo responder de una manera en que se aliente a un encuentro con Cristo y ofrece verdadera misericordia, en lugar de la ilusión falsa de la misericordia que presenta el suicidio asistido. Nuestra discusión dio como resultado un conjunto de pautas recientemente publicadas para los sacerdotes, llamadas: “A tus manos encomiendo mi espíritu”, que se resumen brevemente en esta columna.

En el corazón de estas directrices está la importancia de la verdadera compasión y misericordia, que siempre ve la dignidad del ser humano, creada a imagen y semejanza de Dios, y apunta hacia el bien. Cuando las personas describen a alguien o una acción como “compasivo”, lo que generalmente tienen en mente es lástima – sentir lástima por la persona que está sufriendo. Pero la verdadera compasión es más profunda que eso:

Cuando alguien tiene compasión, quiere decir que comparte el sufrimiento de otra persona como si fuera suyo y está dispuesto a sufrir con la persona. Del mismo modo, la misericordia no es solo eliminar el sufrimiento, sino que siempre se desea el verdadero bien para alguien y se está dispuesto a eliminar cualquier obstáculo para ese bien.

El suicidio asistido, por otra parte, es una misericordia falsa. Si bien puede terminar con el sufrimiento, introduce simultáneamente una barrera a la salvación de una persona, que es el mayor bien posible. Con el suicidio asistido y el proceso que implica la petición oficial, se encuentra una acción que contradice la gratitud fundacional que debemos tener por la vida como un don de Dios y un rechazo a la forma en que Cristo nos enseñó a vivir y morir.

En este último punto, me viene a la mente la forma en que el Papa Juan Pablo II murió. Aunque estaba sufriendo, amo su vida hasta el final y no la rechazó ni la terminó prematuramente. Sus palabras finales reflejaron su búsqueda de un bien mayor: “Dejadme ir a la casa del Padre”.

Mientras mis hermanos obispos y yo pensábamos en el suicidio médico asistido y en la forma en que este trata la vida humana como desechable, buscamos guiar a los sacerdotes hacia una respuesta compasiva, misericordiosa y arraigada en la dignidad de la persona humana en su camino hacia el Padre.

Por eso, “A tus manos encomiendo mi espíritu” hace hincapié en la necesidad de que los sacerdotes acompañen a las personas que se enfrentan a enfermedades terminales, instándoles a hacer sacrificios personales por aquellos que han optado por el suicidio asistido.

Al mismo tiempo, las pautas también dicen que los sacerdotes no pueden conceder la absolución cuando alguien solicita el suicidio asistido, a menos que una persona se arrepienta y esté dispuesta a llevar a cabo una penitencia. De manera similar, aquellos que no han recibido la absolución por solicitar el suicidio asistido no pueden recibir los últimos ritos o el viático, ya que permanecen en estado de pecado. Todo católico necesita entender la gravedad del suicidio medico asistido y cómo este viola el quinto mandamiento – “No matarás”.

La aceptación por parte del estado de esta ley crea una cultura que trata la vida de ciertas personas como desechable e involucra a varios sectores de la sociedad para facilitar su muerte. Debido al riesgo de que la gente pueda creer que la Iglesia apoya el suicidio asistido, los obispos de Colorado han decidido permitir el entierro, pero no las misas fúnebres, para aquellos que mueren por suicidio medico asistido. La Iglesia, en su fidelidad a Jesucristo y sus enseñanzas, nunca puede dar la impresión de apoyar el pecado o a aquello que se oponga a la cultura de la vida.

La Iglesia desea responder a aquellos que se enfrentan a enfermedades terminales con compasión que se basa en la verdad y los guía hacia el bien. Con ese fin, la arquidiócesis ha recopilado una lista de centros de atención y centros de cuidados paliativos, que se distribuirá a todas las parroquias durante el fin de semana de Memorial Day. Aquellos que tengan preguntas sobre este importante tema pueden visitar www.archden.org/life para obtener recursos adicionales.

Sigamos el ejemplo de Santa Teresa de Calcuta que habló en el Desayuno de Oración Nacional de 1994 acerca de la importancia de amar a la gente cuando están en dolor. Ella dijo: ¿Cómo se puede amar a Dios, a quien no se ve, si no amas a tu prójimo a quien puedes ver, puedes tocar, y con quién vives? Por lo tanto, es muy importante entender que amar, para que sea verdadero amor, tiene que doler. Debo estar dispuesto a darlo todo, lo que sea para no hacerle daño a la gente y, de hecho, para hacerle el bien. Esto requiere que yo esté dispuesto a dar hasta que duela. De otro modo, no hay verdadero amor en mí y, por ende, en lugar de traer buenas noticias, le traigo injusticia, y no traigo paz a los que están a mi alrededor”.

Próximamente: La oración es la mejor arma

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).