Stanley Francis Rother, el pastor que no se corrió

Carmen Elena Villa

El padre Stanley Francis Rother, original del estado de Oklahoma, sabía que su vida corría peligro. ¿La razón? Se desempeñaba como sacerdote misionero en la localidad de Santiago Atitlán en Guatemala, una zona afectada por el conflicto entre la guerrilla y el gobierno en la década de los 80.

“El pastor no se puede correr a la primera señal de peligro”, dijo varias veces a sus amigos que le insistían que abandonara su lugar de misión.

Este sacerdote de la diócesis de Oklahoma City será beatificado el 23 de septiembre, luego de que la Santa Sede reconociera su martirio. El padre Rother fue asesinado a causa de la fe el 28 de julio de 1981 en Guatemala.

Denver Catholic en español habló con el postulador para su causa de canonización, el abogado Andrea Ambrosi, quien destacó cómo el futuro beato afrontó las adversidades “con valentía, con una sonrisa, con el buen consejo y con gran prontitud para servir”.

Su vida

Stanley Francis nació el 27 de marzo de 1935 en Okarche, Oklahoma, en una familia muy religiosa de origen alemán y dedicada a la agricultura. Recibió una sólida formación religiosa  en su hogar, en su escuela Holy Trinity, y en la parroquia adjunta que lleva el mismo nombre. La semilla de la fe cayó en tierra fértil para responder luego al llamado al sacerdocio.

Su período de seminarista no estuvo libre de obstáculos, especialmente en el campo académico donde Stanley tuvo dificultades para aprender latín. Por esta razón dejó las aulas durante un tiempo, pero luego el obispo Victor Reed le aconsejó trasladarse al seminario de Mount Saint Mary en Emmetsburg, Maryland. Tras un gran esfuerzo logró graduarse de teología y ordenarse sacerdote el 25 de mayo de 1963.

Durante la primavera de 1968 el padre Padre Ramón Carlin viajó a Oklahoma para convocar a los sacerdotes que sintieran el llamado a ser misioneros, a trasladarse a Santiago Atitlán, Guatemala. Esto se dio gracias a un llamado que hizo el Papa Juan XXIII para que sacerdotes estadounidenses sirvieran como misioneros en América Central.

La misión a la que el padre Stanley fue asignado recibió el nombre de Micatokla, abreviatura que indica la Misión Católica de Santiago Atitlán, en la región de Sololá, Guatemala. El padre Stanley partió para su nueva vida como misionero en 1968, cuando tenía 33 años.

Así comenzó a atender a una población de 30 mil habitantes de la comunidad de Tz’utuhil, compuesta por descendientes de los mayas, ladinos y españoles. Se trataba de un área muy pobre que vivía de la agricultura, la pesca, el comercio y la artesanía. Al principio se comunicaba con los habitantes del lugar con el lenguaje de señas y poco a poco fue aprendiendo español y tz’utuhil.

Su labor no solo se enfocó en el área pastoral y litúrgica. Haber crecido en una granja fue para el padre Rother una gran ventaja, ya que al llegar a Guatemala comenzó a realizar labores de construcción, necesarias para que los sololatecos (habitantes de Sololá) vivieran con mayor dignidad. Comenzó así a reparar el piso del baño, la instalación de la luz y los interruptores. Después construyó un hospital y él mismo participó en la instalación de un cable eléctrico y la construcción de un pozo de 90 metros de profundidad. Habilitó un sistema de irrigación para la lluvia. Comenzó también a interesarse en la agricultura, experimentando con plantas fertilizantes para mejorar el terreno de Santiago Atitlán.

Entre 1972 y 1975 se dedicaba a “asistir a los enfermos y moribundos, proporcionando todo tipo de asistencia y trabajando con los catequistas”.

“Era él quien presidía la Misa diaria, celebraba muchos bautismos, matrimonios y a menudo confesaba”, cuenta el abogado Andrea Ambrosi. El padre Stanley también se la pasaba recolectando dinero para el buen funcionamiento de la misión, se ocupaba de la granja y enseñaba agricultura básica a todo el pueblo. “Cualquier cosa que necesitara ser reparada, la gente se dirigía a él pidiendo ayuda”, indica su postulador.

“Visitaba parejas de esposos recién casados. Les llevaba una foto de su matrimonio, bendecía la casa y se quedaba a cenar con ellos. El trabajo pastoral del Siervo de Dios y de sus colaboradores llegó a tener un resultado sorprendente: Él celebraba entre 500 y 1000 bautizos al año, así como centenares de matrimonios y primeras comuniones y daba la comunión a cerca de 2 mil personas a la semana”, señala el abogado Ambrosi.

El Padre Rother impulsó la traducción del Misal, el Leccionario y el Nuevo Testamento al tz’utuhil. Estas traducciones fueron publicadas después de su muerte.

 

Señales de peligro

Pero la guerra civil en Guatemala fue avanzando y golpeando nuevos rincones. Muchas personas comenzaron a desaparecer en los pueblos que rodean el Lago de Atitlán; muchos de ellos eran catequistas, ya que el gobierno calificaba la religión como algo subversivo. El padre Rother caminaba por las carreteras en busca de los cadáveres de los desaparecidos para darles un entierro digno. También daba de comer a los huérfanos y a las viudas de la guerra.

Tras amenazas recibidas, el sacerdote regresó a Oklahoma a principios de 1981. Pese a que muchos le aconsejaron quedarse en su tierra natal, el decidió volver a Tz’utujil para celebrar las liturgias de Semana Santa con sus feligreses.

En la madrugada del 28 de julio, tres hombres armados y cubiertos con pasamontañas entraron a su casa, lo hallaron en su cuarto y le dispararon. Fue su vicario parroquial, el padre Francisco Bocel, quien lo encontró muerto después de que los asesinos huyeran del lugar.

Gracias a su  testimonio de entrega y donación completa a las personas sencillas y necesitadas de Sololá, Stanley Francisco Rother, el primero de 13 sacerdotes que murió durante la guerra civil en Guatemala, llegará este otoño a los altares. Él, días ante de ser asesinado escribió en una de sus cartas: “Rueguen por nosotros para que podamos ser un signo del amor de Cristo para nuestra gente; que nuestra presencia entre ellos los fortifique para que puedan soportar estos sufrimientos en preparación para la venida del Reino”.

 

Próximamente: Memorias de la hermana Lucía

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