Sismo en México, ¿dónde estaba Dios?

Escritor Invitado

Por: Luis-Fernando Valdés

Ante la gran tragedia del sismo en México, viene la gran pregunta: si Dios cuida o no a la gente. Para los creyentes, la cercanía de Dios fue perceptible mediante diversos signos de los que fui testigo.

 

  1. Una misma fecha, diferentes efectos. Vivo en la Ciudad de México y me tocó sentir el impresionante sismo del pasado 19 de septiembre, aniversario de aquel otro terremoto de 1985. Pero ahora la situación fue diferente, pues estábamos mejor preparados para una emergencia de esta magnitud.

A las 11:00 horas hubo un gran simulacro, como se hace cada 19 de septiembre; pero dos horas después vino el temblor real. Los simulacros realizados cada año, la señalación tanto de salidas de emergencia como de puntos de reunión seguros, realmente ayudaron a mitigar el caos generado por el movimiento de suelos y edificios.

Además, las normativas de construcción que se implementaron desde 1985, también jugaron un papel importante. La BBC estima que en aquella tragedia murieron unas 10 mil personas, unas 68 mil resultaron heridas y 30 mil edificios fueron afectados. Ahora, murieron 148 personas en la ciudad de México (y otras 138 en los estados de Morelos y Puebla), se colapsaron 40 edificios, y el Excelsior calcula que 2,400 edificios quedaron severamente dañados. Las cifras son altas, pero la diferencia entre ambos sismos es enorme.

  1. Una solidaridad trepidante. En todo el mundo se han transmitido imágenes de la ayuda humanitaria que por toneladas se han enviado a las zonas afectadas por el sismo: agua, comida, ropa, herramientas. Además, el gobierno local ha facilitado el transporte público y el acceso a los hospitales públicos.

Miles de personas, especialmente los jóvenes, espontáneamente han acudido a prestar ayuda en las labores de rescate y de atención a los damnificados. Yo mismo he visto acudir a centenares de alumnos de la Universidad Panamericana, de la cual soy capellán y profesor, como voluntarios a diversos puntos de la Ciudad de México y del estado de Morelos. También soy testigo de la enorme red de ayuda de la Iglesia Católica que, mediante las parroquias y decanatos, ha facilitado víveres y albergues.

  1. La cercanía de todo el mundo. La solidaridad no se redujo a la ayuda económica, sino que también se manifestó en los sentimientos de apoyo y de cercanía, junto con las miles y miles de plegarias por los difuntos y por los necesitados.

Los mensajes de grandes personajes, como el Papa Francisco, de presidentes y primeros ministros, de artistas y empresarios, nos dieron el consuelo de saber que no estamos solos en esta tragedia, y nos ayudaron a ver que todavía hay mucha bondad en nuestro mundo.

Epílogo. Los cataclismos son fenómenos que responden a leyes naturales, no a castigos divinos. En esas tragedias, Dios cuida ordinariamente a los hombres mediante nuestro propio ingenio y responsabilidad, que –en este caso– nos permitieron desarrollar una cultura de prevención que evitó una tragedia más grande.

Pero Dios nos atiende especialmente mediante el sentimiento de solidaridad que Jesucristo, Dios hecho hombre, ha sembrado en los corazones con su ejemplo y sus enseñanzas: “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22,39), “trata a los demás como quieres que ellos te traten a ti” (Mateo 7,22), y dale dar de comer al hambriento y techo al desamparado (cfr. Mateo 25, 31-46). Por la fe, sé que Dios estuvo presente durante el sismo, en el rostro y las manos de quienes prestaron ayuda.

 

@FeyRazon   lfvaldes@gmail.com

http://www.columnafeyrazon.blogspot.com

 

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).