Santos de la puerta de al lado

El Papa Publica su nueva exhortación apostólica “Gaudete et Exsultate”.

Carmen Elena Villa

Cada cristiano tiene un anhelo inscrito en su corazón y es el de llegar a ser santo. ¿Santo? ¡Sí, santo! No se trata de ocupar altos cargos en la jerarquía eclesiástica, o de tener dones sobrenaturales (solo unos pocos son dotados de estos). Significa más bien que Dios nos llama a que sigamos un camino y si lo escuchamos, podremos sacar lo mejor de nosotros mismos y ponerlo a su servicio. Algunos (muy pocos) son canonizados pero la inmensa mayoría son, lo que el Papa Francisco llama “santos de la puerta de al lado” o aquellos que hacen parte de la “clase media de la santidad”. Es decir, santos anónimos, que con sus buenas obras, bien intencionadas, pueden transformar su entorno, hacerlo más cristiano. Más humano.

Este es el mensaje principal de la Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate” (Regocijaos y alegraos) fue publicada el pasado 9 de abril.

La santidad no consiste en pretender tener las cualidades del otro (por admirables y buenas que sean) sino en alegrarse con las propias y con ellas dar gloria a Dios. Se puede forjar desde las vivencias cotidianas como abstenerse de las habladurías, escuchar a un familiar que necesita ayuda o asistir y conversar con una persona necesitada en la calle.

Pero el combate por alcanzar la santidad tiene dos sutiles enemigos: El gnosticismo y el pelagianismo. El primero consiste en una fe que se cierra en el subjetivismo y en la que solo interesa una determinada experiencia, en creerse grandes porque entienden a profundidad ciertos aspectos doctrinales, en obligar a los demás a someterse a sus propias teorías o cuando alguien quiere usar la religión “al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales” y pensar que el resto de los fieles no son más que una “masa ignorante”. Pero el Papa nos recuerda que la verdadera sabiduría cristiana “no se debe desconectar de la misericordia hacia el prójimo”.

El segundo vicio, el pelagianismo, viene de una herejía que surgió en el siglo V que dice que para salvarse basta solo el esfuerzo personal, pero olvida que Jesús nos llamó primero, o nos “primerea” como diría el Papa Francisco en sus propias palabras. Esto trae malos hábitos, a veces muy frecuentes entre algunos grupos cristianos, de mostrar solo las conquistas sociales y políticas obtenidas, la ostentación y la vanagloria por los asuntos prácticos. “Complicamos el Evangelio y nos volvemos esclavos de un esquema que deja pocos resquicios para que la gracia actúe”, indica el Papa.

Francisco nos refresca con un texto mucho más sencillo, aunque también un signo de contradicción para un mundo donde prima el individualismo y la competitividad. Este texto son el discurso de las Bienaventuranzas (Mateo 5). Para el Papa, se trata del “carnet de identidad del cristiano”. Vivir con sencillez, mansedumbre, tener hambre y sed de justicia, llorar para ser consolados, ser limpios de corazón, misericordiosos, trabajar por la paz, ser perseguidos a causa de la justicia son algunos de los aspectos que hacen que el cristiano refleje el rostro de Cristo. En el siglo XXI todavía hay muchos santos que combaten el mal con la vivencia de este bellísimo pasaje bíblico, el cual se traduce en actitudes como la alegría, la paciencia, la audacia apostólica, la construcción de comunidades y la oración constante y eso destaca el Papa Francisco en“Gaudete et Exsultate”, una exhortación que nos recuerda que, aunque la vida de los santos no ha estado libre de errores pero ellos “aún en medio de las imperfecciones y caidas siguieron adelante y agradaron al Señor”.

 

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).