¿Religiosa yo?

Tres jóvenes de la Arquidiócesis nos hablan de su ingreso a la vida religiosa

Carmen Elena Villa

Estas tres jóvenes hispanas de la Arquidiócesis de Denver, se sintieron llamadas por Dios a la vida religiosa y quisieron, con generosidad, responder. Recientemente han iniciado esta aventura. Hoy nos comparten su testimonio.

 

Foto de: Anya Semenoff.

“Me siento contenta y en paz”

Doris García, de 31 años, cuenta que ella siempre quería hacer algo para ayudar a los jóvenes. En un momento pensó que su llamado consistía en promover la superación personal, pero de manera independiente de la fe. Doris dice que cuando tenía 25 años recibió el llamado a conocer más a Cristo en la vida religiosa, pero “lo dejé pasar”. En la celebración pascual de 2015, en su parroquia Saint Clare of Assisi en Edwards, sintió que el llamado persistía y decidió hablar con la hermana Luz Angélica Quiñonez, miembro de las Misioneras de la Caridad de Maria Inmaculada, quien la invitó a un retiro de discernimiento. Después comenzó un proceso de un año de para esclarecer si Dios la llamaba a comenzar su período de formación en esta congregación y Doris fue admitida como aspirante. La vida religiosa “me ha gustado mucho”, dice. En su parroquia Doris había iniciado un grupo de oración y luego se incorporó al de monaguillos y jóvenes. “Viendo tantos jóvenes me di cuenta que teníamos que hacer algo y entregar nuestra vida a Dios, porque hay mucha necesidad”, comentó. Actualmente, además de los cursos que recibe para conocer más la comunidad, ella realiza su labor pastoral en la parroquia Our Lady of Guadalupe en Denver, enseñando catecismo a los jóvenes que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación. Doris se prepara para comenzar en febrero su período de postulantado. “Me siento muy tranquila, contenta y en paz. En este tiempo de aspirantado he crecido espiritualmente. Me sirve mucho rezar la liturgia de las horas. Me doy cuenta que a veces uno tiene demasiado miedo de seguir la vida religiosa y aunque no es un camino fácil, somos nosotros quienes ponemos las trabas”, concluye.

 

Foto de Anya Semenoff.

“Dios me llamó en medio del dolor”

Aunque Angie Pérez, de 37 años, recién cursa su tiempo de aspirante, ella recuerda que la primera vez que tuvo la inquietud por la vida religiosa fue entre los 13 y 15 años. En ese entonces, ella prefirió buscar otros sucedáneos y alejarse de esta inquietud. “Buscaba amistades, me quería comer al mundo de una sola mordida”, confiesa. “La debilidad de la carne me llevó a ir al fondo, a desviarme, a caer en el vicio, en las malas amistades, en la adicción al alcohol y estuve casi cuatro años así, sin reconocerlo”, dice Angie. Para ella su experiencia fue como la de los discípulos de Emaús pues “Jesús caminaba conmigo, pero yo no fui capaz de reconocerlo”. Angie acudió así al movimiento Prevención y Rescate, cuya finalidad es, como su nombre lo indica, ayudar a prevenir que las personas caigan en el vicio y también a rescatar a quienes ya han sido presa de estos males, para que cambien de vida. En medio de este proceso, Dios le permitió pasar por una prueba difícil: La muerte de su padre, quien se encontraba en México y a quien no veía hacía 17 años. “En ese momento descubrí que yo no necesitaba de otra caída porque Dios me estaba demostrando que con Él, aunque el dolor sea más fuerte, la carga se hace más ligera”. Luego acudió a un retiro vocacional en el que sintió el llamado a la vida religiosa. “¿Verdaderamente quieres que te entregue estas miserias?” fue la pregunta que Angie le hizo a Dios. “Y Él me respondió que si”, testimonia. “Todos los días me lo demuestra y lo puedo escuchar (…) estoy dispuesta a seguirlo y si Él acepta estas miserias, pues voy a seguir adelante, voy a abrirle las puertas de mi corazón y que Él sea mi único amor”. Ahora Angie está como aspirante también de las Misioneras de la Caridad de María Inmaculada. Ella pasó así de ser discípula a apóstol y ahora ella dirige un grupo de Prevención y Rescate en la parroquia Ascension de Denver, para ayudar a muchos jóvenes a seguir el camino de Cristo y no el de los bienes aparentes que ofrece el mundo.

Para saber más de esta comunidad vaya a http://www.familiadelacruz.org/congregacion.php

 

Zaira en el convento ubicado en Amarillo, Texas.

“Dios no me priva de nada y me da la plenitud”

Zayra Bucio, de 26 años, nunca en su vida había visto a una religiosa. Cuando tenía 20 años asistió a un retiro de la Renovación Carismática, movimiento en el que llevaba  ya tres años. “De repente, teniendo mis ojos cerrados, vi una imagen: Estaba caminando por un pasillo vistiendo un hábito y llevando un libro en la mano. Mi cara reflejaba una felicidad enorme”, reconoce. Y la imagen no se fue de su mente. Luego comenzó a leer un libro sobre la Madre Teresa de Calcuta, y se dio cuenta que ella “no quiso comodidades” sino más bien, se fue a servir “a los más pobres entre los pobres”.

“Cuando terminé de leer el libro dije en voz alta: ‘Esta es la verdad’. Luego sentí que Dios me preguntó: ‘¿Quieres ser parte de esta verdad?’. Me sentí congelada, pensé por un momento y solo respondí ‘si quiero’”, dijo Zayra. “‘Pero soy muy joven’, le dije, al igual que Jeremías, y le pedí que me llamara algunos años más tarde. Él, como es un caballero que respeta nuestra libertad, aceptó mi respuesta”, señaló la joven. Y en dicha espera, Zayra se dedicaba a la pastoral en su parroquia Saint Mary en Rifle, Colorado.

En el año 2013 asistió al retiro anual Steubenville of the Rockies de Denver. Allí vio por primera vez a unas religiosas, integrantes de la comunidad Disciples of Our Lord Jesus Christ con un carisma franciscano y carismático. Años más tarde fue a visitarlas en su comunidad en Texas. Ella solicitó ingresar allí y las hermanas le dijeron que pondrían su petición en oración. Finalmente fue admitida como aspirante. Ella se mudó a Amarillo, Texas a principios de septiembre. “No sé si este plan dure unos meses, unos años o la vida entera. Lo que sí sé, es que los planes de Dios son inigualables. La vida religiosa no me quita ni me priva de nada, al contrario, me lo da todo y en plenitud”, comparte Zayra.

Para conocer más sobre esta comunidad visite www.dljc.org

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).