¿Por qué rezarle al Espíritu Santo?

Se acerca la solemnidad de Pentecostés que se celebra 50 días después de la Pascua. En ella celebramos la venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles en el Cenáculo.

El misterio de la Santísima Trinidad -un sólo Dios en tres Personas distintas-, es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, pues es el misterio de Dios en sí mismo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen la misma naturaleza, la misma divinidad, la misma eternidad, el mismo poder, la misma perfección; son un sólo Dios. Además, sabemos que cada una de las Personas de la Santísima Trinidad está totalmente contenida en las otras dos, pues hay una comunión perfecta entre ellas. Las personas de la Santísima Trinidad son distintas entre sí, dada la diversidad de su misión: Dios Hijo-por quien son todas las cosas- es enviado por Dios Padre, es nuestro Salvador. Dios Espíritu Santo-en quien son todas las cosas- es el enviado por el Padre y por el Hijo, es nuestro Santificador.

Nosotros oramos en el Espíritu Santo y al Espíritu Santo por estas razones entre otras:

El Espíritu Santo nos ilustra y convence de lo que es el pecado, y sobre la justicia y del juicio. “Pero yo les digo la verdad: Les conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a ustedes; más si me fuere, se los enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio”. Jn. 16,7-8

– El Espíritu Santo nos guía a la verdad plena. “Cuando venga el Espíritu de la verdad, Él los guiará a la verdad completa; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les explicará lo que habrá de venir”. Jn. 16,13

– El Espíritu Santo nos hace nacer de nuevo. “Respondió Jesús: «De cierto, En verdad, en verdad te digo, que el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, es carne; y lo que es nacido del Espíritu, es espíritu»”. Jn. 3,5-6; “Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación en el Espíritu Santo”. Tit. 3,5

– El Espíritu Santo glorifica y da testimonio de Cristo. Cuando venga el Paráclito, quien yo les enviaré del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí”. Jn. 15,26

– El Espíritu Santo nos revela a Cristo explicándonos lo que nos enseña. “Cuando venga el Espíritu de la verdad, Él los guiará a la verdad completa; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les explicará lo que habrá de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y se lo explicará a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y se lo explicará a ustedes”. Jn. 16,13-15

– El Espíritu Santo nos guía para ser verdaderos hijos de Dios. “En efecto, todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”. Rom. 8,14

– El Espíritu Santo nos santifica. “Y tales fueron algunos de ustedes. Pero han sido lavados, han sido santificados, han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”. 1Cor 6,11

– El Espíritu Santo nos da fuerza y poder. “Al contrario, ustedes recibirán una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y de este modo serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra”. Hech. 1,8

– El Espíritu nos enseña a orar. “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues nosotros no sabemos pedir como conviene, no lo sabemos, mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.” Rom. 8,26

 

Próximamente: El Espíritu Santo habla a través de la vida de los santos

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(Foto de dominio público)

Los apóstoles, encogidos de miedo, encerrados en el Cenáculo, esperaban hasta que la amenaza a sus vidas se hubiera calmado. Mientras se escondían, Jesús se les apareció, les dio paz y les explicó las Escrituras. Todos hemos tenido momentos en que nos hemos sentido abrumados y, así como con los Apóstoles, Jesús desea entrar en estos periodos de miedo y dificultad, fortalecernos y darnos una misión.

El domingo pasado recibimos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia mientras celebramos la Solemnidad de Pentecostés, recordando su acción a través de la historia. Cuando creó el mundo, Dios Padre sopló su Espíritu sobre las aguas de la tierra y creó la vida. Luego, después de ascender al cielo, nos envió su Espíritu Santo en una forma nueva y poderosa en Pentecostés, dando a la Iglesia “poder desde lo alto” (Lucas 24, 49).

Esa misma promesa, en la forma de los dones de Espíritu Santo, está destinada a cada uno de nosotros hoy. Los Apóstoles recibieron el don de poder hablar en otras lenguas, acompañado de la señal visible de una flama sobre ellos. Sus palabras, como las de profeta Elías “abrasaba como antorcha” (Eclo 48,1) y llevaron a muchos a la fe.

La solemnidad de Pentecostés y el envío de los Apóstoles está estrechamente ligado a el tema del que escribe el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica, Gaudete et Exsultate (Regocijaos y alegraos), el tema de “Tu misión en Cristo”.

En Gaudete et Exsultate, el Papa Francisco dedica la sección “Tu misión en Cristo” a examinar cómo cada persona, al igual que San Pedro, tiene un objetivo en esta vida: ser santos. “La misión”, explica el Papa, “tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde Él. En el fondo, la santidad es vivir en unión con Él los misterios de su vida” (GE, 20).

Después de que los Apóstoles recibieron al Espíritu Santo y glorificaron a Dios en muchas lenguas, Pedro se levantó proclamando valientemente lo que Dios estaba haciendo y llamó a las miles de personas reunidas a arrepentirse y a ser bautizadas. Al hacerlo, Pedro estaba cumpliendo la misión única que Dios le había dado. Como sabemos por las Escrituras, Pedro continúo su camino único a la santidad como el primer Papa, finalmente dando su vida por la fe.

Tu camino a la santidad tendrá diferentes características, así como cada santo es único en su relación con el Señor. Puede ir desde cosas pequeñas como consolar a un niño enfermo, compartir con otros la alegría del Evangelio, o acompañar a alguien que está muriendo. Pero puedes estar seguro de que, sin importar el camino, experimentaras la muerte y la resurrección de Cristo en una manera única y personal. Seguir los pasos del Señor significa permitirle a tu corazón ser más como el de Él. Tú experimentaras “distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor”.

Este itinerario realza que cada una de nuestras vidas transmite una palabra de Dios al mundo.  “Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo” (GE, 21), enseña el Santo Padre. Durante su vida en la tierra, el corazón de Jesús se llenó del Espíritu Santo, quien lo movió y lo inspiró. Después de su Ascensión a los cielos, derramó el mismo Espíritu sobre nosotros. El espíritu hace en nosotros lo que hizo en Jesucristo. Si le permitimos, el Espíritu Santo manifestará las virtudes de Cristo en nuestros corazones y nos convertiremos en imágenes vivientes de Cristo.

Aunque esto pueda parecer imposible, el Papa Francisco nos aconseja enfocarnos en la vida de cada santo en su conjunto, “no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas” (GE, 22). Este es un punto importante para nuestra cuidadosamente diseñada era de redes sociales que promueve fachadas de perfección. La fuerza del Evangelio es la verdad de que Jesús nos ama y nos redime a pesar de conocer nuestros pecados. Uno puede ver esto en la vida de los santos en su camino a seguir a Jesús.

Nuestro mundo perdido y confundido necesita la palabra que Dios desea transmitir a través de cada una de nuestras vidas. Abran sus corazones al Espíritu Santo y recen para alcanzar un corazón receptivo y dócil, escuchen al Señor hablar a su corazón, “…para Dios todo es posible” (Mateo 19.26). Me uno al Papa Francisco en oración, Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu…” (GE, 24).