¿Por qué el día del Señor es el sábado y no el domingo?

Monseñor Jorge De los Santos

La pregunta nos llega por medio del lector José Luis Ortega quien escribió a nuestra página web www.elpueblocatolico.com

 “Dios terminó su trabajo el séptimo día y descansó en este día de todo lo que había hecho. Bendijo Dios este séptimo día y lo hizo santo porque ese día él descansó de todo su trabajo de creación”. (Gen 2, 2-3).

Durante el tiempo de la Antigua Alianza era apropiado que el Pueblo de Dios conmemorara el séptimo día, o sea el sábado, como el día de descanso dedicado a Dios.

Los cristianos somos el Pueblo de Dios de la Nueva Alianza. El primer día de la semana, el día de la Resurrección, el día que sucede a Pentecostés, es cuando nosotros celebramos el Día del Señor. Significa la nueva creación, la redención, siendo el octavo día, primer día de la semana después del Sabbath del descanso de la creación.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o domingo.

El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el “primer día de la semana”, memorial del primer día de la creación, y el “octavo día” en que Cristo, tras su “reposo”, inaugura el Día “que hace el Señor”, el “día que no conoce ocaso”. El “banquete del Señor” es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete… Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor, dies dominica, el “domingo”.  Es mediante la Resurrección del Señor que el domingo es establecido como el día privilegiado, como el día de la reconciliación.

El domingo es el día de la resurrección de Cristo. Los católicos lo celebramos con la Santa Misa y cumplimos con el tercer mandamiento del decálogo (santificar las fiestas).

Desde el tiempo del Nuevo Testamento (tiempos apostólicos), el domingo remplazó al sábado judío como día dedicado al Señor para darle culto y descansar de las labores.

La Iglesia católica no “cambia la Biblia”, como dicen algunas sectas que se aferran al sábado como el día de descanso. Es un hecho histórico que desde el siglo I los cristianos celebran el día del Señor el domingo. La Iglesia es fiel a la doctrina de los Apóstoles. Esto es lo que dice la Biblia: “El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan” (Hch. 20,7).   El “primer día de la semana” es el domingo.

Con Cristo se inaugura un tiempo nuevo y definitivo. Él es el Alfa y el Omega, y el domingo es el primer día de la semana y el último de la creación. La Sagrada Escritura lo llama y la Iglesia lo proclama: El día del Señor.

La transferencia del día del Señor del sábado, séptimo día, al domingo, día primero de la semana, ocurrió en tiempo de los apóstoles con motivo de la resurrección de Jesucristo. El domingo Cristo resucita, vence la muerte y completa la obra redentora. Si bien el séptimo día (sábado) Dios “descansó” al fin de la creación, el domingo es el día en que todo es re-creado en Jesucristo. Ahora es posible el culto a Dios en espíritu y en verdad.

Ya con el profeta Isaías se predice una nueva creación (Is. 65,17) La nueva creación es la iniciada con la resurrección de Cristo porque él es el primer resucitado de entre los muertos, él es el principio de esa nueva creación (Col 1,18).

Al celebrar el domingo somos fieles a Jesucristo. Él no vino a abolir el Antiguo Testamento sino a darle cumplimiento con su muerte y resurrección. Todo se cumple en Él. Vemos en muchos textos cómo Jesucristo, para dar cumplimiento, presenta la ley antigua en una nueva forma que sorprende a sus oyentes por su novedad y exigencia. La ley queda perfeccionada en Cristo.

 Agradecemos a monseñor Jorge de los Santos por responder a esta pregunta. Si tiene dudas de fe que quiera que sean respondidas por este medio puede escribir a elpueblo@archden.org, a nuestro sitio en Facebook o a nuestra página web www.elpueblocatolico.com.

 

 

Próximamente: Cinco por ciento de luz

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Vi el eclipse total de sol desde Denver, Colorado. Wyoming, estado que limita hacia el norte, fue uno de los lugares donde se vio en un cien por ciento. Muchos viajaron allí para observar este fenómeno natural que no ocurría en este país desde hace 99 años. Por cuestiones de trabajo no pude viajar, pero me contenté con verlo desde aquí, donde la luna tapó al sol en un 95 por ciento.

Confieso que tuve la ilusión de que ese alto porcentaje fuera suficiente para ver el cielo semioscuro, para observar a los pájaros volar precipitadamente a sus nidos y escuchar luego a los gallos cantar en un insólito amanecer de medio día.

En la mañana encendí la radio donde daban las últimas indicaciones para disfrutar del eclipse. Los locutores advirtieron que la oscuridad sería mínima en Colorado, pero pensé que estaban exagerando. El punto máximo fue a las 11:47 a.m. hora local. Salimos con lentes en mano cuando se acercaba el momento. Emocionados pudimos ver cómo el brillo del sol se iba menguando con la interposición de la luna. Pero cuando esta avanzó hacia la hora pico, la luz continuaba aunque más tenue “¿Un mal cálculo de parte de los astrónomos?”, nos preguntamos. Al seguir observando el eclipse con nuestros lentes vimos que un pequeño cachito de sol se asomaba y me maravillé al ver cómo ese cinco por ciento de luz pudo iluminar tanto.

En nuestra vida también hay momentos de oscuridad donde nuestro brillo puede ser eclipsado por muchas adversidades: un fracaso, una decepción, una enfermedad, un accidente o simplemente un bajón en nuestro estado de ánimo. Sin embargo, un cachito de esperanza puede ser suficiente para impedir que caigamos en la oscuridad total ¿Y en qué puede estar representado ese pedacito de luz? En primer lugar, en Dios mismo. Ese “sol de justicia”, como lo llamó el profeta Malaquías. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien nos dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Recordemos que Jesús también nos llamó para que con su luz iluminemos la vida de los demás: “Vosotros sois la luz del mundo. (…) Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 14.16)

Ese cachito de luz lo podemos ver en su amor que se ve reflejado en las personas a quienes amamos y también en quienes están agradecidos con nosotros porque en algún momento les tendimos una mano. Lo podemos ver en nuestros buenos recuerdos, en los talentos cultivados o en las oportunidades que nos han permitido mejorar.

Nadie está libre de adversidades que pueden llegar para dar un giro a nuestra vida. Que pueden hacernos caer en un eclipse y no necesariamente de dos minutos de duración.  Pero depende de nosotros seguir viendo la luz a través de los rayos de sol que continúan asomándose, dándonos ánimo y repitiéndonos que nuestra vida tiene sentido, que el sol continúa presente dándonos luz y calor con los rayos tenues que logran asomarse en ese pequeño espacio que le dejó la luna.