Pentecostés y la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas

Escritor Invitado

Por: Carlos Escobedo

“El viento sopla donde quiere y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede al que ha nacido del Espíritu” (Jn 3,8).

Cristo ya había anunciado a sus discípulos la llegada del Espíritu Santo Paráclito. “Yo rogaré al Padre y les dará otro intercesor que permanecerá siempre con ustedes. Este es el Espíritu de Verdad que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes saben que el permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17)

Cincuenta días después de la Pascua, el domingo de Pentecostés, el Espíritu se apodera del cenáculo, un viento huracanado sopla en torno, aparecen unas lenguas como de fuego y los Apóstoles fueron transformados de hombres débiles y tímidos en valientes proclamadores de la Fe; los necesitaba Cristo para difundir su Evangelio por el mundo, así como Él nos sigue necesitando para llevar el amor verdadero a nuestros semejantes.

El Espíritu Santo nos precede y es quien despierta en nosotros la Fe; viene en ayuda de nuestra debilidad y de manera especial en la oración. “…No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo hace por nosotros, con gemidos inefables” (Rom 8, 26).   El Espíritu es, pues, aquél que derrama el amor de Dios en los corazones humanos de forma sobreabundante y hace que podamos tomar parte en este amor. Su acción transformadora sigue en nuestros días afectando positivamente la faz de la tierra: es él quien guía nuestros pasos cuando decidimos adherir nuestra voluntad a la voluntad de Dios y realizar la misión apostólica que Cristo mismo comenzó con sus discípulos. Pero para que este cambio, esta revolución de amor suceda, el espíritu humano necesita tener conciencia de la filiación divina; en otras palabras, el ser humano, todos los hombres y mujeres tenemos que vivir una verdadera vida de hijos de la adopción divina.

El Espíritu Santo hace que en este mundo exista la fe, la esperanza y sobretodo el emor. ¡No te dice que algo bueno vendrá! Nos da la certeza de que lo mejor está ocurriendo en este momento. Hace, por su acción pacificadora, que tengamos paz incluso en la tormenta. Su acción liberadora y sanadora nos libra de esos dos días que tanto daño hacen al mundo actual y que nunca existirán y nunca han existido: ayer y mañana. “Pero no se acuerden más de otros tiempos, ni sueñen ya más en las cosas del pasado” (Is 43, 18).  “No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo” (Mt 6, 34). Él nos otorga la sabiduría para darnos cuenta de que lo único que tenemos es el día de hoy: “¡Este es el día que ha hecho el Señor, gocemos y alegrémonos en él!” (Sal 118, 24). ¡No tenemos más que este día! Y así tomamos conciencia de que nuestra vocación como cristianos por voluntad de Dios es estar siempre alegres, orar sin cesar y dar gracias a Dios en todo momento, tal y como lo recalca San Pablo en su Primera Carta a los Tesalonicenses, en el capítulo quinto.

En lo personal, puedo decir que desde muy pequeño, cuando mis padres y abuelos me acercaban a vivir mi Fe Católica, tengo la certeza de que el Espíritu Santo ha estado pidiendo con gemidos que no se pueden definir todo aquello que necesito y es mejor para mi vida y me ha otorgado la valentía necesaria para proclamar su Evangelio. Aún recuerdo que siendo un joven, aproximadamente a los 14 años, formaba parte de la Pastoral Juvenil en la Preparatoria Lasalle y nos íbamos cada Semana Santa a algunas de las partes más pobres de México encumbradas en la sierra de Durango para catequizar a los niños que harían su Primera Comunión el Sábado Santo. Celebrábamos una Misa de envío misionero todos los jóvenes lasallistas en un pueblo más grande y de ahí éramos repartidos a los pequeños pueblitos de la sierra. Realmente la misión de llegar hasta aquellos lugares era una labor titánica y complicada, sin embargo, nos las arreglábamos para llegar hasta allá, no importando el cansancio o las peripecias del transporte, donde esa gente esperaba la Palabra de Dios con tanta ansia. Ahora, ya casi 25 años después, analizo la situación y concluyo que sólo el Espíritu Santo era capaz de convertir a aquellos casi niños en valientes proclamadores del Evangelio de Cristo.

El soplo del Espíritu no llega sólo a sacerdotes, predicadores, misioneros y religiosas, sino a todos aquellos que de alguna manera hemos conocido la Buena Nueva de su smor: papás, hijos hermanos, amigos. Todos somos guiados por el Santo Espíritu de Dios para transformar nuestro mundo tan necesitado de amor y sigue soplando ese viento huracanado que cambia vidas, matrimonios, familias y comunidades.

No nos preocupemos por aquello que vamos a hacer o decir, más bien, estemos siempre dispuestos a dialogar con Dios a través de su Espíritu y Él nos dará la pauta para saber qué decisiones tomar para transformar nuestra vida y así cambiar nuestro mundo que clama por Él. Recordemos que el primer gran paso de su acción transformadora a través de nuestras vidas podría ser algo tan pequeño y tan sencillo como una sonrisa que salga desde dentro de nuestro corazón y afecte positivamente las vidas de aquellos que nos rodean.

Pidamos, pues, con amor y sumisión que a diario venga un nuevo Pentecostés hacia nosotros y que el Espíritu Santo nos guíe a los lugares más necesitados del amor de Cristo Jesús. Carlos

Carlos Alberto Escobedo Gaytán es integrante de la Renovación Carismática  Católica, coordinador del Movimiento Familiar Cristiano Católico, Caballero de Colón y ofrece talleres sobre evangelización y trato infantil en diferentes parroquias de la Arquidiócesis de Denver. Es feligrés de la parroquia Holy Cross en Thornton.

Próximamente: Monseñor Rodríguez habla sobre su primer año como obispo

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

En entrevista con Denver Catholic en Español el obispo auxiliar de Denver monseñor Jorge Rodríguez habla sobre su primer año en el episcopado, sobre las nuevas tareas que ha debido asumir y sobre las reflexiones que le surgen en estos primeros doce meses.

 ¿Cuáles han sido los momentos más destacados en este primer año como obispo?

La ceremonia de ordenación el 4 de noviembre del año pasado, mi visita como obispo a mi diócesis de origen y la celebración con mi familia. También el encuentro con el Papa Francisco el pasado 14 de septiembre.

¿Cómo ha sido para usted esta experiencia de transición de ser párroco de Holy Cross a obispo auxiliar de Denver?

No fue fácil. Como sacerdote uno tiene necesidad de su familia parroquial. Tuve que dejarla y con ella dejar los planes y sueños en que veníamos trabajando. Como obispo el ritmo de trabajo es más intenso que el que tenía en la parroquia, pero muy diverso.

Recientemente fue también nombrado Vicario para el Clero ¿cómo es su experiencia de acompañar a los sacerdotes de la arquidiócesis?

Descubrí que la oficina del Vicario para el Clero incluye mucho trabajo de administración. Mi reto es no dejarme absorber por ella, sino estar disponible y en contacto frecuente con mis hermanos sacerdotes. Gracias a Dios, siempre he tenido mucho aprecio por mis hermanos sacerdotes y me da mucho gusto estar en su compañía. Mi nueva posición me da la oportunidad de transformar la amistad con ellos en servicio y apoyo. Ojalá que ellos también sientan que cuentan conmigo, más como hermano que como un burócrata encargado de supervisarlos. Los sacerdotes, junto con nuestro Arzobispo y nuestros hermanos diáconos, formamos una unidad. Quiera Dios que esta unidad que viene y fue querida por nuestro Señor Jesucristo, pase también por el corazón y la fraternidad.

¿Cómo ve la comunidad hispana en esta arquidiócesis? ¿Qué fortalezas y cuáles aspectos por mejorar?

La veo como un regalo providencial de Dios, como una infusión de vida, de fe, de tradiciones y de alegría en nuestra Iglesia Católica. Los católicos hispanos traen una fuerte devoción a la Eucaristía, a la Virgen María, al Santo Padre. Tienen mucho aprecio por sus sacerdotes y llenan de actividad las comunidades, por medio de los grupos de oración y los movimientos apostólicos.

Pero la comunidad hispana viene a insertarse en la Iglesia Católica que vive en los Estados Unidos y que tiene también su propia belleza y dones. Esto significa que hay que aprender a adaptarse a sus modos organizativos y a su empeño personal y económico con la parroquia. Al venir a los Estados Unidos, los hermanos hispanos se encuentran en un medio diverso, donde la mayoría pertenece a una grande variedad de iglesias protestantes. Por ello es importante que se eduquen en la fe, que conozcan su fe católica para que puedan responder a sus cuestiones y retos. Nuestra comunidad hispana tiene un corazón católico grande, pero necesita crecer en su conocimiento de la fe.

Las estadísticas dicen que solo el 3% de los seminaristas de Estados Unidos son hispanos ¿Cómo incentivar la pastoral vocacional en esta comunidad?

Nos conviene hacer un plan. El plan debe partir de las familias porque está comprobado que las vocaciones sacerdotales suelen venir de familias católicas sólidas y practicantes. Las vocaciones nacen más naturalmente de familias que rezan unidas, que asisten juntos a la Santa Misa los domingos; familias honestas donde se vive la fe y el amor.

Pero también hace falta una pastoral vocacional hecha de oración por las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada; de un programa de retiros, charlas y actividades en las que se presente a los jovencitos y chicas la belleza de consagrar la vida a Dios y al servicio de los hermanos; actividades de servicio a los más necesitados y a los que sufren, donde los jóvenes sientan la alegría del dar y que se ensanchen sus corazones para la donación total. El plan también debería incluir una participación más directa de los párrocos, que son los primeros en descubrir signos de vocación en los jóvenes.

En la vida de hoy se hace más difícil escuchar la llamada de Dios. El ruido del mundo impide que nuestros jóvenes oigan ese susurro en su corazón. Creo que parte del plan sería también encontrar medios para proteger a los jóvenes de la superficialidad y  el egoísmo del mundo, y abrirlos a la vida de oración, a la vida interior y a la apertura al llamado de Dios.

Los inmigrantes afrontan hoy muchos desafíos con el nuevo gobierno y el anuncio de la cancelación del DACA. ¿Qué mensaje podemos darles?

El mensaje de la esperanza. No está dicha la última palabra. Los gobiernos pasan, cambian, rechazan leyes, hacen leyes nuevas, las modifican. Dios es el Señor de la historia y del mundo. Su Palabra nos invita a poner toda la confianza en Él. ¿No nos dijo Jesús que valemos mucho más que los pajarillos y los lirios, que Dios cuida con tanto afecto y atención? ¿Y que no cae la hoja del árbol sin que Dios lo sepa? La vida sigue adelante y nunca hay que renunciar a los sueños. Siempre hay que ser un dreamer en la vida.

¿Qué frutos puede traer el V Encuentro a la pastoral hispana de Estados Unidos?

Creo que el V Encuentro tendrá un primer gran fruto en los que lo están caminando porque cada uno de ellos descubrirá al final del camino, que ahora posee un alma misionera, que está encendida por el amor de Dios. Estos líderes misioneros llevarán el fuego del V Encuentro a sus comunidades. Esto podría convertirse en un gran incendio del fuego del Espíritu, capaz de transformar la Iglesia Católica en los Estados Unidos, pasando de ser una Iglesia encerrada en sí misma a ser una Iglesia misionera.

Otro fruto creo que será darnos cuenta de la fuerza transformante que los jóvenes hispanos poseen en nuestra Iglesia. Ellos tomarán conciencia de su grande protagonismo, y los adultos nos daremos cuenta de la vida y futuro que los jóvenes representan para todos.

Usted estuvo recientemente en Roma en una reunión de nuevos obispos con el Santo Padre ¿Cómo fue esta experiencia? ¿Cuál fue el mensaje del Papa a quienes comienzan en el ministerio episcopal?

Siempre estar en la presencia del Santo Padre te da una emoción especial. Sabemos que es un hombre, pero al mismo tiempo como que nos hace sentir a Jesús, y nos hacer sentir Iglesia. Es un hombre sencillo en sí mismo, sin pretensiones y cercano. Cuando te saluda te mira a los ojos y hace ese momento fugaz muy personal. Cuando lo tuve enfrente aproveché para agradecerle su apoyo a los inmigrantes en los Estados Unidos.

Su mensaje a los nuevos Obispos fue de apertura al Espíritu Santo, que es quien guía a la Iglesia; apertura a nuevos modos, nuevas ideas, nuevas estrategias, evitando la rigidez y cerrazón en esquemas pasados que ya no corresponden a la realidad.