Papa Francisco: ¿negador del infierno?

Escritor Invitado

Por: Marybeth Bonacci

El Papa tiene un amigo, un amigo bastante colorido, con el que le gusta chatear periódicamente. Este amigo, desafortunadamente, también es periodista. Un periodista de 94 años que se enorgullece de nunca grabar conversaciones o tomar notas, y en su lugar “reconstruye” las conversaciones después del hecho. Que pudo haber sido bueno cuando tenía 40 años. Pero medio siglo después es probable que sea hora de que cuelgue este peculiar truco de salón.

Para que no meta a alguien en problemas.

No sé lo que dijo el Santo Padre en su conversación más reciente con Eugenio Scalfari. Pero la reconstrucción de Scalfari hace parecer que el Supremo Pontífice Romano insinúa que el infierno de hecho no existe, que las almas de los condenados simplemente dejan de existir en el momento de la muerte.

Esto, como uno podría imaginar, está causando bastantes dolores de cabeza en el Vaticano. No quisiera saber qué dijo el Santo Padre. Prefiero quedarme con lo que sé, basándome en múltiples declaraciones registradas, reales, verificables, que el Papa Francisco ha hecho durante años.

Y eso es: el Santo Padre realmente cree lo que la Iglesia enseña acerca de la muerte, el juicio, el cielo y el infierno. Además, ha hecho algunas declaraciones bastante profundas sobre el tema.

Me llamó particularmente la atención su respuesta hace unos años a una mujer joven que le preguntó cómo podría existir el infierno si Dios perdona a todos. Él reconoció que era una buena pregunta, le contó sobre la caída de Satanás y luego dijo: “Quería el lugar de Dios”. Y Dios quería perdonarlo, pero él dijo: ‘No necesito tu perdón. ¡Yo soy lo suficientemente bueno!'”

Él continuó diciendo “Esto es el infierno”. Es decirle a Dios, ‘Tu cuídate porque me cuidaré solo’ No te envían al infierno, vas allí porque eliges estar allí. El infierno es querer estar lejos de Dios por no querer el amor de Dios. Esto es el infierno.”

Esta es la enseñanza de la Iglesia, bellamente planteada. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que el infierno “estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados”. (CIC 1033)

Dios nos creó para Él. Pero tenemos que elegirlo libremente, o nuestra unión con él no tendría sentido, [sería] una forma de cautiverio. Si somos libres, nuestras opciones deben ser significativas, no solo ilusiones. Y en esta vida, podemos elegir seguirlo o no.

El Infierno es simplemente la consecuencia de elegir “no Dios” en esta vida. No es un “lugar” que podamos ubicar en un mapa, como tampoco lo es el Cielo. Es un estado del alma. No tengo idea de cómo es, excepto que está completamente separado de Dios. Dios es la fuente de todo bien. Dios es compasión. Dios es amor. Dios es belleza. Esa falta de belleza, amor y compasión, y cualquier otro bien, es el Infierno.

No podría ser agradable.

Dios no nos “envía” al infierno. Lo elegimos, por la forma en que vivimos nuestras vidas. No sé cómo es la escena final, pero a menudo escuché la especulación de que, para el alma condenada, la posibilidad de pasar la eternidad contemplando el rostro del Dios que rechazaron es tan dolorosa que ellos mismos, en ese momento, eligen exclusión de su presencia. Dios no lo eligió para ellos. Ellos lo hicieron.

Encuentro eso extrañamente reconfortante.

A veces me divierte saber que algunas de las mismas personas que condenan la mentalidad de “todos obtienen un trofeo” en los deportes juveniles, también se suscriben a una teología del más allá de “todos van al cielo”. ¿Realmente creemos que Dios es ese “todo el mundo recibe un trofeo”? ¿Que nos puso en esta tierra sin más objetivo que hacer lo que nos plazca durante la mayor parte de un siglo más o menos? Y que, al final, no importa cómo nos hayamos comportado, o si vivimos su amor o no.

¿Que nuestra “recompensa” en realidad no tiene sentido? ¿Todo eso, bueno, malo y en el medio, es igualmente recompensado por la forma en que usamos nuestro tiempo aquí [en la tierra]?

No lo creo. Creo que nos colocó aquí con un objetivo, y ese objetivo es Él. Y lo aceptamos o no lo aceptamos.

Afortunadamente, creo firmemente que el Papa Francisco cree lo mismo.

Próximamente: El Espíritu Santo habla a través de la vida de los santos

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(Foto de dominio público)

Los apóstoles, encogidos de miedo, encerrados en el Cenáculo, esperaban hasta que la amenaza a sus vidas se hubiera calmado. Mientras se escondían, Jesús se les apareció, les dio paz y les explicó las Escrituras. Todos hemos tenido momentos en que nos hemos sentido abrumados y, así como con los Apóstoles, Jesús desea entrar en estos periodos de miedo y dificultad, fortalecernos y darnos una misión.

El domingo pasado recibimos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia mientras celebramos la Solemnidad de Pentecostés, recordando su acción a través de la historia. Cuando creó el mundo, Dios Padre sopló su Espíritu sobre las aguas de la tierra y creó la vida. Luego, después de ascender al cielo, nos envió su Espíritu Santo en una forma nueva y poderosa en Pentecostés, dando a la Iglesia “poder desde lo alto” (Lucas 24, 49).

Esa misma promesa, en la forma de los dones de Espíritu Santo, está destinada a cada uno de nosotros hoy. Los Apóstoles recibieron el don de poder hablar en otras lenguas, acompañado de la señal visible de una flama sobre ellos. Sus palabras, como las de profeta Elías “abrasaba como antorcha” (Eclo 48,1) y llevaron a muchos a la fe.

La solemnidad de Pentecostés y el envío de los Apóstoles está estrechamente ligado a el tema del que escribe el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica, Gaudete et Exsultate (Regocijaos y alegraos), el tema de “Tu misión en Cristo”.

En Gaudete et Exsultate, el Papa Francisco dedica la sección “Tu misión en Cristo” a examinar cómo cada persona, al igual que San Pedro, tiene un objetivo en esta vida: ser santos. “La misión”, explica el Papa, “tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde Él. En el fondo, la santidad es vivir en unión con Él los misterios de su vida” (GE, 20).

Después de que los Apóstoles recibieron al Espíritu Santo y glorificaron a Dios en muchas lenguas, Pedro se levantó proclamando valientemente lo que Dios estaba haciendo y llamó a las miles de personas reunidas a arrepentirse y a ser bautizadas. Al hacerlo, Pedro estaba cumpliendo la misión única que Dios le había dado. Como sabemos por las Escrituras, Pedro continúo su camino único a la santidad como el primer Papa, finalmente dando su vida por la fe.

Tu camino a la santidad tendrá diferentes características, así como cada santo es único en su relación con el Señor. Puede ir desde cosas pequeñas como consolar a un niño enfermo, compartir con otros la alegría del Evangelio, o acompañar a alguien que está muriendo. Pero puedes estar seguro de que, sin importar el camino, experimentaras la muerte y la resurrección de Cristo en una manera única y personal. Seguir los pasos del Señor significa permitirle a tu corazón ser más como el de Él. Tú experimentaras “distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor”.

Este itinerario realza que cada una de nuestras vidas transmite una palabra de Dios al mundo.  “Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo” (GE, 21), enseña el Santo Padre. Durante su vida en la tierra, el corazón de Jesús se llenó del Espíritu Santo, quien lo movió y lo inspiró. Después de su Ascensión a los cielos, derramó el mismo Espíritu sobre nosotros. El espíritu hace en nosotros lo que hizo en Jesucristo. Si le permitimos, el Espíritu Santo manifestará las virtudes de Cristo en nuestros corazones y nos convertiremos en imágenes vivientes de Cristo.

Aunque esto pueda parecer imposible, el Papa Francisco nos aconseja enfocarnos en la vida de cada santo en su conjunto, “no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas” (GE, 22). Este es un punto importante para nuestra cuidadosamente diseñada era de redes sociales que promueve fachadas de perfección. La fuerza del Evangelio es la verdad de que Jesús nos ama y nos redime a pesar de conocer nuestros pecados. Uno puede ver esto en la vida de los santos en su camino a seguir a Jesús.

Nuestro mundo perdido y confundido necesita la palabra que Dios desea transmitir a través de cada una de nuestras vidas. Abran sus corazones al Espíritu Santo y recen para alcanzar un corazón receptivo y dócil, escuchen al Señor hablar a su corazón, “…para Dios todo es posible” (Mateo 19.26). Me uno al Papa Francisco en oración, Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu…” (GE, 24).