Padre Rother, sacerdote estadounidense, asesinado en Guatemala, camino a la santidad

Escritor Invitado

Por: Aci Prensa

Estados Unidos tendrá su primer mártir reconocido oficialmente por la Iglesia católica. El Papa Francisco firmó el pasado 2 de diciembre el decreto en el que se admite el martirio del padre Francesco Rother, originario de la pequeña población de Okarche en Oklahoma y asesinado en Guatemala en 1981, lo cual indica que este sacerdote podrá ser beatificado. Aún se desconocen la fecha y el lugar.

En, Okarche la parroquia, el colegio y las granjas eran los pilares de la vida comunitaria. El pequeño Francesco asistió toda su vida al mismo colegio y vivió con su familia hasta que entró al seminario.

Rodeado de buenos sacerdotes y de una vibrante vida parroquial, Stanley sintió desde muy joven el llamado de Dios a ser sacerdote. A pesar de ello, este joven tuvo que luchar luego de reprobar muchos cursos antes de graduarse del seminario Mount St. Mary’s en Maryland.

webfrancesco3Al escuchar las luchas del joven Francesco, la hermana Clarissa Tenbrick, quien fue su profesora cuando estaba en quinto grado, le escribió para alentarlo y le recordó que San Juan María Vianney, patrón de todos los sacerdotes, también había experimentado ese tipo de luchas en el seminario.

“Ellos eran hombres sencillos que supieron que estaban llamados al sacerdocio y alguien debía autorizarlos para que cumplieran sus estudios y se hicieran sacerdotes”, dijo en entrevista con Catholic News Agency Maria Scaperlanda, autora del libro The Shepherd Who Didn’t Run, (El pastor que no salió corriendo n.d.t), una biografía de este mártir.

“Y ellos trajeron consigo bondad, sencillez y un corazón generoso en todo lo que hacían”, aseguró la autora.

 

Rumbo a Guatemala

Cuando Francesco estaba todavía en el seminario, el papa Juan XXIII pidió a las diócesis de Norteamérica que enviaran asistencia y establecieran misiones en Centroamérica. Fue así que pronto las diócesis de Oklahoma City y Tulsa (también en el estado de Oklahoma) establecieron una misión en Santiago Atitlán, Guatemala, una comunidad rural de muy escasos recursos, cuya población es mayoritariamente indígena.

Pocos años después de ordenado el padre Stanley aceptó la invitación de unirse a este equipo misionero, donde pasaría los siguientes 13 años de su vida.

Y al llegar a la misión de los indios mayas de Tz’utujil, en la villa no tenían un nombre equivalente a Stanley, por lo que comenzaron a llamarlo Padre Francisco.

El sacerdote había aprendido de joven, en la granja de su familia la ética de trabajo que serviría mucho en este nuevo lugar. Como sacerdote misionero, fue llamado no solamente a celebrar Misa y a administrar los sacramentos sino a ayudar en tareas sencillas como reparar camiones o a trabajar en los campos. Construyó una cooperativa de agricultores, un colegio, un hospital y la primera estación de radio católica, la cual podría llevar catequesis a las villas más remotas.
“Es sorprendente cómo Dios no pierde ningún detalle”, dice Scaperlanda. “El mismo amor por la tierra y ese pequeño pueblo donde todos se ayudaban entre ellos, todo lo que aprendió en Okarche es exactamente lo que necesitó cuando llegó a Santiago”, indica.

“El Padre Francisco también era conocido por su amabilidad, el olvido de sí mismo, por ser una persona alegre y por estar siempre presente entre sus feligreses, Decenas de fotos muestran a niños risueños corriendo detrás  suyo y tomando sus manos”, afirma la autora.

“El padre Stanley tenía una disposición natural a compartir la labor con ellos, a partir el pan con ellos y a celebrar la vida con ellos lo que hizo de la comunidad en Guatemala decir que el padre Stanley, ‘era nuestro padre’”, dice su biógrafa.

Con el paso de los años la violencia de la guerra civil de Guatemala llegó a la que antes era una aldea pacífica. Pronto llegaron a hacer parte de la vida diaria las desapariciones, los asesinatos y el peligro, pero el padre Francisco permaneció firme y apoyando a su gente.

En los años de 1980 y 1981, la violencia llegó a un punto casi insoportable y el sacerdote veía cómo sus amigos y feligreses eran secuestrados o asesinados. En una carta a los católicos de Oklahoma durante la que fue su última Navidad, el sacerdote compartió los peligros que diariamente enfrentaba en su parroquia y en su misión.

“La realidad es que estamos en peligro. Pero no sabemos cuándo o de qué manera el gobierno usará sus fuerzas para reprimir a la Iglesia…. Dada esta situación confieso que no estoy listo para salir de aquí todavía… pero si este es mi destino yo daría mi vida  por estar aquí (…) Existe todavía mucho bien que puede ser entregado también bajo estas circunstancias”.

El sacerdote finalizó su carta con la que se convirtió en la frase que en adelante acompañaría su firma:

“El pastor no puede salir corriendo ante la primera señal de peligro. Ora por nosotros para que podamos ser un signo del amor de Cristo hacia nuestra gente, para que nuestra presencia entre ellos pueda fortificarlos para que ellos soporten estos sufrimientos en preparación para el Reino de Dios que ya llega”.

En enero de 1981, cuando se encontraba en peligro y su nombre estaba dentro de una lista de posibles muertos, el padre Stanley regresó a Oklahoma por unos meses, pero cuando se aproximaba la Pascua decidió regresar para pasar Semana Santa con su gente en Guatemala.

La mañana del 28 de julio de 1981 tres “ladinos”, hombres (hombres que masacraban indígenas y campesinos de Guatemala desde la década de los 60), irrumpieron en la rectoría. Al no querer poner en peligro a los demás en la misión de su parroquia, el padre Francisco luchó, pero no pidió ayuda. Pasaron 15 minutos. Se escucharon dos disparos. El padre Stanley murió y los asesinos dejaron la tierra de misión.

Maria Scaperlanda, quien ha trabajado en la causa de canonización del padre Francisco, dijo que el sacerdote es un buen testimonio y ejemplo: “Él dio de comer al hambriento, acogió al forastero, visitó a los enfermos, consoló a los afligidos, soportó pacientemente las incomodidades, sepultó a los muertos…”.

“Su vida es también un gran ejemplo de cómo las personas que viven una vida ordinaria están llamadas a hacer cosas extraordinarias por Dios”, aseguró la biógrafa.

“Lo que más me ha impactado de la vida del padre Stanley fue lo ordinario que era”, dijo.

Sobre ese tema, el arzobispo de Oklahoma City monseñor Paul Coakley, señaló: “Necesitamos el testimonio de hombres y mujeres santos que nos recuerden que estamos llamados a la santidad. Estos hombres y mujeres vienen de lugares ordinarios como Okarche, Oklahoma”.

“Aunque los detalles son diferentes, creo que el llamado es el mismo y el reto es también el mismo. Como el padre Francisco, cada uno de nosotros es llamado a decir ‘sí’ al Señor con todo nuestro corazón. Estamos llamados a ver a quién está de pie ante nosotros como un hijo de Dios, a tratarlos con respeto y con un corazón generoso”, agregó.

“Estamos llamados a ser santos ya sea que vivamos en Okarche, Oklahoma, en Nueva York o en Ciudad de Guatemala”, concluyó Maria.

*Traducción del original del inglés por El Pueblo Católico

 

Próximamente: Cinco por ciento de luz

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Vi el eclipse total de sol desde Denver, Colorado. Wyoming, estado que limita hacia el norte, fue uno de los lugares donde se vio en un cien por ciento. Muchos viajaron allí para observar este fenómeno natural que no ocurría en este país desde hace 99 años. Por cuestiones de trabajo no pude viajar, pero me contenté con verlo desde aquí, donde la luna tapó al sol en un 95 por ciento.

Confieso que tuve la ilusión de que ese alto porcentaje fuera suficiente para ver el cielo semioscuro, para observar a los pájaros volar precipitadamente a sus nidos y escuchar luego a los gallos cantar en un insólito amanecer de medio día.

En la mañana encendí la radio donde daban las últimas indicaciones para disfrutar del eclipse. Los locutores advirtieron que la oscuridad sería mínima en Colorado, pero pensé que estaban exagerando. El punto máximo fue a las 11:47 a.m. hora local. Salimos con lentes en mano cuando se acercaba el momento. Emocionados pudimos ver cómo el brillo del sol se iba menguando con la interposición de la luna. Pero cuando esta avanzó hacia la hora pico, la luz continuaba aunque más tenue “¿Un mal cálculo de parte de los astrónomos?”, nos preguntamos. Al seguir observando el eclipse con nuestros lentes vimos que un pequeño cachito de sol se asomaba y me maravillé al ver cómo ese cinco por ciento de luz pudo iluminar tanto.

En nuestra vida también hay momentos de oscuridad donde nuestro brillo puede ser eclipsado por muchas adversidades: un fracaso, una decepción, una enfermedad, un accidente o simplemente un bajón en nuestro estado de ánimo. Sin embargo, un cachito de esperanza puede ser suficiente para impedir que caigamos en la oscuridad total ¿Y en qué puede estar representado ese pedacito de luz? En primer lugar, en Dios mismo. Ese “sol de justicia”, como lo llamó el profeta Malaquías. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien nos dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Recordemos que Jesús también nos llamó para que con su luz iluminemos la vida de los demás: “Vosotros sois la luz del mundo. (…) Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 14.16)

Ese cachito de luz lo podemos ver en su amor que se ve reflejado en las personas a quienes amamos y también en quienes están agradecidos con nosotros porque en algún momento les tendimos una mano. Lo podemos ver en nuestros buenos recuerdos, en los talentos cultivados o en las oportunidades que nos han permitido mejorar.

Nadie está libre de adversidades que pueden llegar para dar un giro a nuestra vida. Que pueden hacernos caer en un eclipse y no necesariamente de dos minutos de duración.  Pero depende de nosotros seguir viendo la luz a través de los rayos de sol que continúan asomándose, dándonos ánimo y repitiéndonos que nuestra vida tiene sentido, que el sol continúa presente dándonos luz y calor con los rayos tenues que logran asomarse en ese pequeño espacio que le dejó la luna.