“Padre perdóname porque me he tatuado”. “¡Ah mira, yo también!”

Sabes que no se te borra ¿no?

Aaron Lambert

Así comienza una serie de preguntas que los padres hacen a sus hijos cuando están pensando hacerse un tatuaje. ¿Por qué te quieres hacer algo así?

Es una buena pregunta. ¿Por qué las personas se hacen tatuajes? Y otra ¿Qué dice la Iglesia Católica sobre los tatuajes?

“Pienso que cuando alguien se hace un tatuaje, especialmente si es católico, debería preguntarse: ¿Es una imagen respetuosa? ¿Tiene algo de demoníaca, lujuriosa o grosera?” Así lo dijo el padre Joseph Lajoie, vicario parroquial de la parroquia Light of the World en Littleton, quien tiene 5 tatuajes. El último tatuaje se lo hizo hace pocos meses, en junio; fue una “M” como la de la medalla milagrosa que añadió a la cruz que él tenía ya tatuada en su hombro, y lo hizo como símbolo de su devoción mariana.

“Dado que yo me consagré a Nuestro Señor a través de la medalla milagrosa de Nuestra Señora, quise tener esa imagen grabada en mi espalda, con mi propio estilo, como un tatuaje mariano” dijo el padre Lajoie. “Para mí, es una manera de tener en mi propia piel una marca del escapulario y la Medalla Milagrosa”.

Efectivamente, leíste bien. El padre Lajoie, un sacerdote católico, tiene 5 tatuajes.

Muchos de aquellos que se oponen a los tatuajes, especialmente los cristianos, suelen citar el pasaje del Levítico 19, 28 como una instrucción explícita de la Iglesia para no hacerse un tatuaje: “No os haréis heridas en el cuerpo por un muerto, ni tatuaje alguno en la piel. Yo soy el Señor”. ¿Quiere decir entonces que los tatuajes están prohibidos?

No vayas tan rápido. Esta instrucción del libro del Levítico a los israelitas se refiere a una práctica antigua canaanita según la cual se tatuaban en el cuerpo los nombres de los muertos, como una forma de hacer luto. Dios prohibió a los israelitas que hicieran eso porque era considerada una práctica pagana.  Otra distinción importante es que este mandato correspondía a la Ley Mosaica que se transmitió al pueblo de Israel, y que era parte de la Antigua Alianza de Dios con su pueblo. Tal como enseña la historia de la Iglesia, la Antigua Alianza perdió validez una vez que Cristo se encarnó y a través de su crucifixión, estableció la Nueva Alianza.

¿Entonces los tatuajes no están mal? Desde el punto de vista moral, no. No hay nada inmoral en el hecho de hacerse un tatuaje. De hecho, una tradición cristiana de hacerse tatuajes, data del siglo sexto. Historiadores antiguos han registrado historias de cristianos tatuándose a sí mismo con cruces en Tierra Santa. Esta tradición muy probablemente surge de las palabras de San Pablo en su carta a los Gálatas, cuando dice: “¡A ver si en adelante no me ocasionáis más preocupaciones! Bastante tengo con llevar impresas en mi cuerpo las marcas de Jesús”. Si bien muchos expertos bíblicos afirman que acá Pablo está hablando metafóricamente, también se está refiriendo a una práctica cultural antigua romana y griega, por la cual se marcaban a los esclavos con tatuajes para demostrar a quién pertenecían.

El Catecismo de la Iglesia Católica tampoco tiene una explícita referencia a los tatuajes. Sin embargo, aunque la Iglesia no tenga una enseñanza oficial al respecto, aquellas personas que estén considerando la posibilidad de hacerse un tatuaje o más, deberían igualmente prestar atención a las virtudes cristianas de la templanza, la caridad y la prudencia.

Algunos se sorprenden al saber que un sacerdote tiene tatuajes, pero según el padre Lajoie, ello puede ser una buena oportunidad para hablar humildemente sobre la propia realidad de pecado, e incluso para evangelizar.

“Mis tatuajes -dijo el padre Lajoie- son un recuerdo de que he cometido errores en mi vida; y el ver un par de los tatuajes que quisiera no tener grabados en mi piel, es un recordatorio de que también he hecho cosas en mi vida de las que me arrepiento y que quisiera no haber realizado, es decir, mi pecado. Es un recuerdo -agregó el sacerdote- de los errores pecaminosos que he cometido en el pasado. Todos cometemos errores; algunos los tenemos en nuestro brazo derecho”.

El padre Lajoie señaló también que sus tatuajes lo hace más accesible a aquellos que de otra forma evitarían una conversación con un sacerdote. “Para algunas personas estas cosas que “normalizan” a un sacerdote, ayudan a la gente a acercarse a ellos y a hacer preguntas”, afirmó el sacerdote.

Al principio, la inspiración del padre Lajoie para hacerse tatuajes, vino de su amor por la música, particularmente por la banda de rock U2. El acto de grabarse un tatuaje en la piel trae consigo el hecho de poner a la vista de todos, una parte de la propia personalidad. Si bien el padre Lajoie acepta esta explicación, también considera que es una marca que contiene un significado más profundo para él y para su fe católica.

“En un sentido -explicó el sacerdote- como católicos somos personas sacramentales, y deseamos tener un símbolo físico o un recordatorio de algo que nos impactó profundamente… creo que de alguna manera eso nos toca como católicos que tenemos los sacramentos”.

Por supuesto, el sacerdote aclaró que los tatuajes no son sacramentales. Pero así como los sacramentos son expresiones visibles de realidades invisibles, los tatuajes son símbolos físicos que dicen algo sobre quiénes somos y aquello que nos ha impactado en la vida.

Finalmente, el padre Lajoie señaló: “Cuando algo sucede en nuestra vida, que no es físico o visible, pero que nos marca de manera muy importante y significativa, el tener un símbolo o una imagen y recordatorio de dicho hecho, toca nuestro deseo de tenerlo a la vista”.

Próximamente: “Bautiza a tu hijo”, insistió su amiga. Hoy él es sacerdote.

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Foto de Andrew Wright. De izquierda a derecha Angela Brown, el padre Angel y María Delfin.

Ángela y María eran dos grandes amigas cuando estudiaban en la escuela Estudios Espaillat de Santo Domingo, República Dominicana. Cuando cursaban 6 y 7 octavo respectivamente quisieron hacerse una promesa mutua, algo así como un pacto de amistad: “cuando tenga mi primer hijo, tú serás la madrina”.

En la foto se ven Ángela sosteniendo a su hijo Ángel el día de su Bautizo.

Pasaron los años, se graduaron de secundaria, cada una tomó su rumbo y María pasaba la mayor parte del tiempo en los Estados Unidos. Era 1987 y Ángela esperaba su primer hijo. María se enteró del embarazo de Ángela y no olvidó su promesa. “¿Cuándo será el Bautizo?”, le preguntó. La pregunta tomó por sorpresa a Ángela. No tenía entre sus planes bautizarlo. Ni siquiera ella había recibido este sacramento. “Cuando pensé que María podía ser la madrina de mi hijo, lo veía más como un compromiso social”, confesó Ángela a Denver Catholic en español. Sin embargo, tras la insistencia de su amiga, esta mujer decidió bautizar a su hijo cuando tenía 17 días de nacido.

María regresó a los Estados Unidos y no volvió a saber nada de Ángela ni de su ahijado. Meses después se mudó definitivamente a este país.

Una vocación que floreció

Ángel creció alejado de la Iglesia pero aún así se veía en él un espíritu solidario y abnegado. “Cuando él tenía entre 3 y 5 años, noté que poseía una bondad poco usual a esa edad”, confiesa su madre.  “Le encantaba compartir sus juguetes con otros niños, no para él jugar, sino para que ellos jugaran”.

Cuando Ángel tenía 14 años un grupo de misioneros tocó la puerta de su casa. Querían invitarle a él y a su familia a una catequesis del Camino Neocatecumenal. Así, tanto él como su madre comenzaron un itinerario de fe. Ángela fue bautizada después y se casó por la Iglesia.

En 2008, el joven participó en una peregrinación a Nicaragua y allí sintió que Dios lo llamaba a ser sacerdote. Le asignaron el seminario Redemptoris Mater de Denver como su lugar de formación. Llegó en enero de 2011, luego de haber estudiado dos años en el seminario de su ciudad natal.

“El buen Dios, que ya lo había elegido, puso a María en mi vida para que con urgencia él recibiera el primer sacramento de iniciación cristiana”, reconoce la madre del hoy padre Ángel.

Y retomaron el contacto

María, su madrina, hasta el momento desconocía el paradero de Ángel. “No viajaba con frecuencia a Santo Domingo. Hace dos años estuve allí y fui a visitar a la madre de Ángela pero justo había salido. La esperé un rato pero no regresó. No tenía cómo retomar el contacto”, comparte.

Y cuando Ángel ya estaba terminando sus estudios en el seminario su madre se propuso buscar a María a través de las redes sociales hasta que la encontró. Meses antes de la ordenación sacerdotal Ángela le comunicó a María un deseo que su hijo tenía: “Él quiere que tú estés presente cuando reciba el sacramento del orden”. María se sintió un poco avergonzada, pues no lo acompañó como madrina durante todos estos años. Aún así decidió viajar con su esposo Julio desde Orlando – Florida, donde residen actualmente. “La noche anterior no dormí bien, estaba muy emocionada y nerviosa. La última vez que lo vi fue el día de su Bautizo, hace 31 años”, confiesa.

El día antes de su ordenación, ella llegó con su esposo al seminario Redemtporis Mater, “entré al comedor y ahí lo vi, junto con varios seminaristas, le dije: ‘Soy tu madrina’ y él me abrazó”, comparte María mientras dejaba escapar un par de lágrimas.

El padre Angel Miguel Pérez-Brown se ordenó el pasado 19 de mayo en la catedral- basílica Immaculate Conception de Denver, Colorado junto con otros cuatro nuevos sacerdotes.  “No recuerdo haberme sentido tan feliz como hoy”, dijo María horas después de la ceremonia.

“Él pensaba ser ingeniero”, recuerda su madre. “Si yo hubiera asistido a su graduación me sentiría muy complacida pero me complace doblemente verlo como sacerdote porque su misión es salvar almas y hacer que las personas intenten ganar el cielo”.

El nuevo sacerdote asegura que su madrina “ayudó a plantar esta semilla” por eso él quiso “que ella fuera testigo de los frutos que ha dado”. “Si ella no hubiese influenciado a mi madre quien sabe dónde estaría hoy”, confiesa.

Al despedirse de María cuando se marchó de regreso a Orlando, el padre Angel le dijo: “Ya tuviste como madrina 31 años de vacaciones. Ahora por favor acompáñame rezando por mí, porque solo con la oración podré ser un sacerdote fiel”.