No te dejes llevar por las máscaras modernas de Cristo

Jesucristo es probablemente la persona más influyente en la historia de la humanidad – y también la más malentendida. Para muchos, Jesús fue simplemente un gran maestro moral, para otros, un fuerte activista y para otros más, un personaje ficticio que fue glorificado a través de los siglos.

Entre sus muchas máscaras de la modernidad, les presentamos tres, para que reconociéndolas, podamos encontrar al Jesús verdadero del Evangelio que la Iglesia ha defendido desde el primer siglo.

Jesús, el que me ama y no exige

En una sociedad en que la palabra “verdad” se entiende como ser “cerrado” o “intolerante”, muchas veces se prefiere ver a Jesús, no como un hombre frío que impondría su verdad sobre los demás, sino como alguien que es “buena onda” y no exige mucho. Se ve como alguien que entiende nuestras flaquezas y por eso no obliga a nadie. No exige mucho. Así Jesús se convierte en una persona que deja que las personas se queden donde están, en su pecado, porque es “compasivo”.

No cabe duda de que Jesús es todo amoroso y compasivo. Nos perdona si nos arrepentimos. Sin embargo, debemos preguntarnos qué significan verdaderamente el amor y la compasión. Cuando Jesús defiende a la mujer sorprendida en adulterio, no la condena; la perdona. Pero añade: “Vete y en adelante no vuelvas a pecar” (Juan 8: 1-11).

Jesús la levanta y la llama a una conversión, aun cambio de vida. Es esto lo que no es muy popular – es incómodo. Pero lo que Jesús está haciendo es llamarla a una mejor vida, a ser lo que Dios la creó para que fuera, a la felicidad auténtica. El amor y la compasión verdaderas llevan a un cambio de vida. Si Jesús no te llamara a la conversión y a la verdad, se estaría dando por vencido porque dejaría de ayudarte a ser la persona que él te creó para que fueras, la mejor versión de ti mismo.

Jesús, el maestro activista

Para muchas personas, Jesús fue un activista moral y social que murió por la causa de los pobres y marginados. Este Jesús revolucionario se convierte en una mera figura histórica que luchó por los que vivían al margen de la sociedad, así despojándolo de toda divinidad.

No obstante, Jesús aseguró ser Dios y no un mero maestro moral o un líder político. Los judíos de su tiempo lo vieron claramente y por eso buscaban matarlo: “[Se hacía] a sí mismo igual a Dios” (Jn. 5:18).

Aún más, su moralidad se centraba en sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6). Como el autor inglés C.S. Lewis los explica, solo Dios puede decir algo por el estilo. Y si un hombre que no es Dios llegara a decir algo así, tendría que ser un loco egoísta en vez de un gran maestro moral.

Jesús no vino solo para un bien terreno, como sería defender a los pobres. Aunque esto es bueno y estamos llamados a hacerlo, todo lo que él hacía apuntaba al Padre y no se quedaba atrapado en lo material. Por ello, decir que Jesús sólo fue un líder moral o político es perder de vista lo más esencial, que vino como el hijo de Dios, en el que el hombre encuentra su plenitud.

Jesús, el maestro espiritual pero no religioso

Muchos en nuestro día se glorían de ser espirituales pero no religiosos. Entre ellos están los que creen en Jesús e incluso rezan o meditan, pero no creen que quiso fundar una religión o una Iglesia como la Católica.

Creo que esta mentalidad proviene muchas veces de una herida. Las personas identifican “religión” o “Iglesia” con las cosas negativas que han oído o experimentado: corrupción, abuso sexual, avaricia… Han perdido la fe en una institución religiosa.

Por otra parte, muchos no quieren ser identificados con la enseñanza de la Iglesia y eso les da vergüenza, ya sea en temas sobre la homosexualidad, el matrimonio, el aborto, etc. Creen que su doctrina es anticuada y que se tiene que adaptar a los tiempos. Pero como siguen creyendo en Jesús, se hacen a la idea de que no es esto lo que él quería e interpretan sus palabras de otra manera, acomodándolas a sus propias creencias. Terminan creando un Dios a su imagen.

Sin embargo, esto no es nada nuevo. Los seguidores de Cristo han querido hacer un Cristo a su propia imagen desde el primer siglo, como se ve en los “superapóstoles” que predicaban “a otro Jesús” (2 Cor 11:4-5).

Aun así, siempre hubo una autoridad que guiaba a las primeras comunidades cristianas y resolvía nuevos problemas a la luz de las enseñanzas de Jesús (Hechos 15:23-29). Esta autoridad eran los apóstoles, quienes mantenían la unidad al luchar contra las muchas máscaras de Cristo que ya se presentaban en su día.

Decir que Jesús nunca quiso establecer una Iglesia es como decir que quiso que las personas lo interpretaran a su propio modo. La Iglesia primitiva entendía esto y luchaba contra toda distorsión de su imagen y enseñanza. Nuestra Iglesia, que es la misma Iglesia de los apóstoles, lo sigue haciendo desde entonces.

 

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).