Mirar la vida con los ojos de la fe

La pérdida de la vista transformó la confianza en Dios de esta mujer.

Therese Bussen

Laura Revan, de 50 años, comienza a cortar un pimiento verde con los ojos vendados. Lo hace con facilidad, habilidad y una gran sonrisa en su rostro.

Está preparando su cena de graduación para 75 personas, como parte de los nueve meses de entrenamiento en la Colorado School for the Blind (Escuela de Colorado para ciegos) donde aprendió a manejar su discapacidad y re-aprender algunas tareas ordinarias, ahora como alguien que ha perdido la vista.

Ella pasó de no querer levantarse de la cama a ser una mujer que “ve” con los ojos de la fe y de manera mucho más clara.

 

Días oscuros

El 15 de diciembre del 2015, Laura se encontraba comprando un árbol de Navidad y de repente se desmayó.

Descubrieron que tenía neumonía y después, le hallaron unos quistes en los ovarios los cuales se trataron con quimioterapia y radiaciones para que no se fuera a desarrollar ningún tipo de cáncer.  Como consecuencia de los tratamientos, su retina se le desprendió y quedó ciega.

Fotos de Andrew Wright.

Esta nueva condición la hizo pasar por momentos de mucha desesperanza, pensaba que lo mejor para ella era morirse. Pero un día tuvo un sueño: Estaba de pie ante las puertas del cielo tratando de entrar, pero no le abrieron las puertas. Finalmente, Dios salió a su encuentro,

“Él me tomó de la mano y caminó conmigo y me llevó a un tribunal afuera. ‘¿Qué estás haciendo? Te estás rindiendo, no es tu tiempo, todavía no estoy listo para ti’”, cuenta Laura. “Yo le dije: ‘Pero esto duele y mucho’ y Él dijo: ‘¡Tengo mucho trabajo para ti! Tú vas a ayudar a la gente, vas a alentarla, vas a traer más gente cerca de mi’”.

Ella se despertó sintiéndose aliviada y relajada. Pero sobrevivir significaba muchos días oscruos por delante. Sus luchas continuaron, buscaba aceptar su nuevo sufrimiento de ceguera, que no era la única experiencia difícil que había vivido.

“Antes de pasar por esto mi casa se quemó y perdí todo. Luego mi madre murió, mi prometido también murió y le pregunté a Dios: ‘¿Qué tan fuerte crees que soy yo?’”, dijo Revan. “Él me dijo: ‘Yo le doy mis más duras batallas a mis mejores soldados’. Yo perdí mi fe, y justo le recé a Dios para que me llevara. (Pero) Yo siempre había sido muy fuerte, era una persona independiente, y luché hasta la muerte”.

“Estaba enojada, estaba lista para rendirme, pero supe que había luchado demasiado como para ya darme por vencida”, continuó. “Seguí rezando y le hice una promesa a Dios. Le dije ‘tú me trajiste aquí y cada noche me pondré de rodillas y voy a rezar para agradecerte y cada mañana me levantaré y estaré muy agradecida y voy a hacer esto por dos años”.

Mientras que continuó avanzando todos los días, algunos más difíciles que otros, Laura comenzó a investigar sobre cómo vivir con la ceguera.

“Supe que era un nuevo camino en el que Él me puso. Necesitaba seguir viviendo, era como una prueba y un tiempo particular”, dijo Revan. “Entonces voy a hacer lo que tenga que hacer”, y así encontré el Colorado School for the Blind, y estoy lista para vivir la vida, porque ahí hay vida”.

“Sentí su presencia. Siempre había estado ahí”, explicó. “Pensaba en rendirme en todo momento, no quería comer ni levantarme de la cama, era una presencia que siempre estaría ahí conmigo para hacerme sentir en calma”.

 

Una nueva forma de ver

Luego de asistir al Colorado School for the Blind, Revan aprendió a cocinar, a viajar por la ciudad y cruzar el tráfico, a usar varios indicadores que le ayudaban a navegar. Aprendió el sistema de lectura para ciegos, re aprendió cómo usar los audífonos y la computadora e incluso un proyecto de carpintería.

Poco tiempo después de haber comenzado, ella buscó la manera de ir a Misa los domingos y llamó a la parroquia St. Mary en Littleton. Uno de los ministerios es “María de la Misericordia”, que conecta a los feligreses con las personas en necesidad para proveerles la ayuda que necesitan. Laura conoció a Rachel Guerrera, una madre de dos niñas quien comenzó a llevarla a Misa todos los domingos y así se hicieron amigas.

“Una de las cosas más grandes (de Laura) es su dignidad”, dice Guerrera. “Ella acepta la ayuda que necesita y eso no la hace menos digna. Ella no se menosprecia ni se queja por las desventajas que tiene. Esto para mí es muy inspirador”.

Además de las habilidades prácticas Revan aprendió en la escuela para ciegos mucho más sobre Dios y sobre ella misma.

“Aprendí sobre mi fortaleza, aprendí a ser paciente, algo que todavía es difícil. He aprendido a no rendirme y a estar cerca de mi familia”, dijo.

Ella se graduó el 30 de noviembre y planea regresar al estado de Georgia, su lugar de origen,  para estar con su familia y volver a la escuela para obtener un título en consejería.

“Hay mucha más vida afuera, incluso si has perdido algún sentido”, dice. “Le digo a Dios: ‘¡Vamos! ¡Levántate!” Tengo una medalla del ángel de la guardia que llevo comigo y le dijo; “¡Ven! Te necesito ahora”, he hecho cosas que no pensé que podría hacer”, concluye Revan.

Traducido del original en inglés por Carmen Elena Villa

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).