Millennials sin Facebook

Carmen Elena Villa

Los millennials son esa generación nacida entre 1981 y 1995 y que crecieron conectados a internet y sus derivados, sea desde su infancia o desde sus primeros años de juventud.

Para la mayoría de ellos el mundo digital tiene un protagonismo que incluso supera muchas veces el mundo real. Sin embargo, algunos prefieren permanecer al margen de herramientas como Facebook, aún a sabiendas de que en muchos aspectos podrían estar más desconectados en cuanto a lo que sucede con los amigos y conocidos que potencialmente agregarían si tuvieran una cuenta en esta red social. Denver Catholic entrevistó a algunos de ellos y conoció sus experiencias.

Desactivó su cuenta

Mary McGeehan tiene 27 años y es la coordinadora de eventos de la oficina de evangelización de la Arquidiócesis de Denver. Ella narra que decidió desactivar su cuenta en Facebook porque cuando accedía a esta red social “me comparaba de manera inconsciente con los demás y me sentía forzada a enfocarme demasiado en mí misma”.  Hoy en cambio, ella prefiere “vivir el momento” y “guardar las experiencias en mi memoria”. McGeehan considera que esto resulta más saludable que “estar preocupados por tomar una foto para presumir mi vida social en Facebook”.

Ahora, ella dice que puede enfocarse más en aquellas personas que son realmente sus amigos, con quienes le agrada pasar el tiempo. Ella prefiere saber de ellos “escuchando la historia completa sobre los acontecimientos de la vida” en lugar de “encontrar información de segunda mano”. Por ejemplo, si alguno de sus amigos se compromete para casarse “quiero escuchar la historia entera sobre la propuesta de matrimonio, ¡no solo ver las fotos del anillo”.  Y aunque admite que mucha gente logra usar de manera balanceada su cuenta en Facebook, “yo descubro que el no estar en esta red me trae el reto de ser más humana”.

 

Pensó que sería una moda pasajera

Por su parte, el padre Ryan O’Neill, de 34 años y director de vocaciones de la Arquidiócesis de Denver decidió desde que se creó esta red social, permanecer al margen de ella. Estando en la universidad, él, junto con un amigo suyo quien tomó la misma decisión, pensaron que esto sería “una moda pasajera”. Sin embargo, él ha visto que Facebook continúa creciendo en popularidad y desarrollando “un poder de permanencia”. Durante sus años en el seminario (2005 – 2012) el padre O’Neill decidió continuar con esta decisión en la cual ha perseverado después de ordenarse sacerdote, con una reflexión más madura sobre lo que implica estar conectado a esta red social. “Pareciera que causa un drama innecesario en la vida de mis amigos y conocidos que tienen una cuenta en Facebook. Los tienta de manera especial a perder una gran cantidad de tiempo”.

“Mucha gente me ha dicho que es muy bueno seguir en contacto con personas que de otra manera no estarían inmediatamente presentes en tu vida”, prosigue el joven sacerdote. “Y creo que este es un aspecto positivo, pero a la vez siento que el Señor Jesús me pide enfocarme más en las verdaderas relaciones humanas que Él ha puesto en mi vida local en lugar de invertir en relaciones virtuales y a larga distancia”.

Le da un uso muy restringido

El caso de Sandra Mallea, de 35 años es diferente. Ella es de nacionalidad peruana y vive en Denver hace 10 años. El hecho de vivir en otro país la motivó a abrir una cuenta en Facebook para mantener el contacto con aquellos familiares que no puede llamar directamente. “No tengo una cuenta muy activa, solo la uso para recibir y mandar mensajes personales de vez en cuando”, admite.

“Pienso que las redes sociales quitan el interés personal y no permiten establecer un lazo fuerte y verdadero de amistad”, indica Mallea. Por ello, Sandra se rehúsa a agregar a simples conocidos a su cuenta. Prefiere tener solo a “aquellos con quienes he establecido una amistad previa”.

“Tengo por lo general cinco mensajes diarios que me invitan a ver lo que la gente ha puesto en Facebook y la verdad ni les hago caso, pues yo sé que si mis amigos en verdad desean comunicar algo que quieren que vea, me enviarán un mensaje personal y me preguntarán mi opinión acerca de ello”, comparte Mallea quien confiesa que “la respuesta que me dan es muy diferente al glamour que las redes sociales muestran”.

Hablan los psicólogos

Denver Catholic consultó también con algunos psicólogos sobre los beneficios que trae la opción por desconectarse de las redes.

El doctor Tim Elmore, presidente de Growing leaders, autor y conferencista, citó un estudio realizado por la Universidad de Michigan que demuestra cómo la empatía entre los estudiantes decayó en un 40 por ciento con respecto hace diez años, cuando las redes sociales comenzaron a hacerse más populares. “Las pantallas nos pueden separar del dolor real ”, aseguró,  mientras que, cuando se evita el uso excesivo de Facebook “la empatía puede crecer, lo cual es crucial para ser capaces de ponernos a nosotros mismos en el lugar de alguien más”.

Tal como lo compartieron los millennials entrevistados, los estudios demuestran que aquellos que desactivan su cuenta en Facebook dejan  la preocupación desproporcional por las apariencias que trae esta red social. “Uno de los resultados más sutiles y siniestros viene de un mundo lleno de dispositivos portátiles es que las personas ahora son mucho más conscientes de cómo aparece algo de lo que es en realidad”, asegura la doctora Christina Lynch, directora de servicios psicológicos del seminario Saint John Vianney de Denver. “Se abre mucho más la conciencia sobre la imagen ¿Cómo se ve esto en Facebook? ¿Cómo se va a ver mi reputación si posteo esto?”, dice.

Y a pesar de las ventajas que trae Facebook (encontrar rápidamente un contacto, reconectarse con los viejos amigos, recordar las fechas de cumpleaños, compartir artículos y reflexiones) la doctora Lynch asegura que quienes presiden de esta red social o la usan de manera moderada pueden descubrir “los verdaderos talentos y dones que Dios les ha dado. Una creatividad natural puede florecer cuando nos enfocamos en las necesidades de los demás”.

Próximamente: Nuevas tragedias, nuevos héroes

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Las malas noticias, como la del tiroteo en la escuela Marjory Stoneman Douglas de Parkland en Florida el pasado 14 de febrero, siempre traen historias de humanidad, heroísmo, acciones rápidas y solidarias que sorprenden y que reflejan la bondad en algunas personas quienes en cuestión de segundos se olvidan de sí y que son capaces de dar la vida para que otros no mueran.

A veces se vuelve incluso un lugar común que, tras un tiroteo haya una o dos historias de personas que se inmolaron y que se metieron en el fuego cruzado para salvar vidas y terminaron muriendo ellos.

Y creo que, más que recursos periodísticos para seguir dándole vuelta a la misma noticia trágica y sacar, al menos algún ángulo positivo después de un acto de tanta maldad, aquí se trata de ver cómo ante el pánico que genera un repentino tiroteo, hay quien, sin pensarlo reacciona casi instintivamente para salvar vidas a costa de la propia.

Es el caso de Aaron Freis, un entrenador de futbol de 37 años y ex alumno de esta escuela secundaria. Un estudiante declaró a Fox news que Freis “Se puso en medio de un par de personas y los protegió. Las balas le cayeron a él y con seguridad salvo sus vidas”.

La portavoz del equipo de futbol Denise Lehtio dijo que “murió de la misma manera como vivió – se puso a él en un segundo lugar”, luego lo describió como “un alma noble, un buen hombre”. Hoy Freis hace parte de la lista de víctimas pero quizás esta lista hubiese sido más numerosa si él no hubiera tomado la decisión instantánea de protegerlos e inmolarse por ellos.

El profesor de geografía Scott Beigel, 35 años también murió para salvar a varios alumnos cuando, en medio del tiroteo, abrió la puerta del aula para permitir que los estudiantes que huían de las balas entrasen al salón y se protegieran. Así ocurrió. Solo que él no logró cerrar la puerta y el joven atacante Nikolas Cruz lo sorprendió y le disparó. Así Beigel terminó siendo una víctima más. “Estoy viva gracias a él”, dijo una estudiante al programa Good Morning America.

Los actos de maldad de un atacante desquiciado contrarrestan con las acciones nobles de quienes aman tanto la vida que deciden sacrificarse por ella. Son historias que conmueven, que nos hacen preguntarnos qué hubiésemos hecho en su lugar y que nos permiten ver que la verdadera humanidad se manifiesta en actos de heroísmo que están presentes no solo en las películas de ficción sino en tantas almas nobles que, después de muertos, salen del anonimato para darnos lecciones de grandeza.