María Antonia: una madre que supo decir sí a Dios

Mayo es el mes de la madre – el corazón de la familia, pieza clave que es llamada a una santidad muchas veces escondida, y que se aprecia cada vez más al mirar atrás, a su recuerdo y su continua presencia.

Así fue María Antonia, esposa madrileña y madre de siete hijos, cuatro de los cuales son sacerdotes, uno esposo y dos esposas y madres de familia. Uno de los sacerdotes sirve en esta arquidiócesis: se trata del padre Luis Granados, de la parroquia St. Mary en Littleton, profesor del seminario de Denver Saint John Vianney y miembro de la congregación Discípulos de los Corazones de Jesús y María,

María Antonia parecía tener ya claro lo que el Papa Francisco dice en su nueva exhortación apostólica Gaudete et exsultate: “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”.

Tal era el caso que, tras conocer a Eduardo, su futuro esposo, como universitaria, le dijo a una religiosa: “Yo tengo como ideal la santidad, y creo que mi santidad consiste en formar una familia con Eduardo”.

Ese ideal lo tuvo siempre presente en su familia, incluso en sus últimos días de vida, cuando el cáncer iba inmovilizando su cuerpo.

“En su enfermedad mi madre nos engendró a la vida y nos confirmó en nuestra vocación”, dice en diálogo con el Denver Catholic en español el padre Luis, quinto hijo de María Antonia. “De alguna manera nos enseñó los votos de virginidad, pobreza y obediencia antes de ser religiosos”.

María Antonia con su esposo Eduardo y sus hijos José, Eduardo, Juan Antonio, Carlos, Luis, y María Antonia.

Eduardo Granados, esposo de María Antonia, y sus hijos – el padre José, Eduardo, padre Juan Antonio, padre Carlos, padre Luis, María Antonia y Marta – sabían que la historia de su madre había sido grande en su sencillez y decidieron inmortalizarla en un libro titulado “María Antonia: El corazón de una familia”, escrito por el padre José, su hijo mayor y editado por Ediciones Palabra.

La vida y entrega de su madre fue para ellos “un sello”. “Nos enseñó que merece la pena darlo todo”, dice el padre Luis.

Sus hijos recuerdan aquella pregunta que ella les hacía y que los marcaría para siempre: “Tú, ¿vas a ser santo?”.

El “sí” final a Dios

El camino de esta madre piadosa y generosa en su familia y trabajo tomaría un giro inesperado cuando a sus 51 años, los médicos le encontraron un tumor cerebral maligno y le daban 6 meses de vida.

Poco a poco María Antonia fue perdiendo movilidad en sus brazos y piernas y dejó de hablar. En este proceso doloroso de dejar ir lo más valioso para ella, no se quejó, sino que se abandonó con confianza y alegría.

“Me gustaría que descubrieses la ‘alegría a tope’ que voy descubriendo”, escribía a un amigo estando en cama.

“La oración preferida de María Antonia era el abandono en silencio”, cuenta el padre José. “Yo creo que no quería darle vuelta a los porqués… Confiaba simplemente, acompañada por nosotros”.

“Nosotros queríamos consolarla, pero salíamos consolados”, dice el padre Luis.

Los hijos de María Antonia en la actualidad. De izquierda a derecha el padre José, Eduardo, padre Juan Antonio, padre Carlos, padre Luis, María Antonia y Marta. Foto Provista.

Sus hijos recuerdan especialmente el momento en que María Antonia perdió la habilidad de mover su mano.

Como ya no podía decir “sí” o “no”, quedaron en que la mano abierta era señal de “sí” y cerrada de “no”. Sin embargo, llegó un momento en que se le paralizó por completo y la dejó abierta.

Su hijo Eduardo entonces dijo: “Mira, a mamá se le ha quedado la mano en forma de sí”. Y de esta manera su esposo y sus hijos vieron la entrega de María Antonia reflejada en ese símbolo.

María Antonia murió cantando el 3 de junio de 1998 acompañada por su esposo Eduardo y dos de sus hijos.

“Ahora pienso que tu vida estuvo llena de ‘síes’”, escribió tiempo después su esposo Eduardo. “Sí a nuestro noviazgo y a nuestra boda: sí a la venida de nuestros siete hijos, sí a [entregarlos] a Dios… sí a todo lo bueno y sí a Dios cuando te envió la enfermedad”.

El padre José recuerda sobre todo aquella pregunta: “Tú, ¿vas a ser santo?” y en ella ve el mensaje que la vida de María Antonia tiene para todos los que la escuchen.

“Ojalá su recuerdo suscite de nuevo la pregunta por esa meta definitiva de nuestra vida, tantas veces puesta aparte, tantas veces cubierta de polvo: la santidad”, concluye el sacerdote.

Próximamente: Lecciones de Tailandia y Croacia

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(Fotos de Getty Images y Flickr)

Dos países que no necesariamente aparecen en las primeras páginas de nuestros periódicos con frecuencia, hicieron noticia en los últimos días con su buen ejemplo y sus lecciones de humildad y hermandad.

Fue impresionante ver el rescate de los niños del equipo de fútbol “Los jabalíes salvajes”, que se quedaron atrapados en una cueva ubicada en la provincia norteña de Chiang Rai en Tailandia. Daba escalofrío solamente ver el infográfico de ese complejo sistema de cuevas y ver cómo el agua había penetrado los angostos y oscuros túneles por los que pasaron los valientes buzos. Nos conmovimos con la heroicidad de Saman Gunan, el ex buzo de las fuerzas de élite de la Armada, quien a sus 38 años falleció en medio del intento por traer con vida a los niños. También con la generosidad del doctor australiano Richard Harris quien decidió, en medio de sus vacaciones en Tailandia, unirse al requipo de rescate y salir glorioso de esta travesía para luego recibir la noticia de la muerte de su padre.

El entrenador Ake, un ex monje budista nos ha dado una lección de perseverancia y serenidad en momentos de altísima tensión. Él les enseñó a los chicos técnicas de meditación para que mantuvieran la calma y para que pudieran respirar consumiendo la menor cantidad de aire posible. Una actitud que fue fundamental para que todos salieran con vida.

La solidaridad mundial, los cientos de tailandeses que donaron víveres a las familias de los niños atrapados y la vigilia de oración realizada alrededor de la cueva sirvieron como ejemplo de hermandad, de que el refrán “La unión hace la fuerza” es mucho más que un cliché cuando se hace vida.

Y los croatas nos dejaron muchas lecciones en el mundial Rusia 2018 con su juego limpio, su espíritu de equipo, su perseverancia hasta el final del partido, (incluso en medio de las decisiones polémicas del árbitro) y su actitud de humildad y grandeza al obtener el subcampeonato. Fue conmovedor ver a la presidenta Kolinda Grabar-Kitarovic, con su camiseta puesta celebrando los dos goles y abrazando al final del partido a cada uno de los integrantes de este equipo que desafió todos los pronósticos.

Los jugadores de esta joven y sufrida nación no se atemorizaron al enfrentar a grandes rivales. Muchos quisimos ver a Croacia llevarse la Copa Mundo porque también nos hemos alegrado cuando un país (Como Francia en 1998 y España en 2010) se lleva por primera vez este trofeo a casa.

Varios de los jugadores, como Luka Modric, Dejan Lovren, Ivan Rakitic y Mario Mandzukic fueron víctimas en su infancia de la guerra de los Balcanes que terminó con la disolución de Yugoslavia en 1991. Algunos se vieron forzados a permanecer en su país. Otros pudieron huir y tuvieron que crecer lejos de su tierra. La casa de Modric fue incendiada por las fuerzas Serbias y su abuelo murió víctima de este conflicto. “La guerra me hizo más fuerte. No quisiera tener eso en mí para siempre, pero tampoco quiero olvidarlo”, comentó en una entrevista que citó la BBC.

En dos hechos y escenarios diferentes hemos aprendido que aún en circunstancias casi imposibles, se puede creer en el heroísmo, en el servicio desinteresado, en la capacidad de superación y en la humildad, una virtud tan olvidada como necesaria y que es el motor silencioso de esos actos que engrandecen la humanidad.