Maestros de escuelas católicas, más que un trabajo es una vocación

Escritor Invitado

Por: Roxanne King

El documento de visión de la Arquidiócesis de Denver, Worthy of the Name, (Dignos del nombre n.d.t) describe la vocación de enseñar en una escuela católica como “un llamado que Dios da a aquellos a quienes Él quiere que desempeñen un papel vital ayudando a los padres, que son los primeros educadores de sus hijos, a formar a sus hijos para que puedan llegar a ser santos”.

Reconociendo la excelencia académica por la cual las escuelas católicas son conocidas, Worthy of the Name insta a los educadores a comunicar la verdadera sabiduría cristiana y la virtud en la enseñanza ayudando a los estudiantes a comprender el lugar apropiado en sus vidas y cómo este apunta a las verdades universales de la creación, fomentando así un amor por aprender y llevándolos hacia una unión más cercana con Dios, “la fuente y el fin de toda virtud y conocimiento”.

Cuatro educadores católicos compartieron con Denver Catholic cómo su labor, más que un trabajo es una vocación.

 

Fomentando el discipulado

David Good, ha enseñado durante 24 años Escrituras y la Moral Católica- en Holy Family High School en Broomfield. Antes de llegar a Holy Family, enseñó un año en una escuela católica americana en Roma.

“Siempre sentí que aquí es donde Dios quiere que esté”, dijo Good. “Es un llamado que tengo. Me encanta compartir mi pasión por las Escrituras con las nuevas generaciones”. Ver cómo la Palabra de Dios resuena con los corazones y las mentes de sus alumnos, le da una gran satisfacción.

“Los maestros de las escuelas católicas estamos unidos con los niños como discípulos”, acotó. “En este entorno, eres libre de hablar sobre tu discipulado, sobre tu persona, no solo sobre tu área de especialización, ya sea que enseñes matemáticas, ciencia o religión. Esa es una parte importante de la conexión con los niños”.

Durante 23 años, Good también se desempeñó como entrenador principal del equipo de cross-country de la escuela, desde construir el programa hasta un ser competidor perene del campeonato estatal. Ahí, nutrió también la vida espiritual de sus atletas.

“Siempre pensé que era un vehículo extra para llegar a los niños y ayudarlos a convertirse en la persona que Dios los llama a ser”, dijo.

Good también ha participado en retiros, peregrinaciones, proyectos de servicio y viajes de misiones para que los alumnos nutran y profundicen su relación con Cristo.

“Tengo el mejor trabajo del mundo”, dijo Good. “Es un privilegio hacer esto. No puedo pensar en hacer otra cosa”.

 

Haciendo el trabajo de Dios

Kathy Byrnes, educadora desde hace cuarenta años, ha pasado 30 en dos escuelas de la Arquidiócesis de Denver: las últimas cinco como directora en St. Louis en Louisville y los 25 anteriores en Sts. Peter y Paul en Wheat Ridge. Ella también ha enseñado en Carolina del Norte y Nueva York.

“Enseñar en una escuela católica realmente es una vocación”, dijo Byrnes. “El valor de estar en una escuela católica siempre ha estado en el centro de mi ser. Siempre he creído en su importancia y he querido ser parte de eso”.

“La capacidad de compartir las enseñanzas de la Iglesia Católica, los sacramentos y la liturgia con los estudiantes es una bendición”, dijo Byrnes.

“Especialmente en el mundo de hoy, las cosas pueden parecer desesperanzadas para los estudiantes y pueden sentir que no hay solución”, dijo. “Con Dios, hay esperanza en cada situación. Cristo es la luz que nos lleva a través de los tiempos oscuros “.

“Trabajar en conjunto con los padres para ayudar a que cada niño alcance su máximo potencial, espiritual, emocional, académico y social, es una gran responsabilidad”, dijo.

“Debemos ser dignos del nombre ‘escuela católica'”, aseguró Byrnes. “Tenemos que predicar con el ejemplo. Nuestra misión es ser hermanos, estar allí el uno para el otro y vivir nuestra fe todos los días. … Es cierto que los niños aprenden lo que viven y viven lo que aprenden “.

 

Formando embajadores para Cristo

La maestra de jardín infantil, Alexis Grose ha enseñado 56 años en escuelas católicas en varios estados y también en Tierra Santa. Los últimos 31 años ha estado en la Arquidiócesis de Denver. Después de 20 años en la escuela Our Lady of Lourdes, en 2007 se mudó a All Souls, donde continúa hasta el día de hoy.

“Amo mucho al Señor y quiero infundir eso en los más pequeños”, dijo Grose

La vocación de ser maestra de escuela católica dijo, “es algo que se mantiene en lo más profundo de tu corazón”.

“Me emociona todos los días ir a la escuela”, dijo Grose. “Llego temprano para prepararme, especialmente para centrar a los niños en torno a la presencia de Jesús. Lo académico es muy importante, pero también tratamos de desarrollar el asombro sobre lo divino “.

Grose enseñó primer grado durante 46 años, e inicialmente lo hizo en All Souls, pero en 2010 hizo el cambio al jardín de niños.

“Me sentí como Abraham consiguiendo una carpa y avanzando”, dijo. “¡Me encanta!”

Alexis reza con íconos, una devoción que comparte con sus alumnos, y es una maestra de la tradición bizantina rusa de la iconografía.

“Todos estamos llamados a evangelizar”, dijo, y agregó que tiene una imagen en su salón de clases que dice: “Yo puedo ser la presencia de Jesús”, para recordarles a los niños que ellos también son “embajadores” de Cristo.

Algunos exalumnos han regresado para agradecerle no solo por enseñarles los conceptos básicos de la educación, sino también por ayudarlos a conocer a Cristo.

“Mi familia dice: ‘¿Cuándo vas a renunciar?'”, compartió Grose riendo. “Acabo de obtener mi contrato para enseñar y dije: ¡Un año más!”

Traducido del original en inglés por Mavi Barraza.

 

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).