¿Los pobres son un problema?

Carmen Elena Villa

Los pobres son una “Fuerza salvadora”. Así lo dijo el pasado domingo el Papa Francisco durante la homilía que ofreció con ocasión de la primera Jornada Mundial de los pobres realizada en el Vaticano.

El Pontífice quiso aprovechar esta ocasión para ofrecer en el aula Paulo VI del Vaticano un almuerzo con unas 1.500 personas que viven en situación de dificultad. No se trató solo de compartir el pan material sino y de manera especial, de hacer de esta una ocasión para confraternizar. Simultáneamente se realizaba el mismo acto de caridad en diferentes comedores de Roma y de otras diócesis del mundo que se unieron a esta iniciativa.

Durante el año la Santa Sede organiza diferentes jornadas de reflexión que tocan ciertos aspectos y labores que pueden ser enfocadas a la evangelización. Existe, por ejemplo, la Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, de la vida consagrada, de la alimentación, del enfermo, del inmigrante, de las misiones, de la paz, de las vocaciones, de la juventud y ahora de los pobres. Esta última fue establecida hace un año en la carta apostólica Misericordia et Mísera, publicada por el Papa al concluir el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. El Papa invitó a celebrar este día el tercer domingo de noviembre.

Para invitar a la preparación a la Jornada Mundial de los Pobres, Francisco publicó un mensaje el pasado 13 de junio en el que señaló cómo la misericordia puede “llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia a favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados”.

Tabmién invitó a todos los católicos a seguir el ejemplo de San Francisco de Asís, quien no se conformó con dar limosna, sino que quiso estar con los pobres y ser uno más. “No pensemos solo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana y, menos aún, de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia”, exhortó en su mensaje. La caridad hacia los pobres debe ser más bien “dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida”.

Por eso, no le bastó con publicar un mensaje y dirigir su homilía y sus palabras del Angelus a este tema, sino que quiso invitar a los pobres a comer con él, un bonito gesto que ocurre justo antes del día de Acción de Gracias y del tiempo de Navidad y que nos puede inspirar a nosotros también para compartir con aquellos que quizás de otra manera no tendrán ni regalo ni cena en estas importantes fiestas.

Aunque suene frase de cajón, cuando se comparte con el pobre es más lo que se recibe que lo que se da, pues el hecho de donarnos nos ayuda a tener “un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada para superar la tentación de la omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales”.

Esta arquidiócesis ofrece la bendición de compartir con los más necesitados por medio de iniciativas como Caridades Catholicas o Christ in the citiy. Muchos de nuestros hermanos de la comunidad hispana también necesitan una mano de parte de aquellos que llevan más tiempo viviendo en este país, que tienen más recursos y están más adelante en su proceso de adaptación.

Por ello los pobres no son un problema sino rostros concretos que nos permiten que salgamos de nuestro egoísmo y nos pongamos en el lugar del otro. Con las palabras y acciones de esta jornada, (la primera, ojalá de muchas), el Papa hace caso a aquel consejo que le dio su amigo, el cardenal brasileño Claudio Humes, justo al concluir el conclave en el cual fue elegido: “No te olvides de los pobres”.

Próximamente: El Espíritu Santo habla a través de la vida de los santos

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(Foto de dominio público)

Los apóstoles, encogidos de miedo, encerrados en el Cenáculo, esperaban hasta que la amenaza a sus vidas se hubiera calmado. Mientras se escondían, Jesús se les apareció, les dio paz y les explicó las Escrituras. Todos hemos tenido momentos en que nos hemos sentido abrumados y, así como con los Apóstoles, Jesús desea entrar en estos periodos de miedo y dificultad, fortalecernos y darnos una misión.

El domingo pasado recibimos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia mientras celebramos la Solemnidad de Pentecostés, recordando su acción a través de la historia. Cuando creó el mundo, Dios Padre sopló su Espíritu sobre las aguas de la tierra y creó la vida. Luego, después de ascender al cielo, nos envió su Espíritu Santo en una forma nueva y poderosa en Pentecostés, dando a la Iglesia “poder desde lo alto” (Lucas 24, 49).

Esa misma promesa, en la forma de los dones de Espíritu Santo, está destinada a cada uno de nosotros hoy. Los Apóstoles recibieron el don de poder hablar en otras lenguas, acompañado de la señal visible de una flama sobre ellos. Sus palabras, como las de profeta Elías “abrasaba como antorcha” (Eclo 48,1) y llevaron a muchos a la fe.

La solemnidad de Pentecostés y el envío de los Apóstoles está estrechamente ligado a el tema del que escribe el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica, Gaudete et Exsultate (Regocijaos y alegraos), el tema de “Tu misión en Cristo”.

En Gaudete et Exsultate, el Papa Francisco dedica la sección “Tu misión en Cristo” a examinar cómo cada persona, al igual que San Pedro, tiene un objetivo en esta vida: ser santos. “La misión”, explica el Papa, “tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde Él. En el fondo, la santidad es vivir en unión con Él los misterios de su vida” (GE, 20).

Después de que los Apóstoles recibieron al Espíritu Santo y glorificaron a Dios en muchas lenguas, Pedro se levantó proclamando valientemente lo que Dios estaba haciendo y llamó a las miles de personas reunidas a arrepentirse y a ser bautizadas. Al hacerlo, Pedro estaba cumpliendo la misión única que Dios le había dado. Como sabemos por las Escrituras, Pedro continúo su camino único a la santidad como el primer Papa, finalmente dando su vida por la fe.

Tu camino a la santidad tendrá diferentes características, así como cada santo es único en su relación con el Señor. Puede ir desde cosas pequeñas como consolar a un niño enfermo, compartir con otros la alegría del Evangelio, o acompañar a alguien que está muriendo. Pero puedes estar seguro de que, sin importar el camino, experimentaras la muerte y la resurrección de Cristo en una manera única y personal. Seguir los pasos del Señor significa permitirle a tu corazón ser más como el de Él. Tú experimentaras “distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor”.

Este itinerario realza que cada una de nuestras vidas transmite una palabra de Dios al mundo.  “Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo” (GE, 21), enseña el Santo Padre. Durante su vida en la tierra, el corazón de Jesús se llenó del Espíritu Santo, quien lo movió y lo inspiró. Después de su Ascensión a los cielos, derramó el mismo Espíritu sobre nosotros. El espíritu hace en nosotros lo que hizo en Jesucristo. Si le permitimos, el Espíritu Santo manifestará las virtudes de Cristo en nuestros corazones y nos convertiremos en imágenes vivientes de Cristo.

Aunque esto pueda parecer imposible, el Papa Francisco nos aconseja enfocarnos en la vida de cada santo en su conjunto, “no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas” (GE, 22). Este es un punto importante para nuestra cuidadosamente diseñada era de redes sociales que promueve fachadas de perfección. La fuerza del Evangelio es la verdad de que Jesús nos ama y nos redime a pesar de conocer nuestros pecados. Uno puede ver esto en la vida de los santos en su camino a seguir a Jesús.

Nuestro mundo perdido y confundido necesita la palabra que Dios desea transmitir a través de cada una de nuestras vidas. Abran sus corazones al Espíritu Santo y recen para alcanzar un corazón receptivo y dócil, escuchen al Señor hablar a su corazón, “…para Dios todo es posible” (Mateo 19.26). Me uno al Papa Francisco en oración, Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu…” (GE, 24).