¡Llega el nuevo párroco!

Obispo Jorge Rodríguez

Es fácil simpatizar con la figura sencilla, pícara y bondadosa de “El Padrecito” personificada por Cantinflas. Es inspiradora la vida del padre Miguel Pro, quien dio su vida por Cristo. Y es problemática la figura del sacerdote en la novela “El Poder y la Gloria” de Graham Green. Pero el sacerdote ni es un personaje de película o de novela ni es necesariamente un santo de altar. Es un hombre que piensa, sufre, tiene sus altos y bajos, llora, sueña y vive su mundo emocional como los demás. Tiene la gracia sacramental de la ordenación y la vocación de ser instrumento de la salvación, pero en ningún momento deja de ser también un ser humano limitado y, desgraciadamente, también pecador.

Él llega a tu parroquia mandado por el obispo. Como todo ser humano experimenta el temor de ser rechazado, analizado y escudriñado de la coronilla a los pies por los parroquianos. “¿Me aceptaran?”, piensa. Llega con muchas ganas de servir, de hacer grande la parroquia, de enseñar la fe y celebrar los sacramentos. Eso es lo que lleva en el corazón.

El sacerdote deja tu parroquia después de haber servido en ella por varios años porque el obispo lo ha transferido a otra. Se va con el corazón lleno de tristeza porque se le pide dejar la que hasta ese día había sido su familia. Trabajó, tejió relaciones, construyó, organizó, y ahora deja todos esos años al que llega.

Esta es la dinámica de nuestra estructura parroquial: ordinariamente el sacerdote puede ser trasladado a otra parroquia después de seis años, y se le puede renovar una vez más por un total de doce años, después de los cuales debe ser trasladado. Doce años de vida juntos no se dejan así como si nada. Los motivos por los que se cambia a un sacerdote de parroquia son varios: además del término de los años, apenas indicado, hay otras razones como motivos de salud, de conveniencia para la parroquia, cuestiones personales, necesidades de la diócesis, aptitudes para un ministerio específico, e incluso situación geográfica, entre otros, que hacen conveniente o necesario un cambio anticipado.

Yo quisiera invitar a los parroquianos a abrir el corazón al que llega y a mantener en sus oraciones al que se va después de haberles servido y entregado años de su vida. Soy consciente de que los fieles también sufren la incertidumbre en relación al que llega y el dolor de despedir a un hermano y amigo.

Escribo sobre esto porque lo estoy viviendo en primera persona: yo he tenido que dejar una parroquia que amo y muchas personas que llegué a apreciar hondamente. Y sé de primera mano que mis hermanos sacerdotes Mons. Jorge De los Santos (Santo Rosario), Luis Escandón (Santa María Magdalena), Humberto Márquez (San Agustín), entre otros, también han aceptado dejar sus parroquias con sacrificio y pena. Lo sé también porque desde la Oficina del Clero, que ahora dirijo, la gente me expresa su pena, y a veces, desconcierto por el cambio.

Nuestra Iglesia es una iglesia en camino, en movimiento, que es constantemente agitada por el viento impetuoso del Espíritu: es una Iglesia misionera. Los sacerdotes son parte de esta dinámica de misión y crecimiento y son enviados por nuestro Arzobispo, sucesor de los apóstoles, y con la autoridad misma de Jesucristo, a evangelizar y dirigir las comunidades católicas de la arquidiócesis de Denver. Es oportuno saber que la asignación y cambio de párrocos pasa antes por la atenta consideración del Comité del Clero y el Comité de Decanos, buscando lo que es mejor para la parroquia y para el sacerdote, antes de someter la propuesta a la aprobación del Arzobispo.

Recibamos a nuestro nuevo párroco con fe, y despidámoslos con amor al término de su nombramiento. Ellos llegan llenos de fe y se van con el corazón lleno de amor por ustedes.

Antes de salir de la parroquia, una persona me regaló una taza con la siguiente frase: “Sacerdote: solamente porque el trabajo a tiempo completo de un súper hábil Ninja no existe todavía”. Ahí les llega, no un fabuloso Ninja que puede saltar de un lugar a otro, capaz de hacer perfectamente mil cosas al mismo tiempo, rápido como la luz; sino un hombre de Dios con muchas ganas de ayudarles a llegar al cielo y de hablarles de Jesús.

Próximamente: Cinco por ciento de luz

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Vi el eclipse total de sol desde Denver, Colorado. Wyoming, estado que limita hacia el norte, fue uno de los lugares donde se vio en un cien por ciento. Muchos viajaron allí para observar este fenómeno natural que no ocurría en este país desde hace 99 años. Por cuestiones de trabajo no pude viajar, pero me contenté con verlo desde aquí, donde la luna tapó al sol en un 95 por ciento.

Confieso que tuve la ilusión de que ese alto porcentaje fuera suficiente para ver el cielo semioscuro, para observar a los pájaros volar precipitadamente a sus nidos y escuchar luego a los gallos cantar en un insólito amanecer de medio día.

En la mañana encendí la radio donde daban las últimas indicaciones para disfrutar del eclipse. Los locutores advirtieron que la oscuridad sería mínima en Colorado, pero pensé que estaban exagerando. El punto máximo fue a las 11:47 a.m. hora local. Salimos con lentes en mano cuando se acercaba el momento. Emocionados pudimos ver cómo el brillo del sol se iba menguando con la interposición de la luna. Pero cuando esta avanzó hacia la hora pico, la luz continuaba aunque más tenue “¿Un mal cálculo de parte de los astrónomos?”, nos preguntamos. Al seguir observando el eclipse con nuestros lentes vimos que un pequeño cachito de sol se asomaba y me maravillé al ver cómo ese cinco por ciento de luz pudo iluminar tanto.

En nuestra vida también hay momentos de oscuridad donde nuestro brillo puede ser eclipsado por muchas adversidades: un fracaso, una decepción, una enfermedad, un accidente o simplemente un bajón en nuestro estado de ánimo. Sin embargo, un cachito de esperanza puede ser suficiente para impedir que caigamos en la oscuridad total ¿Y en qué puede estar representado ese pedacito de luz? En primer lugar, en Dios mismo. Ese “sol de justicia”, como lo llamó el profeta Malaquías. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien nos dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Recordemos que Jesús también nos llamó para que con su luz iluminemos la vida de los demás: “Vosotros sois la luz del mundo. (…) Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 14.16)

Ese cachito de luz lo podemos ver en su amor que se ve reflejado en las personas a quienes amamos y también en quienes están agradecidos con nosotros porque en algún momento les tendimos una mano. Lo podemos ver en nuestros buenos recuerdos, en los talentos cultivados o en las oportunidades que nos han permitido mejorar.

Nadie está libre de adversidades que pueden llegar para dar un giro a nuestra vida. Que pueden hacernos caer en un eclipse y no necesariamente de dos minutos de duración.  Pero depende de nosotros seguir viendo la luz a través de los rayos de sol que continúan asomándose, dándonos ánimo y repitiéndonos que nuestra vida tiene sentido, que el sol continúa presente dándonos luz y calor con los rayos tenues que logran asomarse en ese pequeño espacio que le dejó la luna.