Llamados a construir familia

Fue la invitación de Martín y Lizzy Valverde en la Conferencia Viviendo la Fe Católica

Con la presentación de Martín y Lizzy Valverde inició la Conferencia Viviendo la Fe Católica, que este año llevaba como lema principal “La familia y la nueva evangelización”. La conferencia se llevó a cabo el pasado 15 de marzo en el Colorado Convention Center.  Cerca de 1,500 personas participaron de ella.

Los Valverde hablaron importancia de construir la familia en torno al amor. Al respecto, Lizzy enfatizó que para lograr ser una unidad era necesario reconocer las diferencias.

“Construir unidad es darnos cuenta que en nuestras  diferencias vamos a crecer, pero es importante primero reconocer esas diferencias, sin olvidarnos que el conflicto está en el menú”, señaló la psicóloga experta en familia, añadiendo que, “Dios nos quiere enseñar a amar como nunca hemos amado, desde la pobreza, desde las diferencias, pero con Dios en el centro, eso implica mirarnos y contemplarnos tal y como somos y no como quisiéramos ser o cómo quisiéramos que el otro sea”.

Lizzy compartió al respecto que “al comienzo quería que Martín cambiara para que llenara mis expectativas, pero entendí más adelante que yo lo había escogido por una razón: el me completaba. Lo que quería era cambiarlo a mi medida, controlar”.

Por otro lado, los esposos Valverde subrayaron la necesidad e importancia de abrirse al dolor, que según indicaron, “es inevitable en la vida matrimonial”. Martín compartió el canto “ten calma, sigue adelante” enfatizando que “el amor, no es amor si no causa dolor”, mientras que Lizzy señaló que la gracia de Dios sólo puede transformarnos a través del reconocimiento del dolor. “Tenemos que descubrir nuestras heridas y Dios las puede sanar a través del amor, pero tenemos dos opciones: el control y querer que el otro sea haga a mi imagen y semejanza o la opción de amar para sanar y de poner límites”.

Finalmente los esposos invitaron a los presentes a hablar cara a cara y enfrentar sus problemas sin temor, señalando que “la relación del matrimonio es un espacio sagrado, donde se construye una intimidad y soy yo quien decido con qué construir esa intimidad”.



 

 

Próximamente: La ballena de la muerte

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La semana pasada se dieron a conocer las infelices declaraciones del supuesto autor del juego “La Ballena Azul”. Philipp Budeikin, ruso, de 22 años, expulsado de la facultad de psicología y detenido desde noviembre pasado, dijo sin mostrar ningún tipo de remordimiento: “Sí, realmente lo hice, murieron felices. Les di lo que no tienen en la vida real: calidez, comprensión y comunicación”.

Y según sus declaraciones, Budeikin se cree con el criterio de dividir a los adolescentes en dos grupos: “personas” y “residuos biodegradables”.  De incitar a los jóvenes que pertenecen al segundo grupo (según su tétrica clasificación) a quitarse la vida. “Los residuales son aquellos que no tienen ningún valor para la sociedad, sino que, al contrario, le hacen daño a esta. Yo estaba limpiando la sociedad de esas personas residuales”, comentó a la prensa.

Cincuenta retos en cincuenta días que se aprovechan de jóvenes vulnerables, (¡cuántos de nosotros lo fuimos también!) que viven quizás en alguna situación de soledad o que pasan por un momento de tristeza o confusión y que, al no hallar un sentido en su vida real, buscan refugio en el mundo virtual. Es allí donde estas mentes tan moldeables se encuentran con un juego que los atrapa, con maestros anónimos por quienes se dejan “guiar” y hacia quienes sienten temor por las amenazas que reciben en contra de sus familias si no les hacen caso.

Uno de los retos es ver por un día entero películas de terror enviadas por su “maestro” para alterar sus emociones, hacerlos más vulnerables y predisponerlos para aceptar los retos más peligrosos: cortarse la piel hasta tatuarse una ballena, pararse frente a un piso alto y finalmente lanzarse desde un edificio para morir.

Al ver este fenómeno, que al parecer también ha cobrado víctimas en Colombia, me pregunto por la situación de estos jóvenes. Quizás muchos de ellos adolecían de esa “calidez, comprensión y comunicación”. Quizás sus padres estaban demasiado ocupados y pensaron que la mejor manera de entretenerlos era llenándolos de aparatos. A lo mejor no hubo tiempo para una adecuada supervisión sobre lo que veían en las redes. Ni para un diálogo abierto sobre los peligros de navegar solos en el ciberespacio sin ningún límite.

Es normal que los adolescentes se hagan preguntas sobre el sentido de su propia vida. Que experimenten una fuerte necesidad de ser queridos y orientados. En sus mentes van gestándose los sueños que serán decisivos para el desarrollo de su vida adulta.

Necesitan sentirse valiosos (¡y lo son!) y superar retos en los que descubran sus capacidades. Pero estas inquietudes deben plantearse en el mundo real y no a maestros anónimos. Es en el seno de una buena familia, de profesores comprometidos donde encontrarán la “calidez, comprensión y comunicación” pero no aquella inventada por Budeikin sino la que ofrecen de seres humanos que buscan orientarlos en un momento que es clave, hacia una vida llena de sentido. En la que entiendan están muy lejos de ser “residuos biodegradables”.