Lion y el poder de los recuerdos

Carmen Elena Villa

“¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?”, dice un pasaje del profeta Isaías. “¡De ninguna manera!”, diría quizás Kamla Munshi, madre de Saroo Brierley, aun cuando lleve más de dos décadas sin saber de su paradero.

Basada en una historia real, esta película cuenta la historia de Saroo, un pequeño de 5 años que luego de perderse en una estación de tren, recorrer 1.200 kilómetros y llegar accidentalmente a Calcuta, es adoptado por una familia australiana. Cuando llega a la edad adulta y después de una comida con unos amigos donde había algunos de origen indio, Saroo comienza a recordar y a buscar la manera de encontrar su lugar de origen.

La fotografía de esta película logra captar y transmitir la extrema pobreza que se vive en muchas las calles y barrios de la India, así como el verdor y la majestuosidad de los paisajes de Tanzania, el nuevo hogar de Saroo. También se destaca la excelente actuación del pequeño Sunny Pawar y su desesperación al verse  extraviado, y separado de su hogar. La película logra envolver al espectador en el drama de los niños perdidos (80 mil cada año en la India) y muestra también la fortaleza que muchos de ellos tienen al sobrevivir en las calles y huir de las ocasiones de peligro a una edad tan corta.

Lion nos muestra el poder que tienen los recuerdos, aunque sean muy remotos, las imágenes que, ayudadas con los avances tecnológicos, con la astucia y los cálculos humanos pueden hacer posible el deseo de buscar su propio origen después de 25 años. Otro valor que destaca es el de la generosidad de las parejas que, ya sea por problemas de infertilidad o por opción, deciden adoptar y cambiar así la vida de miles de niños sin padres ni hogar. Una película que nos hace pensar también en la providencia de Dios, quien nos conduce por caminos misteriosos, pero infinitamente sabios.

Disponible en Netflix

Próximamente: Cinco por ciento de luz

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Vi el eclipse total de sol desde Denver, Colorado. Wyoming, estado que limita hacia el norte, fue uno de los lugares donde se vio en un cien por ciento. Muchos viajaron allí para observar este fenómeno natural que no ocurría en este país desde hace 99 años. Por cuestiones de trabajo no pude viajar, pero me contenté con verlo desde aquí, donde la luna tapó al sol en un 95 por ciento.

Confieso que tuve la ilusión de que ese alto porcentaje fuera suficiente para ver el cielo semioscuro, para observar a los pájaros volar precipitadamente a sus nidos y escuchar luego a los gallos cantar en un insólito amanecer de medio día.

En la mañana encendí la radio donde daban las últimas indicaciones para disfrutar del eclipse. Los locutores advirtieron que la oscuridad sería mínima en Colorado, pero pensé que estaban exagerando. El punto máximo fue a las 11:47 a.m. hora local. Salimos con lentes en mano cuando se acercaba el momento. Emocionados pudimos ver cómo el brillo del sol se iba menguando con la interposición de la luna. Pero cuando esta avanzó hacia la hora pico, la luz continuaba aunque más tenue “¿Un mal cálculo de parte de los astrónomos?”, nos preguntamos. Al seguir observando el eclipse con nuestros lentes vimos que un pequeño cachito de sol se asomaba y me maravillé al ver cómo ese cinco por ciento de luz pudo iluminar tanto.

En nuestra vida también hay momentos de oscuridad donde nuestro brillo puede ser eclipsado por muchas adversidades: un fracaso, una decepción, una enfermedad, un accidente o simplemente un bajón en nuestro estado de ánimo. Sin embargo, un cachito de esperanza puede ser suficiente para impedir que caigamos en la oscuridad total ¿Y en qué puede estar representado ese pedacito de luz? En primer lugar, en Dios mismo. Ese “sol de justicia”, como lo llamó el profeta Malaquías. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien nos dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Recordemos que Jesús también nos llamó para que con su luz iluminemos la vida de los demás: “Vosotros sois la luz del mundo. (…) Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 14.16)

Ese cachito de luz lo podemos ver en su amor que se ve reflejado en las personas a quienes amamos y también en quienes están agradecidos con nosotros porque en algún momento les tendimos una mano. Lo podemos ver en nuestros buenos recuerdos, en los talentos cultivados o en las oportunidades que nos han permitido mejorar.

Nadie está libre de adversidades que pueden llegar para dar un giro a nuestra vida. Que pueden hacernos caer en un eclipse y no necesariamente de dos minutos de duración.  Pero depende de nosotros seguir viendo la luz a través de los rayos de sol que continúan asomándose, dándonos ánimo y repitiéndonos que nuestra vida tiene sentido, que el sol continúa presente dándonos luz y calor con los rayos tenues que logran asomarse en ese pequeño espacio que le dejó la luna.