¿Le tienes devoción a Julia Greeley? La arquidiócesis te quiere escuchar

Denver podría tener pronto su primera santa. Se trata de Julia Greeley, una mujer laica y afroamericana que falleció el 7 de junio de 1918. Hoy ella es Sierva de Dios, lo que quiere decir que la Santa Sede ya ha concedido el “Nihil obstat” (ningún impedimento) para que se inicie la causa de su canonización, luego de que el Arzobispo Samuel Aquila y el postulador para su causa hubieran entregado un completo informe sobre su vida y virtudes.

Los restos de Julia reposan en la parte posterior izquierda de la catedral basílica Immaculate Conception de Denver.

La Congregación de las Causas de los Santos con sede en Roma, dice que para que una persona reciba el título de beato y posteriormente de santo debe gozar de “una auténtica y extendida fama de santidad” junto a una “opinión difundida entre los fieles acerca de las gracias y favores recibidos a través de la intercesión del Siervo de Dios”.

Como parte de la investigación sobre la vida y virtudes de Greeley, la arquidiócesis está recopilando documentación que atestigüe su fama de santidad y de intercesora para enviar a Roma.

Debido a que la Congregación requiere que su fama de santidad sea “espontánea y no procurada artificiosamente”, la devoción deberá haberse dado antes de la fundación de The Julia Greeley Guild (El Gremio de Julia Greeley) en el 2011, el cual procura divulgar la vida virtuosa de esta sierva de Dios y promover su intercesión.

Si tú eres devoto de Julia Greeley puedes ayudar enviando un testimonio a la arquidiócesis que detalle la devoción y los favores recibidos de esta mujer virtuosa.

¿Quién era Julia Greeley?

Greeley, la afroamericana y ex esclava del estado de Missouri que ingresó a la Iglesia Católica a finales del siglo XIX es la única persona que la Arquidiócesis de Denver ha propuesto para ser canonizada.

El 7 de junio se celebrará el centenario de la muerte de esta mujer quien fue conocida como “el ángel de caridad” de Denver y que recorrió las calles de la ciudad promoviendo la devoción al Sagrado Corazón, visitando y a ayudando a los pobres.

Su párroco, el padre Charles A. McDonnell, llegó a decir que la devota mujer vivió la caridad a un grado asombroso y que su devoción al Sagrado Corazón, a la Santa Madre y a la Eucaristía eran extraordinarios.

Greeley visitaba constantemente a los pobres y hasta mendigaba por ellos. Llegó incluso a visitarlos durante la noche en caso de que ellos se avergonzaran de recibir ayuda de una anciana de color. Era común verla cargando provisiones o carbón para dárselos a los necesitados.

Como dice su obituario: “Su caridad era tan delicada como grande… Amaba a los niños con la intensidad que se encuentra en los santos… Su admirable piedad y su constante caridad la hicieron amiga de todos”.

El obispo auxiliar de Denver monseñor Jorge Rodríguez dijo el año pasado, durante la ceremonia en que sus restos fueron trasladados desde el cementerio Mount Olivet hasta la catedral que Julia Greeley fue “incansable en su caridad y en la difusión de su fe”. Durante la exhumación de sus restos el antropólogo forense Dr. Christine Pink comprobó que Julia había sufrido de artritis en sus manos, pies y espaldas, lo cual probablemente traía un intenso dolor en sus articulaciones. Aun así esta mujer no se cansó de hacer el bien y de caminar por toda la ciudad promoviendo la devoción al Sagrado Corazón.

Por favor envía tu testimonio a David Uebbing, vice postulador de la causa de Greeley, a vicepostulator@archden.org.

 

Próximamente: El Espíritu Santo habla a través de la vida de los santos

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(Foto de dominio público)

Los apóstoles, encogidos de miedo, encerrados en el Cenáculo, esperaban hasta que la amenaza a sus vidas se hubiera calmado. Mientras se escondían, Jesús se les apareció, les dio paz y les explicó las Escrituras. Todos hemos tenido momentos en que nos hemos sentido abrumados y, así como con los Apóstoles, Jesús desea entrar en estos periodos de miedo y dificultad, fortalecernos y darnos una misión.

El domingo pasado recibimos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia mientras celebramos la Solemnidad de Pentecostés, recordando su acción a través de la historia. Cuando creó el mundo, Dios Padre sopló su Espíritu sobre las aguas de la tierra y creó la vida. Luego, después de ascender al cielo, nos envió su Espíritu Santo en una forma nueva y poderosa en Pentecostés, dando a la Iglesia “poder desde lo alto” (Lucas 24, 49).

Esa misma promesa, en la forma de los dones de Espíritu Santo, está destinada a cada uno de nosotros hoy. Los Apóstoles recibieron el don de poder hablar en otras lenguas, acompañado de la señal visible de una flama sobre ellos. Sus palabras, como las de profeta Elías “abrasaba como antorcha” (Eclo 48,1) y llevaron a muchos a la fe.

La solemnidad de Pentecostés y el envío de los Apóstoles está estrechamente ligado a el tema del que escribe el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica, Gaudete et Exsultate (Regocijaos y alegraos), el tema de “Tu misión en Cristo”.

En Gaudete et Exsultate, el Papa Francisco dedica la sección “Tu misión en Cristo” a examinar cómo cada persona, al igual que San Pedro, tiene un objetivo en esta vida: ser santos. “La misión”, explica el Papa, “tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde Él. En el fondo, la santidad es vivir en unión con Él los misterios de su vida” (GE, 20).

Después de que los Apóstoles recibieron al Espíritu Santo y glorificaron a Dios en muchas lenguas, Pedro se levantó proclamando valientemente lo que Dios estaba haciendo y llamó a las miles de personas reunidas a arrepentirse y a ser bautizadas. Al hacerlo, Pedro estaba cumpliendo la misión única que Dios le había dado. Como sabemos por las Escrituras, Pedro continúo su camino único a la santidad como el primer Papa, finalmente dando su vida por la fe.

Tu camino a la santidad tendrá diferentes características, así como cada santo es único en su relación con el Señor. Puede ir desde cosas pequeñas como consolar a un niño enfermo, compartir con otros la alegría del Evangelio, o acompañar a alguien que está muriendo. Pero puedes estar seguro de que, sin importar el camino, experimentaras la muerte y la resurrección de Cristo en una manera única y personal. Seguir los pasos del Señor significa permitirle a tu corazón ser más como el de Él. Tú experimentaras “distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor”.

Este itinerario realza que cada una de nuestras vidas transmite una palabra de Dios al mundo.  “Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo” (GE, 21), enseña el Santo Padre. Durante su vida en la tierra, el corazón de Jesús se llenó del Espíritu Santo, quien lo movió y lo inspiró. Después de su Ascensión a los cielos, derramó el mismo Espíritu sobre nosotros. El espíritu hace en nosotros lo que hizo en Jesucristo. Si le permitimos, el Espíritu Santo manifestará las virtudes de Cristo en nuestros corazones y nos convertiremos en imágenes vivientes de Cristo.

Aunque esto pueda parecer imposible, el Papa Francisco nos aconseja enfocarnos en la vida de cada santo en su conjunto, “no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas” (GE, 22). Este es un punto importante para nuestra cuidadosamente diseñada era de redes sociales que promueve fachadas de perfección. La fuerza del Evangelio es la verdad de que Jesús nos ama y nos redime a pesar de conocer nuestros pecados. Uno puede ver esto en la vida de los santos en su camino a seguir a Jesús.

Nuestro mundo perdido y confundido necesita la palabra que Dios desea transmitir a través de cada una de nuestras vidas. Abran sus corazones al Espíritu Santo y recen para alcanzar un corazón receptivo y dócil, escuchen al Señor hablar a su corazón, “…para Dios todo es posible” (Mateo 19.26). Me uno al Papa Francisco en oración, Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu…” (GE, 24).