La voz del Papa contra las “Fake news”

Carmen Elena Villa

Cada vez que veo una noticia sospechosa, generalmente “posteada” en las redes sociales, me viene a la mente la película “El fabulador” o “El precio de la verdad” (2003), basada en un hecho de la vida real del periodista Stephen Glass, quien con 23 años fue contratado en 1995 por la revista The New Republic y donde comenzó a ser apreciado por su ágil estilo para escribir y sus historias originales.

Sin embargo, su jefe, colegas y lectores comenzaron a notar algunas imprecisiones en sus escritos. No fue fácil investigar su caso. Él mismo se encubría creando páginas web que daban soporte a sus mentiras. Aún así, el editor Charles Lane indagó en las sospechas, lo enfrentó y descubrió (disculpen por contar el final) que 27 de las 41 historias escritas por él tenían un material infundado.

Obviamente el joven periodista fue despedido pues su actuar iba en contra de los principios básicos de la deontología periodística.  Su caso fue tan insólito que dio para hacer una película años después.

Hoy, fabuladores como Stephen Glass se han multiplicado para escribir falsas noticias y ponerlas a circular sin que haya modo de detener el mensaje. Muchas veces, aunque luego circule un artículo que retracte lo anterior, el lector de a pie ni se entera y registra en su mente, comenta y comparte como verdadera una noticia falsa. Es lo que se llaman las Fake news. Sus interacciones en las redes a veces superan la cifra de un millón.

El Papa Francisco (víctima él de tantas Fake News) se pronunció sobre este fenómeno en el reciente mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Esta jornada se realiza desde 1967 y el 24 de enero de cada año (día de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas) y el Papa publica el mensaje que guiará esta reflexión.

Esta vez se refirió a las Fake news como “capciosas, en el sentido de que son hábiles para capturar la atención de los destinatarios poniendo el acento en estereotipos y prejuicios extendidos dentro de un tejido social” las cuales suscitan fácilmente emociones como “el ansia, el desprecio, la rabia y la frustración”.

Una historia de sabiduría popular cuenta que una señora fue a confesarse de hablar mal de la gente y de atentar así contra su honra. El sacerdote le puso como penitencia desplumar una gallina y luego botar las plumas al viento. Le pidió que después recogiera una a una las plumas y las pusiera de nuevo a la gallina. La señora le dijo que eso era imposible y el sacerdote le dijo que así mismo era imposible devolverle la honra a alguien que había sido calumniado.

De la misma manera las Fake News se difunden, “de modo veloz y difícilmente manejable, no a causa de la lógica de compartir que caracteriza a las redes sociales, sino más bien por la codicia insaciable que se enciende fácilmente en el ser humano”, dice el Papa en el mensaje. Las noticias falsas emprenden así un viaje sin retorno como las plumas de la gallina.

Pero en medio del frenesí de comunicar con velocidad y calidad existe una mayor exigencia a la hora de informar: la de verificar las fuentes (no solo con recursos como Google donde las Fake News siguen circulando y comártiéndose) y recordar que “en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas”, dijo el Papa en su mensaje.

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Las malas noticias, como la del tiroteo en la escuela Marjory Stoneman Douglas de Parkland en Florida el pasado 14 de febrero, siempre traen historias de humanidad, heroísmo, acciones rápidas y solidarias que sorprenden y que reflejan la bondad en algunas personas quienes en cuestión de segundos se olvidan de sí y que son capaces de dar la vida para que otros no mueran.

A veces se vuelve incluso un lugar común que, tras un tiroteo haya una o dos historias de personas que se inmolaron y que se metieron en el fuego cruzado para salvar vidas y terminaron muriendo ellos.

Y creo que, más que recursos periodísticos para seguir dándole vuelta a la misma noticia trágica y sacar, al menos algún ángulo positivo después de un acto de tanta maldad, aquí se trata de ver cómo ante el pánico que genera un repentino tiroteo, hay quien, sin pensarlo reacciona casi instintivamente para salvar vidas a costa de la propia.

Es el caso de Aaron Freis, un entrenador de futbol de 37 años y ex alumno de esta escuela secundaria. Un estudiante declaró a Fox news que Freis “Se puso en medio de un par de personas y los protegió. Las balas le cayeron a él y con seguridad salvo sus vidas”.

La portavoz del equipo de futbol Denise Lehtio dijo que “murió de la misma manera como vivió – se puso a él en un segundo lugar”, luego lo describió como “un alma noble, un buen hombre”. Hoy Freis hace parte de la lista de víctimas pero quizás esta lista hubiese sido más numerosa si él no hubiera tomado la decisión instantánea de protegerlos e inmolarse por ellos.

El profesor de geografía Scott Beigel, 35 años también murió para salvar a varios alumnos cuando, en medio del tiroteo, abrió la puerta del aula para permitir que los estudiantes que huían de las balas entrasen al salón y se protegieran. Así ocurrió. Solo que él no logró cerrar la puerta y el joven atacante Nikolas Cruz lo sorprendió y le disparó. Así Beigel terminó siendo una víctima más. “Estoy viva gracias a él”, dijo una estudiante al programa Good Morning America.

Los actos de maldad de un atacante desquiciado contrarrestan con las acciones nobles de quienes aman tanto la vida que deciden sacrificarse por ella. Son historias que conmueven, que nos hacen preguntarnos qué hubiésemos hecho en su lugar y que nos permiten ver que la verdadera humanidad se manifiesta en actos de heroísmo que están presentes no solo en las películas de ficción sino en tantas almas nobles que, después de muertos, salen del anonimato para darnos lecciones de grandeza.