La Iglesia, nuestra madre

La Iglesia es nuestra Madre, pues en su seno somos engendrados y nos da a luz como hijos de Dios. Ella nos alimenta espiritualmente, y nos ayuda a crecer para que estemos maduros para el Reino de los cielos. La Iglesia es verdaderamente nuestra madre. Una madre que nos da vida en Cristo y que nos hace vivir con los demás como hermanos y hermanas en la comunión del Espíritu Santo. En su maternidad, la Iglesia tiene como modelo a la Virgen María, el modelo más bello y más alto que pueda uno tener.

La Iglesia, en la fecundidad del Espíritu, continúa generando nuevos hijos en Cristo, siempre en la escucha de la Palabra de Dios y en la docilidad a su diseño de amor. La Iglesia es madre. El nacimiento de Jesús en el seno de María, es el preludio del nacimiento de todo cristiano en el seno de la Iglesia, desde el momento que Cristo es el primogénito de una multitud de hermanos. El primer hermano es Jesús, nació de María, es el modelo y todos los demás hemos nacido de la Iglesia.

Comprendemos, entonces, que la relación que une a María y a la Iglesia es muy profunda: mirando a María, descubrimos los rostros más bellos y tiernos de la Iglesia; mirando a la Iglesia reconocemos las características sublimes de María. Los cristianos no somos huérfanos, tenemos a una madre, tenemos a nuestra madre. La Iglesia es madre, María es madre.

La Iglesia es nuestra madre porque nos ha dado a luz en el Bautismo. Cada vez que un niño es bautizado, se convierte en hijo de la Iglesia. Y desde aquel día, como mamá cuidadosa, nos hace crecer en la fe y nos indica, con la fuerza de la Palabra de Dios, el camino de la salvación, defendiéndonos del mal.

En sus cuidados maternos, la Iglesia se esfuerza en mostrar a los creyentes el camino que hay que recorrer para vivir una existencia fecunda de alegría y de paz. Iluminados con la luz del Evangelio y sostenidos por la gracia de los Sacramentos, especialmente por la Eucaristía, podemos orientar nuestras elecciones al bien y atravesar con valentía y esperanza los momentos de oscuridad y los senderos más tortuosos que existen. La Iglesia tiene la valentía de una madre que sabe defender a sus propios hijos de los peligros que derivan de la presencia de Satanás en el mundo, para llevarnos al encuentro con Jesús.

Una madre siempre defiende a sus hijos. Esta defensa consiste también en la exhortación a estar vigilantes contra el engaño y la seducción del maligno. Porque, aunque Dios ha vencido a Satanás, él vuelve siempre con sus tentaciones. Lo sabemos todos nosotros. Hemos sido tentados, somos tentados. Resistir con los consejos de la madre, resistir con la ayuda de la madre Iglesia. Como buena madre siempre acompaña a sus hijos en los momentos difíciles. La Iglesia es nuestra Madre que procura nuestro bien, no sólo en esta vida, sino también en la otra.

El Bautismo es una especie de nuevo nacimiento. Por el Bautismo nos convertimos en hijos de Dios, de forma semejante a Jesús, que es el Hijo único y eterno de Dios. Por el Bautismo hemos recibido la salvación. Por el Bautismo entramos a formar parte de la Iglesia. Por el Bautismo recibimos también el Espíritu Santo, que habita en nosotros como en un templo, y es por medio de la Iglesia que recibimos el Bautismo, y este es el nacimiento nuevo y definitivo, es en el Bautismo que la Iglesia da a luz a sus nuevos hijos.

Hoy debemos rezar por nuestra Madre la Iglesia, porque la Iglesia es atacada por sus enemigos; y ya que nuestra Madre defiende a sus hijos, así los hijos debemos cuidar y defender a nuestra Madre.

 

Próximamente: Andrea Polito, virgen consagrada, esposa de Cristo

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Durante el Viernes Santo del año 2012, viendo la película “La pasión de Cristo”, Andrea Polito contempló la imagen de María Magdalena al pie de la cruz acompañando a Jesús durante su agonía y muerte. Delante del Señor sufriente le preguntó: ¿qué quieres de mí? Así sintió el llamado a dejarlo todo y seguirlo, para ser la esposa de Cristo ¿Vida religiosa? fue la siguiente pregunta. Andrea, quien es enfermera de profesión y amante de su trabajo, le comentó estas inquietudes a su director espiritual el padre John Nepil. “Le describí todos los deseos que tenía en mi corazón, que quería seguir viviendo en el mundo y siendo a la vez la esposa de Cristo”. El sacerdote le presentó un camino para hacer vida ese deseo. Una vocación, hasta ese momento desconocida para ella: la de ser de virgen consagrada.

Foto de Joshua Paul Photography. Andrea Polito, postrada en el suelo en símbolo de humildad y súplica mientras los fieles recitaban el rezo de las letanías de los santos.

Andrea comenzó con un tiempo fuerte de estudio y oración y así esclareció sus dudas y tuvo la confirmación de que Dios la llamaba a seguirlo en este camino.

La consagración de una virgen es uno de los sacramentales más antiguos en la Iglesia y el cual ha resurgido después del Concilio Vaticano II. En la Iglesia primitiva, antes de que existieran las órdenes religiosas, muchas mujeres consagraban su virginidad al Señor para dedicarse a tiempo completo a la evangelización.

Vive en medio del mundo, en unión íntima con Dios, ofreciendo el don de su virginidad física a Cristo como signo de la donación total de su vida entera a Él. No se le dice “hermana”, viste de manera seglar, recatada, le debe obediencia al obispo local y lleva un anillo como símbolo de este compromiso.

Foto de Joshua Paul Photography. Andrea recibiendo de manos del arzobispo la Liturgia de las Horas, como símbolo de su unión a la Iglesia en oración por el bien del mundo.

Polito realizó su consagración el pasado 22 de julio, fiesta de su santa amiga María Magdalena, en la Catedral Basílica Immaculate Conception de Denver, en una ceremonia presidida por el arzobispo Samuel Aquila y en la que concelebraron más de 20 sacerdotes.

El Arzobispo recordó en su homilía que fue compañero de escuela del padre de Andrea hace 50 años. Destacó cómo su vocación es un testimonio en este mundo y este tiempo que una mujer opte por ser “virgen, esposa y madre” y puso como ejemplo a María Magdalena, la primera mujer en encontrar a Cristo resucitado y a quien le tenía un amor muy profundo.

La nueva virgen consagrada tiene 31 años, es original de San Diego, California. Vive en Denver desde el año 2010.  Es la menor de cinco hijos y creció en una familia católica. Confiesa que tuvo un momento de conversión durante su tiempo en High School. Luego estudió enfermería en la Franciscan University en Steubenville, Ohio. Siempre con el deseo de servir a Cristo por medio de las personas enfermas.

Hoy trabaja en un hospital de niños con cáncer y problemas en la sangre. Su misión consiste en acompañarlos y estar cercana a sus familias. Así logra ser fermento de la masa en medio del mundo.

Después de su consagración Polito se descubre muy unida a Cristo, su esposo, en la misión que Él la llama. “Como María Magdalena, apoyar a los sacerdotes, también a los apóstoles, ser un testimonio para ellos y orar por ellos. En esta arquidiócesis estamos especialmente bendecidos con sacerdotes muy buenos (también con los obispos) quiero estar cerca de ellos. Su misión es también la misión de la Iglesia”. Hoy Andrea asegura que desde que encontró su vocación (hace 5 años) su deseo de Dios “se ha cumplido más que en los 26 años precedentes”.