La felicidad matrimonial tiene un precio

Escritor Invitado

Por: Ángela Marulanda

En el pasado, cuando la vida se regía por principios y creencias y no por la conveniencia personal, el matrimonio era un estado en virtud del cual las partes se comprometían de por vida con su cónyuge a formar un hogar para sus hijos. Pero parece que el constante bombardeo publicitario anunciando las delicias que nos ofrecen los avances tecnológicos, nos ha llevado a concluir que lo importante es vivir en un estado de gratificación constante y, por lo tanto, la estabilidad matrimonial está condicionada a que vivamos dichosos. Así, el matrimonio se asume como una institución ideada para contar con una pareja por el tiempo que nos agrade vivir con ella.

Como consecuencia de lo anterior, hoy se toman como oportunidades lo que realmente son tentaciones y como necesidades lo que son solo deseos, y estos se anteponen a cualquier obligación que hayamos adquirido en virtud del matrimonio. Si bien es cierto que no debemos olvidarnos de nosotros mismos y vivir exclusivamente en función de nuestro cónyuge e hijos, el compromiso adquirido con la familia nos exige luchar por encontrar nuestra felicidad y realización dentro de esta condición y como parte activa de la familia que encabezamos.

Lo fundamental para disfrutar el compromiso matrimonial es decidirnos a cultivar el amor conyugal. La claridad que emana de un amor sólido y generoso es la que nos da la sabiduría para encontrar el punto medio entre renunciar a ser uno mismo y mantener nuestra propia identidad; entre dedicarnos a la familia y realizarnos como profesionales; y entre ser padres sin dejar de ser pareja.

El amor conyugal no es un sentimiento sino ante todo una decisión que presupone el compromiso irrevocable de dedicarnos a colaborar en un proyecto de vida conjunta gracias a que caminamos, no atados pero sí unidos hacia la cima de nuestra existencia. Pocas experiencias pueden ser tan gratificantes como llegar a la cumbre de nuestra vida con la profunda satisfacción de haber logrado tener el hogar que soñamos. Es así como podremos proveerles a los hijos una familia en la que disfruten de la certeza de haber nacido como fruto de nuestro amor y que crezcan gozando de la dicha de saberse producto del profundo afecto que se profesan sus padres.

Próximamente: Lecciones de Tailandia y Croacia

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(Fotos de Getty Images y Flickr)

Dos países que no necesariamente aparecen en las primeras páginas de nuestros periódicos con frecuencia, hicieron noticia en los últimos días con su buen ejemplo y sus lecciones de humildad y hermandad.

Fue impresionante ver el rescate de los niños del equipo de fútbol “Los jabalíes salvajes”, que se quedaron atrapados en una cueva ubicada en la provincia norteña de Chiang Rai en Tailandia. Daba escalofrío solamente ver el infográfico de ese complejo sistema de cuevas y ver cómo el agua había penetrado los angostos y oscuros túneles por los que pasaron los valientes buzos. Nos conmovimos con la heroicidad de Saman Gunan, el ex buzo de las fuerzas de élite de la Armada, quien a sus 38 años falleció en medio del intento por traer con vida a los niños. También con la generosidad del doctor australiano Richard Harris quien decidió, en medio de sus vacaciones en Tailandia, unirse al requipo de rescate y salir glorioso de esta travesía para luego recibir la noticia de la muerte de su padre.

El entrenador Ake, un ex monje budista nos ha dado una lección de perseverancia y serenidad en momentos de altísima tensión. Él les enseñó a los chicos técnicas de meditación para que mantuvieran la calma y para que pudieran respirar consumiendo la menor cantidad de aire posible. Una actitud que fue fundamental para que todos salieran con vida.

La solidaridad mundial, los cientos de tailandeses que donaron víveres a las familias de los niños atrapados y la vigilia de oración realizada alrededor de la cueva sirvieron como ejemplo de hermandad, de que el refrán “La unión hace la fuerza” es mucho más que un cliché cuando se hace vida.

Y los croatas nos dejaron muchas lecciones en el mundial Rusia 2018 con su juego limpio, su espíritu de equipo, su perseverancia hasta el final del partido, (incluso en medio de las decisiones polémicas del árbitro) y su actitud de humildad y grandeza al obtener el subcampeonato. Fue conmovedor ver a la presidenta Kolinda Grabar-Kitarovic, con su camiseta puesta celebrando los dos goles y abrazando al final del partido a cada uno de los integrantes de este equipo que desafió todos los pronósticos.

Los jugadores de esta joven y sufrida nación no se atemorizaron al enfrentar a grandes rivales. Muchos quisimos ver a Croacia llevarse la Copa Mundo porque también nos hemos alegrado cuando un país (Como Francia en 1998 y España en 2010) se lleva por primera vez este trofeo a casa.

Varios de los jugadores, como Luka Modric, Dejan Lovren, Ivan Rakitic y Mario Mandzukic fueron víctimas en su infancia de la guerra de los Balcanes que terminó con la disolución de Yugoslavia en 1991. Algunos se vieron forzados a permanecer en su país. Otros pudieron huir y tuvieron que crecer lejos de su tierra. La casa de Modric fue incendiada por las fuerzas Serbias y su abuelo murió víctima de este conflicto. “La guerra me hizo más fuerte. No quisiera tener eso en mí para siempre, pero tampoco quiero olvidarlo”, comentó en una entrevista que citó la BBC.

En dos hechos y escenarios diferentes hemos aprendido que aún en circunstancias casi imposibles, se puede creer en el heroísmo, en el servicio desinteresado, en la capacidad de superación y en la humildad, una virtud tan olvidada como necesaria y que es el motor silencioso de esos actos que engrandecen la humanidad.