La felicidad matrimonial tiene un precio

Escritor Invitado

Por: Ángela Marulanda

En el pasado, cuando la vida se regía por principios y creencias y no por la conveniencia personal, el matrimonio era un estado en virtud del cual las partes se comprometían de por vida con su cónyuge a formar un hogar para sus hijos. Pero parece que el constante bombardeo publicitario anunciando las delicias que nos ofrecen los avances tecnológicos, nos ha llevado a concluir que lo importante es vivir en un estado de gratificación constante y, por lo tanto, la estabilidad matrimonial está condicionada a que vivamos dichosos. Así, el matrimonio se asume como una institución ideada para contar con una pareja por el tiempo que nos agrade vivir con ella.

Como consecuencia de lo anterior, hoy se toman como oportunidades lo que realmente son tentaciones y como necesidades lo que son solo deseos, y estos se anteponen a cualquier obligación que hayamos adquirido en virtud del matrimonio. Si bien es cierto que no debemos olvidarnos de nosotros mismos y vivir exclusivamente en función de nuestro cónyuge e hijos, el compromiso adquirido con la familia nos exige luchar por encontrar nuestra felicidad y realización dentro de esta condición y como parte activa de la familia que encabezamos.

Lo fundamental para disfrutar el compromiso matrimonial es decidirnos a cultivar el amor conyugal. La claridad que emana de un amor sólido y generoso es la que nos da la sabiduría para encontrar el punto medio entre renunciar a ser uno mismo y mantener nuestra propia identidad; entre dedicarnos a la familia y realizarnos como profesionales; y entre ser padres sin dejar de ser pareja.

El amor conyugal no es un sentimiento sino ante todo una decisión que presupone el compromiso irrevocable de dedicarnos a colaborar en un proyecto de vida conjunta gracias a que caminamos, no atados pero sí unidos hacia la cima de nuestra existencia. Pocas experiencias pueden ser tan gratificantes como llegar a la cumbre de nuestra vida con la profunda satisfacción de haber logrado tener el hogar que soñamos. Es así como podremos proveerles a los hijos una familia en la que disfruten de la certeza de haber nacido como fruto de nuestro amor y que crezcan gozando de la dicha de saberse producto del profundo afecto que se profesan sus padres.

Próximamente: El Espíritu Santo habla a través de la vida de los santos

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(Foto de dominio público)

Los apóstoles, encogidos de miedo, encerrados en el Cenáculo, esperaban hasta que la amenaza a sus vidas se hubiera calmado. Mientras se escondían, Jesús se les apareció, les dio paz y les explicó las Escrituras. Todos hemos tenido momentos en que nos hemos sentido abrumados y, así como con los Apóstoles, Jesús desea entrar en estos periodos de miedo y dificultad, fortalecernos y darnos una misión.

El domingo pasado recibimos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia mientras celebramos la Solemnidad de Pentecostés, recordando su acción a través de la historia. Cuando creó el mundo, Dios Padre sopló su Espíritu sobre las aguas de la tierra y creó la vida. Luego, después de ascender al cielo, nos envió su Espíritu Santo en una forma nueva y poderosa en Pentecostés, dando a la Iglesia “poder desde lo alto” (Lucas 24, 49).

Esa misma promesa, en la forma de los dones de Espíritu Santo, está destinada a cada uno de nosotros hoy. Los Apóstoles recibieron el don de poder hablar en otras lenguas, acompañado de la señal visible de una flama sobre ellos. Sus palabras, como las de profeta Elías “abrasaba como antorcha” (Eclo 48,1) y llevaron a muchos a la fe.

La solemnidad de Pentecostés y el envío de los Apóstoles está estrechamente ligado a el tema del que escribe el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica, Gaudete et Exsultate (Regocijaos y alegraos), el tema de “Tu misión en Cristo”.

En Gaudete et Exsultate, el Papa Francisco dedica la sección “Tu misión en Cristo” a examinar cómo cada persona, al igual que San Pedro, tiene un objetivo en esta vida: ser santos. “La misión”, explica el Papa, “tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde Él. En el fondo, la santidad es vivir en unión con Él los misterios de su vida” (GE, 20).

Después de que los Apóstoles recibieron al Espíritu Santo y glorificaron a Dios en muchas lenguas, Pedro se levantó proclamando valientemente lo que Dios estaba haciendo y llamó a las miles de personas reunidas a arrepentirse y a ser bautizadas. Al hacerlo, Pedro estaba cumpliendo la misión única que Dios le había dado. Como sabemos por las Escrituras, Pedro continúo su camino único a la santidad como el primer Papa, finalmente dando su vida por la fe.

Tu camino a la santidad tendrá diferentes características, así como cada santo es único en su relación con el Señor. Puede ir desde cosas pequeñas como consolar a un niño enfermo, compartir con otros la alegría del Evangelio, o acompañar a alguien que está muriendo. Pero puedes estar seguro de que, sin importar el camino, experimentaras la muerte y la resurrección de Cristo en una manera única y personal. Seguir los pasos del Señor significa permitirle a tu corazón ser más como el de Él. Tú experimentaras “distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor”.

Este itinerario realza que cada una de nuestras vidas transmite una palabra de Dios al mundo.  “Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo” (GE, 21), enseña el Santo Padre. Durante su vida en la tierra, el corazón de Jesús se llenó del Espíritu Santo, quien lo movió y lo inspiró. Después de su Ascensión a los cielos, derramó el mismo Espíritu sobre nosotros. El espíritu hace en nosotros lo que hizo en Jesucristo. Si le permitimos, el Espíritu Santo manifestará las virtudes de Cristo en nuestros corazones y nos convertiremos en imágenes vivientes de Cristo.

Aunque esto pueda parecer imposible, el Papa Francisco nos aconseja enfocarnos en la vida de cada santo en su conjunto, “no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas” (GE, 22). Este es un punto importante para nuestra cuidadosamente diseñada era de redes sociales que promueve fachadas de perfección. La fuerza del Evangelio es la verdad de que Jesús nos ama y nos redime a pesar de conocer nuestros pecados. Uno puede ver esto en la vida de los santos en su camino a seguir a Jesús.

Nuestro mundo perdido y confundido necesita la palabra que Dios desea transmitir a través de cada una de nuestras vidas. Abran sus corazones al Espíritu Santo y recen para alcanzar un corazón receptivo y dócil, escuchen al Señor hablar a su corazón, “…para Dios todo es posible” (Mateo 19.26). Me uno al Papa Francisco en oración, Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu…” (GE, 24).