Esposos comparten lo aprendido sobre la familia

A Lisa Jiménez y Magdaleno Flores, la asistencia al diplomado en el Ministerio de la Familia Hispana en el Centro San Juan Diego el año pasado les cambió la manera de ver el matrimonio – y especialmente su matrimonio.

“Fue un volver a abrir los ojos y ver hasta dónde Dios ha hecho una creación divina, perfecta”, comparte Lisa. Ver cómo, si se corrompe la institución familiar, hay consecuencias generacionales que durarán siglos. Comprendí la urgencia de proteger y promover la santidad del matrimonio”.

Y esa comprensión condujo a que estos esposos, que llevan 20 años de casados y tienen cinco hijos, tuvieran la iniciativa de enseñar lo aprendido en su parroquia, Saint John the Baptist en Longmont. “De cada módulo del diplomado sacamos una gran riqueza, aprendimos factores importantes para tener un matrimonio fuerte y para vencer las pruebas y salir victoriosos en Cristo Jesús”, indica Lisa.

“Aprendimos que cuando una pareja llega a buscar un tipo de ayuda espiritual o secular es porque ha estado en un promedio de siete años en problemas”, señala Lisa.  “En ese punto hay muy poco que hacer.  Nos parece importante enfocarnos en la prevención de la crisis matrimonial”.

 

¿Cómo nació esta iniciativa?

Uno de los requisitos para las parejas obtengan su grado en el diplomado de Ministerio de la Familia Hispana es desarrollar un proyecto en el que se ponga en práctica lo aprendido. Lisa y Magdaleno vieron fundamental acompañar a otras parejas para que establezcan nuevas formas de comunicación, hablen de temas prácticos en la vida matrimonial como son la salud, la nutrición, la comunicación, las finanzas “y siempre honrando el poder de Dios y de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia”, comparte Lisa.

Así hablaron con el párroco de Saint John the Baptist, el Padre Reinhold Weissbeck, le presentaron el proyecto, las herramientas y el material con el que querían trabajar y él los admitió para dar este curso.

Estos esposos buscan a otras personas expertas: un contador que les platique sobre el manejo del dinero y un psicólogo que les hable sobre la relación con los hijos adolescentes, entre otros temas.  “No nos aferramos a que éste sea nuestro proyecto y por eso buscamos invitar a otros a que nos ayuden con las charlas”, comparte Magdaleno.

 

Los frutos

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Foto de Ryan Seaman. Asistentes al curso de familia que ofrecen los esposos Lisa Jimenez y Magdaleno Flores.

Para Lisa Jiménez, las charlas sobre matrimonio ya están dando frutos: “Vemos cómo las mentes y los corazones de muchos participantes están cambiando para bien, están acercándose a la voluntad de Dios y a nuestra santa madre Iglesia”.

“Muchos matrimonios de los que van al curso no conocían lo suficiente la fe de la Iglesia. Le han ido agarrando el gusto y están bien puntuales los miércoles”, comenta Magdaleno.

Algunos de los participantes no están casados por la Iglesia y según cuenta Lisa “ya se han anotado para los cursos prematrimoniales que los lleven a santificar su unión y llevarla a la presencia de Dios.  Para mi esposo y para mí esto no tiene precio”.

Al finalizar cada clase los participantes se ven agradecidos. Algunos se acercan a Lisa y a Magdaleno para comentarles cómo hace unos meses vivían de manera diferente por ignorar o pasar por alto verdades esenciales del matrimonio o por no tener en cuenta algunos consejos para vivir mejor en pareja y en familia.

Para Lisa, este diplomado le ha permitido adquirir “herramientas invaluables de cómo ser agentes de cambio. A veces creemos que ayudar significa dar cosas tangibles, pero aquí la pobreza espiritual supera a la económica.  Muchos matrimonios están sufriendo o no saben de la gracia santificante que les da el sacramento, que es invisible pero poderosa”.

Y comparte el mejor fruto que ha dado este curso: “Vemos que los participantes están ganando en su camino a la santidad y las nuevas generaciones serán cambiadas por su decisión de santificar su matrimonio”.

 

 

Próximamente: La ballena de la muerte

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La semana pasada se dieron a conocer las infelices declaraciones del supuesto autor del juego “La Ballena Azul”. Philipp Budeikin, ruso, de 22 años, expulsado de la facultad de psicología y detenido desde noviembre pasado, dijo sin mostrar ningún tipo de remordimiento: “Sí, realmente lo hice, murieron felices. Les di lo que no tienen en la vida real: calidez, comprensión y comunicación”.

Y según sus declaraciones, Budeikin se cree con el criterio de dividir a los adolescentes en dos grupos: “personas” y “residuos biodegradables”.  De incitar a los jóvenes que pertenecen al segundo grupo (según su tétrica clasificación) a quitarse la vida. “Los residuales son aquellos que no tienen ningún valor para la sociedad, sino que, al contrario, le hacen daño a esta. Yo estaba limpiando la sociedad de esas personas residuales”, comentó a la prensa.

Cincuenta retos en cincuenta días que se aprovechan de jóvenes vulnerables, (¡cuántos de nosotros lo fuimos también!) que viven quizás en alguna situación de soledad o que pasan por un momento de tristeza o confusión y que, al no hallar un sentido en su vida real, buscan refugio en el mundo virtual. Es allí donde estas mentes tan moldeables se encuentran con un juego que los atrapa, con maestros anónimos por quienes se dejan “guiar” y hacia quienes sienten temor por las amenazas que reciben en contra de sus familias si no les hacen caso.

Uno de los retos es ver por un día entero películas de terror enviadas por su “maestro” para alterar sus emociones, hacerlos más vulnerables y predisponerlos para aceptar los retos más peligrosos: cortarse la piel hasta tatuarse una ballena, pararse frente a un piso alto y finalmente lanzarse desde un edificio para morir.

Al ver este fenómeno, que al parecer también ha cobrado víctimas en Colombia, me pregunto por la situación de estos jóvenes. Quizás muchos de ellos adolecían de esa “calidez, comprensión y comunicación”. Quizás sus padres estaban demasiado ocupados y pensaron que la mejor manera de entretenerlos era llenándolos de aparatos. A lo mejor no hubo tiempo para una adecuada supervisión sobre lo que veían en las redes. Ni para un diálogo abierto sobre los peligros de navegar solos en el ciberespacio sin ningún límite.

Es normal que los adolescentes se hagan preguntas sobre el sentido de su propia vida. Que experimenten una fuerte necesidad de ser queridos y orientados. En sus mentes van gestándose los sueños que serán decisivos para el desarrollo de su vida adulta.

Necesitan sentirse valiosos (¡y lo son!) y superar retos en los que descubran sus capacidades. Pero estas inquietudes deben plantearse en el mundo real y no a maestros anónimos. Es en el seno de una buena familia, de profesores comprometidos donde encontrarán la “calidez, comprensión y comunicación” pero no aquella inventada por Budeikin sino la que ofrecen de seres humanos que buscan orientarlos en un momento que es clave, hacia una vida llena de sentido. En la que entiendan están muy lejos de ser “residuos biodegradables”.