Entrega regalos dignos del Rey

Sé honesto. Tu corazón se encoge un poco al aproximarse la Navidad. El consumismo americano está fuera de control y deja sus consecuencias sobre esta fiesta.

Estamos en Adviento y lo que se aproxima a nosotros es una larga lista de quehaceres, múltiples viajes a centros comerciales atiborrados de gente, y la preocupación de cómo vamos a pagar todo esto.

Tal vez hay una parte de nosotros que desea que el momento de la entrega de regalos de Navidad desaparezca, para así envolver nuestras vidas en un santuario de silencio y enfocar todas nuestras energías en el verdadero sentido de la Navidad: El impenetrable y profundo misterio del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

Mientras que hay un mérito en el deseo de alejarnos de todos los bombos y platillos que rodean la Navidad, tenemos que recordar que hay un lado espiritual, y añadiría, un lado potencialmente evangélico en la entrega de regalos que no debemos pasar por alto.

Therese Mueller, autora de mediados de siglo sobre cultura católica en el hogar, tenía este sabio consejo sobre cómo aproximarnos a la entrega de regalos: “Por lo que a mí respecta sobre la entrega de regalos en Navidad, enfaticemos su verdadero sentido, generalmente tan olvidado ahora: Sobrepasados por la generosidad de Dios al darnos a su único Hijo como Redentor de la humanidad, los cristianos nos sentimos urgidos a imitar de manera limitada el gran amor de Dios y su liberalidad al difundir alegría entre nuestros parientes y amigos a través de regalos”.

Pero, añade la autora, “solo si nuestros regalos— pequeños como deben ser—están llevados por una ola de verdadera caridad, serán ellos dignos de reposar junto al pesebre, que representa el verdadero regalo, el regalo de todos los regalos, sin el cual estaríamos aun sentados en la oscuridad y en la esclavitud del Pecado”

En una nota de pie controversial, ella también sugiere a los padres que dejen de decir a sus hijos  “mentiras blancas” sobre Papá Noel, y empiecen a decirles que es “el Niño Jesús quien viene a nuestra familia con abundancia de gracia, felicidad y paz”. Pero me estoy apartando del tema.

Hay muchas maneras buenas en las que los católicos podemos recuperar la práctica de la entrega de regalos, que actualmente está enraizada en un consumismo frenético, y convertirla en un esfuerzo real de darnos a nosotros mismos de forma que imite la entrega de nuestro Padre en el cielo.

Primero, antes de poder rescatar una motivación más espiritual para la entrega de regalos, tenemos que dejar que la idea de que todo lo que tenemos proviene de nuestro Padre Celestial penetre hasta nuestros huesos. Ser agradecidos por lo que hemos recibido, y atentos a que todo lo que tenemos nos ha sido dado libremente por nuestro Dios, a quien nunca podremos pagar, pone nuestros pequeños actos de entregar regalos en perspectiva.

Segundo, no olvidemos a los pobres. Si solo damos a aquellos que pueden devolvernos el favor, o aun mejor, darnos incluso regalos más grandes de los que tenemos, no hemos aprendido bien las lecciones que Jesús trató de enseñarnos durante su corta estadía con nosotros acá en la tierra.

Al hacer tu lista de Navidad, pon a los pobres y necesitados primero. Habrás puesto un nuevo foco en tu entrega de regalos.

Tercero, entrega tu tiempo y energía. Haz de la Navidad un tiempo para llegar a aquellos a los que no has tenido la oportunidad de ver hace mucho tiempo. Crea oportunidades para reunirte con amigos, con tu familia y para pasar el tiempo con los demás.

Cuarto, evangeliza ¡Hay muchas oportunidades para recordar a tus amigos y familia sobre el amor de Dios durante la Navidad! Por ejemplo, envía saludos navideños. “Ten una Blanca Navidad” es un dicho común, sin embargo ¿No te estás perdiendo la oportunidad de evangelizar al no recordar a la gente sobre el verdadero sentido de la Navidad?

Quinto, da regalos. Los regalos son gestos genuinos de amor, estima y amistad. Y sé generoso. Asegúrate que tus regalos y las motivaciones que están detrás de ellos, sean “dignos de reposar junto al pesebre” del Rey de Reyes.

 

 

Próximamente: La ballena de la muerte

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La semana pasada se dieron a conocer las infelices declaraciones del supuesto autor del juego “La Ballena Azul”. Philipp Budeikin, ruso, de 22 años, expulsado de la facultad de psicología y detenido desde noviembre pasado, dijo sin mostrar ningún tipo de remordimiento: “Sí, realmente lo hice, murieron felices. Les di lo que no tienen en la vida real: calidez, comprensión y comunicación”.

Y según sus declaraciones, Budeikin se cree con el criterio de dividir a los adolescentes en dos grupos: “personas” y “residuos biodegradables”.  De incitar a los jóvenes que pertenecen al segundo grupo (según su tétrica clasificación) a quitarse la vida. “Los residuales son aquellos que no tienen ningún valor para la sociedad, sino que, al contrario, le hacen daño a esta. Yo estaba limpiando la sociedad de esas personas residuales”, comentó a la prensa.

Cincuenta retos en cincuenta días que se aprovechan de jóvenes vulnerables, (¡cuántos de nosotros lo fuimos también!) que viven quizás en alguna situación de soledad o que pasan por un momento de tristeza o confusión y que, al no hallar un sentido en su vida real, buscan refugio en el mundo virtual. Es allí donde estas mentes tan moldeables se encuentran con un juego que los atrapa, con maestros anónimos por quienes se dejan “guiar” y hacia quienes sienten temor por las amenazas que reciben en contra de sus familias si no les hacen caso.

Uno de los retos es ver por un día entero películas de terror enviadas por su “maestro” para alterar sus emociones, hacerlos más vulnerables y predisponerlos para aceptar los retos más peligrosos: cortarse la piel hasta tatuarse una ballena, pararse frente a un piso alto y finalmente lanzarse desde un edificio para morir.

Al ver este fenómeno, que al parecer también ha cobrado víctimas en Colombia, me pregunto por la situación de estos jóvenes. Quizás muchos de ellos adolecían de esa “calidez, comprensión y comunicación”. Quizás sus padres estaban demasiado ocupados y pensaron que la mejor manera de entretenerlos era llenándolos de aparatos. A lo mejor no hubo tiempo para una adecuada supervisión sobre lo que veían en las redes. Ni para un diálogo abierto sobre los peligros de navegar solos en el ciberespacio sin ningún límite.

Es normal que los adolescentes se hagan preguntas sobre el sentido de su propia vida. Que experimenten una fuerte necesidad de ser queridos y orientados. En sus mentes van gestándose los sueños que serán decisivos para el desarrollo de su vida adulta.

Necesitan sentirse valiosos (¡y lo son!) y superar retos en los que descubran sus capacidades. Pero estas inquietudes deben plantearse en el mundo real y no a maestros anónimos. Es en el seno de una buena familia, de profesores comprometidos donde encontrarán la “calidez, comprensión y comunicación” pero no aquella inventada por Budeikin sino la que ofrecen de seres humanos que buscan orientarlos en un momento que es clave, hacia una vida llena de sentido. En la que entiendan están muy lejos de ser “residuos biodegradables”.