El padre Echeverri ora por comunidad en Denver

Sacerdote colombiano celebró misa de sanación en misión cuaresmal en Ascension

Vladimir Mauricio-Perez

No cabía un alma más. Cientos de personas de diferentes edades se dieron paso con cruces y fotografías de seres queridos enfermos en la parroquia Ascension de Denver el pasado miércoles, 21 de marzo, para implorar su sanación y bendición durante la noche final de la misión cuaresmal con el padre Fernando Echeverri.

El sacerdote, de origen colombiano y proveniente de la Diócesis de Rockville Centre, Long Island en Nueva York, es conocido por haber presenciado la grandeza de Dios en su vida a través de una sanación milagrosa y por el hecho de que ha sido testigo de tales milagros de Dios en otras personas al orar por ellas.

Fotos de Vladimir-Mauricio Perez

“El que alguien regrese a Dios y le entregue su vida es el mayor milagro,” dijo a Denver Catholic en español. “Ya si de ahí el Señor concede la gracia de sanar físicamente, es una bendición adicional. He visto muchos testimonios de personas que se han sanado de cáncer, de diabetes y hasta personas no podían tener hijos y finalmente lo lograron… Pero el que sana es siempre Él, un sacerdote nunca podría hacerlo”.

Durante la homilía de la Misa, que marcó el final de la misión cuaresmal en esta parroquia, el sacerdote contó su testimonio, diciendo a que para Dios no estaba nadie perdido, sin importar sus vicios, enfermedades o su pasado.

El presbítero cuenta que cuando aún era seminarista, los médicos le dijeron que pronto iba a morir. Su páncreas estaba por reventar. Él recuerda haber orado: “Señor, que se haga tu santa voluntad. Tú eres el único médico que puede sanar y si tú quieres úsame como instrumento tuyo, yo entregaré mi vida al servicio de la gente y de los pobres”.

Así fue y asegura estar agradecido por el don de fe y de palabra que Dios le dio a partir de ese momento. Ahora, el Padre Echeverri viaja a otros países dando retiros, misiones, charlas y trabajando en una organización que fundó para construir casas para los pobres en la frontera de Haití, además de sus obligaciones parroquiales.

Frutos de la oración

“[Tengo] un gran gozo en mi corazón por haber sido partícipe de tan grandiosos días llenos de fe y alegría,” dice Lily Zapata, quien asistió a los tres días de misión. “Me había alejado mucho de la Iglesia por el hecho de tener un niño chiquito… pero reflexionando, me dije que iba empezar a asistir a Misa y al grupo de oración todas las semanas”.

Zapata cuenta que invitó a su hijo mayor de ocho años a la segunda noche porque el padre les había pedido llevar a sus hijos que eran rebeldes o que tenían problemas de drogas o alcohol para orar por ellos.

“Pero yo no tomo ni uso drogas,” le contestó su hijo. Pero después de una discusión, lo convenció.

Durante la oración, el padre Echeverri invitó a los hijos a tomar a sus padres de la mano. Su hijo comenzó a llorar y la empezó a abrazar y le dijo que no sabía porqué lloraba. Después su mismo hijo se ofreció a cuidar a su hermanito para que su mamá pudiera ir a la Iglesia. Ella le contestó que todos podían intentar ir juntos.

Al concluir la Misa, el padre Echeverri dio una bendición especial a los enfermos presentes y a los que estaban viendo por medio de las redes sociales (visite nuestra página de Facebook para ver el video) e hizo una procesión con el Santísimo al a través de la iglesia y el centro parroquial.

Los cientos de personas presentes alzaron fotos de familiares enfermos impresas y en sus teléfonos celulares y las cruces con los nombres de familiares escritos en ellas, hacia el Señor que pasaba entre ellos.

Al terminar, la alegría de todos los presentes si hizo palpable. Los semblantes se habían transformado y solo se veían sonrisas radiantes. Dios había actuado.

“La misión cuaresmal es la oportunidad para tener un encuentro personal con el Señor,” dijo el padre Echeverri al Denver Catholic en español. “Es para que la gente abra su corazón a Dios y a través de la Eucaristía puedan conocer más a su Iglesia”, concluyó.

 

 

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).