El legado desconocido de la Madre Cabrini, tras cien años de su muerte

El papel de la santa en la fundación de la primera comunidad católica italiana inmigrante de Denver

Vladimir Mauricio-Perez

El estado de Colorado ha declarado oficialmente el 22 de diciembre como el “Día de Santa Francis Cabrini”, conmemorando el centenario de su muerte. Aunque la mayoría de los residentes de Colorado piensan en el santuario de la madre Cabrini en Golden cuando consideran la influencia de la santa, la parroquia, Our Lady of Mount Carmel de Denver es también una joya histórica de sus obras.

Fue en Denver donde ella se convirtió en una compañera cercana del padre Mariano Felice Lepore, un joven sacerdote que determinó construir una iglesia para los inmigrantes italianos.

La madre Cabrini consideró que el trabajo más pesado en Denver y en el oeste “se reservaba para los trabajadores italianos”. Ella llegó a Colorado para traer “las santas alegrías” a los pobres inmigrantes.

La comunidad italiana y la Iglesia que la madre Cabrini ayudó a unir ha mantenido su vivaz identidad italiana desde que fue fundada en 1891 como la sociedad del Monte Carmelo.

“Somos una parroquia nacional dentro de la arquidiócesis para todos los italianos, sin importar dónde viven”, dijo el padre Hugh Guentner, párroco de Our Lady Mount of Carmel en Denver. “Recibimos alrededor de 200 feligreses en nuestras misas mensuales en italiano y muchos de los nuevos parroquianos quieren regresar a sus raíces italianas”.

El padre Lepore construyó la primera iglesia Our Lady of Mount Carmel con la ayuda de los italianos inmigrantes que vinieron del norte de Denver en el siglo XIX, en un vecindario que luego fue conocido como la “pequeña Italia” donde una modesta iglesia fue dedicada en 1894. Después de que la iglesia fue destruida por un incendio en 1898, la comunidad trabajó duramente para construir una iglesia más sólida de yeso y a prueba de fuego, la cual fue dedicada en 1904 y que todavía se mantiene.

La madre Cabrini, junto con su nuevo párroco el padre Thomas Moreschini, y Frank Damascio, un parroquiano y contratista de Denver, lideraron el Proyecto para hacer una nueva iglesia y una hermosa casa para Dios. En ella pintaron frescos italianos, trajeron esculturas de mármol desde Italia y el exterior fue transformado en el estilo de iglesias del Antiguo Continente.

La iglesia de ladrillo, con cúpulas gemelas de cobre y con una campana de mil libras llamada “Maria del Carmelina”, es un “buen ejemplo del estilo renacentista romántico” y exhibe un significado cultural de larga duración y en curso en la comunidad italo – americana de los Estados Unidos”, dice el historiador Astrid Liverman.

Pero la influencia de la santa no acaba aquí. Ella también fundó una escuela parroquial en 1902 junto con cuatro religiosas. Le enseñaron a la segunda generación de inmigrantes a leer y a escribir correctamente en inglés.

Como las familias de los estudiantes y el colegio no tenían dinero para comprar materiales escolares , las hermanas hacían que los niños practicaran con los dedos en las ventanas heladas durante el invierno. Y como no podían pagarles, les llevaban comida a las hermanas mensualmente para que no pasaran hambre.

Para este día, muchas de las actividades parroquiales continuaron a estar fuertemente influenciadas por la herencia italiana de la Iglesia, desde el bazar anual en honor a la fiesta de Nuestra Señora del Carmen en julio hasta la procesión con su imagen que recorre el vecindario.

Los colodareños ahora pueden reconocer lo que los parroquianos han sabido por generaciones. A saber que Our Lady of Mount Carmel tiene una de las “historias más importantes de inmigración, fe y de una resiliente comunidad que acogió simultáneamente las tradiciones del viejo país y las oportunidades de la nueva tierra”:

Y Santa Francisca Cabrini estuvo allí para hacer esto realidad, dejando un legado de fe, esperanza y caridad.

 

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).