El diácono permanente debe ser un servidor de Cristo

Efraín Pruneda, más conocido como Efra, fue ordenado diácono permanente el pasado 20 de junio con la catedral Immaculate Conception junto con otros diez hombres. En diálogo con El Pueblo Católico, nos contó la historia de cómo vino a Estados Unidos en busca de riquezas pero encontró el tesoro más grande: Su propia fe.

Poder, dinero, mayores comodidades. Eran las razones por las cuales Efraín Pruneda, junto con su esposa Lilian, vinieron desde Toluca – México a Estados Unidos. “Nunca fui un católico muy devoto, para ser honesto”, comparte Efra. “Seguí la corriente de ir a misa cuando los demás iban y no tenía un buen sentido de por qué las cosas eran como eran en la Iglesia”, confiesa.

Pero la llegada a este país les produjo, además del típico choque cultural, la sorpresa de él y su esposa no se conocían bien. “Aquí no teníamos ni amigos ni familiares. Solo la gente que me contrató. Entonces nos encontramos solos, casi como extraños mi esposa y yo”, reconoce el nuevo diácono.

“Fueron meses difíciles de ajustarse a una nueva cultura y al idioma. Después de ir a varias parroquias, un día fuimos a Queen of Peace y nos sentimos como si hubiésemos estado de regreso a México”, comenta.

“La gente fue muy amable y nos habló en nuestro idioma. Estábamos muy a gusto, pero lo más importante, ahí conocí al padre Juan Toepfer.  Sus homilías me llegaron al corazón. Me encontré con un profundo deseo de regresar a misa el domingo siguiente. Fue la primera vez que me sentí así”, cuenta Efra.

 

Primeros pasos de conversión

Así los esposos Pruneda se volvieron colaboradores de varios ministerios de la Iglesia. Comenzaron a animar como pareja equipo los retiros del Encuentro Matrimonial en español. Efra decidió estudiar en la Escuela Bíblica para conocer más su fe. Y cuenta cómo gracias a esto pudo encontrarse con “la profundidad y riqueza de la Sagradas Escrituras y cómo Dios nos ha llevado de la mano desde que nos creó a través de la historia de la salvación hasta la venida de su Hijo.  Fue una revelación impresionante para mí”.

Efraín está casado tiene tres hijos y una nuera: Efraín, de 28 años, Eduardo de 25, casado con Jill, y Ricardo de 19. Y compartió que su hijo mayor, cuando era adolescente, asistió a un retiro y llegó “enamorado del Señor”. Al punto que en la preparatoria, que era pública, le pidieron exponer sobre un tema libre. Él escogió la crucifixión de Cristo. El profesor llamó a sus padres para decirles que, aunque no era creyente, estaba sorprendido de la convicción con la que hablaba su hijo. “Yo pensaba que tenía una fe más o menos fuerte, pero me di cuenta de que no estaba haciendo nada para Dios, mientras que mi hijo se atrevió a hablar de Cristo en una escuela pública, exponiéndose a la posibilidad de ser ridiculizado. Descubrí que tenía que hacer algo definitivo para utilizar los dones de Dios para conocerlo más y anunciarlo mejor”.

 

Camino al diaconado

“Tú serías un buen diácono”, fueron las palabras que le dijo una vez un diácono permanente y según cuenta Efra “él me puso la semillita”. Y así ingresó en el 2011 al programa de diaconado, que consistía en clases cada veinte días durante un fin de semana entero. Efra comparte que estos cursos “me maravillaron y enamoraron de lo que Dios quiere para nosotros”.

“Me llamó mucho la atención la labor que hace el diácono durante la misa, estar tan cerca del milagro de la transubstanciación para ver cómo el vino y el pan se convierten en cuerpo y sangre de Cristo”, comparte Efra conmovido. “En un momento quería ser admirado”, confiesa. “Pero ser diácono no tiene nada que ver con eso porque se trata de un ministerio de servicio, de llevar la imagen de Jesucristo el servidor, es quien lavó los pies a los apóstoles en la última cena. Fue Jesucristo quien se echó al suelo para salvar a sus apóstoles y que les dijo: “así como lo hice yo, háganlo ustedes”. Él sirve por amor y por el gran deseo de que las personas se salven y lleguen al cielo.  Ese espíritu de servicio me hizo encontrar un fuego en el corazón que yo no conocía y que me hace enardecerme por servir a los demás para llevarles este amor que Dios me ha enseñado”, concluye Efra.

¿Qué es el diácono permanente?

Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia latina ha restablecido el diaconado “como un grado propio y permanente dentro de la jerarquía” (LG 29), mientras que las Iglesias de Oriente lo habían mantenido siempre. El  diaconado permanente, que puede ser conferido a hombres casados, constituye un enriquecimiento importante para la misión de la Iglesia. En efecto, es apropiado y útil que hombres que realizan en la Iglesia un ministerio verdaderamente diaconal, ya en la vida litúrgica y pastoral, ya en las obras sociales y caritativas, “sean fortalecidos por la imposición de las manos transmitida ya desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al servicio del altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (AG 16)”. Catecismo de la Iglesia Católica 1561.

Próximamente: La ballena de la muerte

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La semana pasada se dieron a conocer las infelices declaraciones del supuesto autor del juego “La Ballena Azul”. Philipp Budeikin, ruso, de 22 años, expulsado de la facultad de psicología y detenido desde noviembre pasado, dijo sin mostrar ningún tipo de remordimiento: “Sí, realmente lo hice, murieron felices. Les di lo que no tienen en la vida real: calidez, comprensión y comunicación”.

Y según sus declaraciones, Budeikin se cree con el criterio de dividir a los adolescentes en dos grupos: “personas” y “residuos biodegradables”.  De incitar a los jóvenes que pertenecen al segundo grupo (según su tétrica clasificación) a quitarse la vida. “Los residuales son aquellos que no tienen ningún valor para la sociedad, sino que, al contrario, le hacen daño a esta. Yo estaba limpiando la sociedad de esas personas residuales”, comentó a la prensa.

Cincuenta retos en cincuenta días que se aprovechan de jóvenes vulnerables, (¡cuántos de nosotros lo fuimos también!) que viven quizás en alguna situación de soledad o que pasan por un momento de tristeza o confusión y que, al no hallar un sentido en su vida real, buscan refugio en el mundo virtual. Es allí donde estas mentes tan moldeables se encuentran con un juego que los atrapa, con maestros anónimos por quienes se dejan “guiar” y hacia quienes sienten temor por las amenazas que reciben en contra de sus familias si no les hacen caso.

Uno de los retos es ver por un día entero películas de terror enviadas por su “maestro” para alterar sus emociones, hacerlos más vulnerables y predisponerlos para aceptar los retos más peligrosos: cortarse la piel hasta tatuarse una ballena, pararse frente a un piso alto y finalmente lanzarse desde un edificio para morir.

Al ver este fenómeno, que al parecer también ha cobrado víctimas en Colombia, me pregunto por la situación de estos jóvenes. Quizás muchos de ellos adolecían de esa “calidez, comprensión y comunicación”. Quizás sus padres estaban demasiado ocupados y pensaron que la mejor manera de entretenerlos era llenándolos de aparatos. A lo mejor no hubo tiempo para una adecuada supervisión sobre lo que veían en las redes. Ni para un diálogo abierto sobre los peligros de navegar solos en el ciberespacio sin ningún límite.

Es normal que los adolescentes se hagan preguntas sobre el sentido de su propia vida. Que experimenten una fuerte necesidad de ser queridos y orientados. En sus mentes van gestándose los sueños que serán decisivos para el desarrollo de su vida adulta.

Necesitan sentirse valiosos (¡y lo son!) y superar retos en los que descubran sus capacidades. Pero estas inquietudes deben plantearse en el mundo real y no a maestros anónimos. Es en el seno de una buena familia, de profesores comprometidos donde encontrarán la “calidez, comprensión y comunicación” pero no aquella inventada por Budeikin sino la que ofrecen de seres humanos que buscan orientarlos en un momento que es clave, hacia una vida llena de sentido. En la que entiendan están muy lejos de ser “residuos biodegradables”.