¿El aborto dejó de ser grave?

Una vez una joven vino muy afligida a contarme que se había practicado un aborto años atrás. Tenía la idea de que lo que había hecho era imperdonable. No obstante, quería confesarse. La acogí y le dije que Dios miraba con bondad su corazón arrepentido, pero tuve que decirle también que no podría confesarse con cualquier sacerdote. Pese a su arrepentimiento sincero, se sentía parcialmente rechazada. Quiso desistir de esa idea. Yo llamé a un sacerdote que pudiera confesarla y así lo hizo. La chica fue recobrando la paz que durante años había perdido y se propuso a sí misma no cometer jamás un acto como este.

El Papa Francisco ha publicado, el pasado 20 de noviembre,  tras finalizar el Año de la Misericordia, (que había iniciado el 8 de diciembre de 2015) la carta apostólica “Misericordia et misera”. Un texto para leer y meditar que recoge algunas reflexiones, frutos y determinaciones luego de transcurrido este Año Santo.

En este establece, entre otras medidas, que el pecado del aborto puede ser perdonado por cualquier sacerdote. Facultad que era concedida solo a los obispos y, en algunas diócesis, a algunos sacerdotes.

La razón para ello es que el Código de Derecho Canónico indica que existen pecados –entre ellos el aborto– que además son delitos por la extremada gravedad -ya que el niño que se está asesinando no tiene cómo defenderse- y quien los comete o es cómplice de ellos cae en la pena de excomunión “latae sententiae”, es decir, “en automático”. Por ello no bastaba la absolución de un sacerdote y era necesario que interviniera un obispo u otro sacerdote habilitado para ello.

Quiero enfatizar con todas mis fuerzas que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente”, escribe el Papa en su carta apostólica luego de exponer su nueva determinación. “Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido que pide reconciliarse con el Padre. Por tanto, que cada sacerdote sea guía, apoyo y alivio a la hora de acompañar a los penitentes en este camino de reconciliación especial”, indica el Pontífice más adelante.

Ante un mundo que ha perdido la sensibilidad por la vida del no nacido el Papa, busca nuevas vías de misericordia tanto a las mujeres como a los cómplices del aborto que tengan un corazón arrepentido (que solo Dios ve) y con el propósito de no volver a hacer algo así (ambos son requisitos indispensables para que los pecados sean perdonados).

Con la nueva decisión del Papa Francisco el aborto sigue siendo considerado tan grave como siempre. Pero muchas personas, como la chica que conocí aquella vez, podrán encontrar en la Iglesia ese “hospital de campaña” que sea capaz de curar heridas y de abrir sus brazos de madre porque Jesús, como dijo el Papa al finalizar el Año de la Misericordia, “está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas”.

Artículo publicado originalmente en www.elcolombiano.com

Próximamente: La ballena de la muerte

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La semana pasada se dieron a conocer las infelices declaraciones del supuesto autor del juego “La Ballena Azul”. Philipp Budeikin, ruso, de 22 años, expulsado de la facultad de psicología y detenido desde noviembre pasado, dijo sin mostrar ningún tipo de remordimiento: “Sí, realmente lo hice, murieron felices. Les di lo que no tienen en la vida real: calidez, comprensión y comunicación”.

Y según sus declaraciones, Budeikin se cree con el criterio de dividir a los adolescentes en dos grupos: “personas” y “residuos biodegradables”.  De incitar a los jóvenes que pertenecen al segundo grupo (según su tétrica clasificación) a quitarse la vida. “Los residuales son aquellos que no tienen ningún valor para la sociedad, sino que, al contrario, le hacen daño a esta. Yo estaba limpiando la sociedad de esas personas residuales”, comentó a la prensa.

Cincuenta retos en cincuenta días que se aprovechan de jóvenes vulnerables, (¡cuántos de nosotros lo fuimos también!) que viven quizás en alguna situación de soledad o que pasan por un momento de tristeza o confusión y que, al no hallar un sentido en su vida real, buscan refugio en el mundo virtual. Es allí donde estas mentes tan moldeables se encuentran con un juego que los atrapa, con maestros anónimos por quienes se dejan “guiar” y hacia quienes sienten temor por las amenazas que reciben en contra de sus familias si no les hacen caso.

Uno de los retos es ver por un día entero películas de terror enviadas por su “maestro” para alterar sus emociones, hacerlos más vulnerables y predisponerlos para aceptar los retos más peligrosos: cortarse la piel hasta tatuarse una ballena, pararse frente a un piso alto y finalmente lanzarse desde un edificio para morir.

Al ver este fenómeno, que al parecer también ha cobrado víctimas en Colombia, me pregunto por la situación de estos jóvenes. Quizás muchos de ellos adolecían de esa “calidez, comprensión y comunicación”. Quizás sus padres estaban demasiado ocupados y pensaron que la mejor manera de entretenerlos era llenándolos de aparatos. A lo mejor no hubo tiempo para una adecuada supervisión sobre lo que veían en las redes. Ni para un diálogo abierto sobre los peligros de navegar solos en el ciberespacio sin ningún límite.

Es normal que los adolescentes se hagan preguntas sobre el sentido de su propia vida. Que experimenten una fuerte necesidad de ser queridos y orientados. En sus mentes van gestándose los sueños que serán decisivos para el desarrollo de su vida adulta.

Necesitan sentirse valiosos (¡y lo son!) y superar retos en los que descubran sus capacidades. Pero estas inquietudes deben plantearse en el mundo real y no a maestros anónimos. Es en el seno de una buena familia, de profesores comprometidos donde encontrarán la “calidez, comprensión y comunicación” pero no aquella inventada por Budeikin sino la que ofrecen de seres humanos que buscan orientarlos en un momento que es clave, hacia una vida llena de sentido. En la que entiendan están muy lejos de ser “residuos biodegradables”.