Divina Misericordia, una devoción que une culturas

Carmen Elena Villa

“¡Qué bien se siente cuando nos juntamos como hermanos!”, dijo en su homilía el padre Benito Herández, párroco de Our Lady of Guadalupe, el pasado domingo, cuando se celebró la fiesta de la Divina Misericordia, con la tradicional procesión que va desde la parroquia Saint Joseph the Polish hasta el santuario guadalupano en pleno corazón de Denver.

Los fieles caminaron dos millas cantando en español, polaco e inglés, rezando la Coronilla de la Divina Misericordia en los tres idiomas y dando testimonio en las calles de esta devoción que comenzó en Polonia, tras las apariciones de Jesús a Santa Faustina Kowalska, quien dejó escritas en su diario sus experiencias místicas. Esta celebración fue instituida por San Juan Pablo II en el año 2002.

El sol primaveral, típico de estas fechas acompañó la procesión en la que participaron varios polacos con sus trajes típicos y recordando sus raíces culturales y religiosas.

El padre Stanislaw Michalek, SChr párroco de Saint Joseph the Polish, destacó la idea de esta procesión, así como el hecho de ir “a las calles y manifestar la alegría. Jesús en el diario de Sor Faustina nos habla acerca de la llama, dejemos que la llama arda en nuestros corazones y que seamos testigos de la misericordia y la caridad de Dios”.

Denver Catholic habló con algunos fieles durante la procesión. Entre ellos se encontraba Ofelia Sotela, quien destacó cómo “el Señor es misericordioso, él nos ayuda, nos hace ser humildes”.

También entrevistamos a Daniam, un fiel de origen polaco quien ha estado varias veces en el santuario de la Divina Misericordia en Cracovia. “La capilla de la Divina Miserocirdia es como estar frente a la obra “La piedad” de Miguel Angel. Esta oración es, quizás lo que dijo María cuando recibió el cuerpo de su hijo: ‘Padre eterno te ofrezco el cuerpo, el alma y la divinidad…’”, indicó.

La Misa se celebró en español, inglés y polaco uniendo así tres culturas en una misma devoción. Durante la comunión los fieles entonaron las notas de la célebre canción “Pescador de hombres”, que tanto le gustaba a San Juan Pablo II y lo hicieron también en las tres lenguas. Al finalizar la Misa se realizó una exposición al Santísimo Sacramento y cantaron la Corinilla de la Divina Misericordia de nuevo en los tres idiomas. Luego los fieles pudieron venerar las reliquias de San Juan Pablo II y Santa Faustina Kowalska y pidieron a ambos su intercesión ante Dios.

El evento finalizó con un almuerzo en el que los participantes degustaron platos mexicanos y dulces polacos.

La fiesta de la Divina Misericordia fue una oportunidad para que las diferentes culturas se encuentren, para que confraternicen y se unan en una devoción que comenzó en Polonia y cuya llama ha inflamado los corazones de centenares de miles de fieles alrededor del mundo, quienes han sabido acoger el poder curativo del perdón de Cristo. “Pidámosle a la Divina Misericordia que siga llenando nuestros corazones de esa llama, de ese amor que Cristo nos trajo y que nunca se apague en nuestra vida”, concluyó el padre Hernández.

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).