Dios habla en el silencio

Escritor Invitado

Por: Jared Staudt, PhD*

En el mundo católico este ha sido un año de silencio. Martin Scorsese logró dirigir la adaptación cinematográfica a la novela Silencio de Shusaku Endo. El libro cuenta la historia de dos jesuitas jóvenes en Japón que están buscando su perdido mentor, ya que se rumoreaba que había abandonado la fe. Japón experimentaba un número masivo de martirios dado a que el emperador prohibió la religión establecida en 1587, pues el catolicismo estaba ganando muchos conversos. La novela se pregunta: “¿Por qué Dios permanece callado ante esta persecución?”. Endo escribe: “Detrás del silencio deprimente de este mar, el silencio de Dios… el sentimiento de que, mientras los hombres alzan sus voces en angustia, Dios permanece con los brazos cruzados, en silencio”.

Es una pregunta que mucha gente se hace: ¿Por qué Dios está en silencio?

Este año vimos también el segundo libro – entrevista del cardenal Robert Sarah: “La fuerza del silencio: Contra la dictadura del ruido”.

El cardenal Sarah, originario de República de Guinea, África, es el Prefecto para la Congregación del Culto Divino y la disciplina de los sacramentos.

Junto con la película de Scorsese, su libro hace una significativa contribución. Dios está en silencio porque, nos dice el cardenal Sarah, el silencio es el lenguaje de Dios. Generalmente pensamos que el silencio es un signo de ausencia o de impotencia, pero Sarah nos señala una realidad mucho más profunda. “En el corazón del hombre existe un silencio innato, pues Dios habita en lo más íntimo de cada persona. Dios es silencio y ese silencio divino habita en el hombre. En Dios estamos inseparablemente unidos al silencio… Dios nos sostiene y si guardamos silencio viviremos con Él en todo momento. Nada nos permitirá descubrir mejor a Dios que su silencio grabado en el centro de nuestro ser. ¿Cómo vamos a encontrar a Dios si no cultivamos ese silencio?”

Sarah también señala que hoy estamos haciendo que Dios permanezca en silencio. Aunque muchos todavía se preguntan por qué Dios está en silencio en medio del sufrimiento, son muchos más quienes ni siquiera piensan en ello. Están muy ocupados, atrapados en el ruido y la atracción que ofrecen las nuevas tecnologías. Sarah nos llama al desierto con Cristo para escuchar la voz de Dios de nuevo. Nuestros problemas no necesariamente se resuelven con soluciones claras y verbales. Es una voz que habla en el corazón, hablando un lenguaje que supera las palabras y que da respuestas más allá de nuestro deseo de soluciones fáciles.

Los primeros dos capítulos explican los puntos fundamentales en los cuales Dios habla en silencio y, sin embargo, el ruido satura nuestras vidas. El tercer capítulo establece que necesitamos del silencio para entrar en la oración y en la liturgia, porque el silencio expresa el misterio de manera más profunda que las palabras. El cuarto capítulo habla de la cuestión del silencio de Dios ante el sufrimiento planteado por Endo.

El ser humano no puede entender el mal, porque es irracional, sino que debe responder en oración con Cristo en la Cruz que lo abrazó todo. El último capítulo consiste en una conversación con un maestro del silencio: El padre general de la orden de los cartujos Dom Dysmas de Lassus.

El Papa emérito Benedicto XVI escribió el prefacio para la edición alemana del libro diciendo: “El cardenal Sarah es un maestro espiritual, que habla desde las profundidades del silencio con el Señor, desde su unión íntima con Él, por lo que realmente tiene algo que decir para cada uno de nosotros”. La fuerza del silencio revela el fundamento espiritual de la obra litúrgica del cardenal y de la necesidad que tenemos todos nosotros de entrar más profundamente en adoración a través de la participación silenciosa en la ofrenda de Cristo de sí mismo al Padre.

En líneas generales, el libro proporciona una visión realista oportuna y necesaria.

Ante la afirmación de Endo de que “El silencio de Dios era algo que no podría entender” el cardenal Sarah responde que el silencio es la manera como Dios habla solo si nosotros escuchamos.

Traducido del original en inglés por Carmen Elena Villa

  • Jared Staudt es especialista en formación catequética y trabaja en la oficina de evangelización de la Arquidiócesis de Denver.

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).