Después del Año de la Misericordia

Carmen Elena Villa

Finalizó el Año de la Misericordia el pasado 20 de noviembre con la clausura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro en Roma. Y en comunión con la Iglesia universal, aquí en Denver también el arzobispo Aquila celebró una Misa de conclusión de este Año Santo.

Pero ¿significa esto que los fieles recibirán ahora menos misericordia de parte de Dios Padre? ¡Para nada! “La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia”, señaló el Papa Francisco. Por ello, al clausurar el Año Jubilar el Pontífice nos regaló como documento la carta apostólica “Misericordia et misera”, (misericordia y miseria), publicada el pasado 21 de noviembre. Un texto para leer, rezar y meditar y que recoge algunas reflexiones, frutos y determinaciones luego de transcurrido este Año Santo.

La misericordia no es un asunto nuevo en la Iglesia. Francisco nos recuerda en su carta apostólica cómo algunas oraciones de la Misa están llenas de elementos de la misericordia: “No tengas en cuenta nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia”, que dice el sacerdote luego de la oración del Padrenuestro, es solo una de ellas. En “Misericordia et misera” el Papa nos hace ver cómo la historia de la salvación, a pesar de la infidelidad del Pueblo de Israel, está llena de la misericordia de Dios Padre quien los perdona y los bendice una y otra vez.

El Santo Padre evalúa, lleno de gratitud, los frutos que ha dejado este Año Santo en muchos fieles. Uno de ellos fue el establecimiento de los Misioneros de la Misericordia. Se trata de un grupo de sacerdotes de todo el mundo que han tenido la facultad de perdonar pecados graves y cuya absolución estaba reservada a la Sede Apostólica. Estos pecados son: la profanación de la Eucaristía, uso de la fuerza física contra el Santo Padre, la absolución de un sacerdote a un cómplice en un pecado suyo contra el sexto mandamiento, el cisma y la violación del secreto de confesión. “Su acción pastoral (de estos misioneros) ha querido evidenciar que Dios no pone ningún límite a cuantos lo buscan con corazón contrito, porque sale al encuentro de todos, como un Padre”, dice el Papa. Por ello anunció que su misión se prolongará más allá de este Año Santo y hasta nueva orden.

También dejado de manera permanente la potestad de todos los sacerdotes del mundo para absolver el pecado del aborto (facultad que era concedida solo a los obispos y, en algunas diócesis, también a los párrocos). Esto no quiere decir que el aborto haya dejado de ser un pecado grave. Indica más bien que Dios, quien lo perdona todo, acoge con amor a aquellas mujeres arrepentidas que, por diversas circunstancias, han acabado con la vida de sus pequeños hijos no nacidos. Y acoge también a todos los hombres y mujeres cómplices que hayan tomado conciencia de la gravedad de este pecado y que se acerquen al confesionario con un corazón contrito.   El Papa también quiere prolongar la validez que durante este año ha dado a la absolución de los pecados impartida por los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X (una sociedad internacional de carácter cismático iniciada por el obispo Marcel Lefebvre en 1970 compuesta por sacerdotes y obispos ordenados ilegítimamente, sin el nombramiento del Papa).

Como fruto de este Año Santo el Papa invita a continuar participando en las obras de misericordia luego de haber compartido, durante los llamados “viernes de misericordia”, a tantos grupos que se dedican de diferente manera de transmitir la caridad de Cristo. No podemos pues quedarnos inmóviles, como lo dijo el Santo Padre, pues estas obras tienen un carácter social y más en estos tiempos de rupturas.

El Papa pidió también que se dedique un domingo al año a las Sagradas Escrituras con iniciativas creativas como el rezo de la letcio divina “para comprender la inagotable riqueza que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo”. Y estableció que el XXXIII domingo de Tiempo Ordinario (que vendría a ser el segundo o tercer domingo de noviembre) se celebrará la Jornada Mundial de los Pobres “con la que se renueve el rostro de la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de la misericordia”.

La Puerta Santa se ha cerrado como símbolo de que el Año Santo ha concluido pero la misericordia de Dios permanece como María misma lo dice en el cántico del Magnificat “de generación en generación”. Acojamos las gracias recibidas en el año que pasó y abramos nuestros corazones para darle paso a la acción de Dios que con su misericordia sana nuestros pecados y, como dice el salmo 50, hace que nuestra alma quede “más blanca que la nieve”.

Próximamente: Memorias de la hermana Lucía

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Este libro es ideal para que los fieles preparen su corazón para la consagración de la Arquidiócesis de Denver al Inmaculado Corazón de María el próximo 13 de octubre. Está escrito por la mayor de los tres pastorcitos de Fátima: Lucía dos Santos, quien además fue la que vivió por muchos años más después de las apariciones. Mientras que Jacinta y Francisco Marto murieron a muy temprana edad (en 1920 y 1919 respectivamente), Lucía falleció en el año 2005 a los 98 años en el monasterio de Coimbra de las Carmelitas descalzas en Portugal.

La hermana Lucía, al escribir sus memorias, fue obediente a la petición de la Virgen de Fátima cuando le dijo que ella se quedaría viviendo más años en la tierra para “hacerme conocer y amar”. Lucía nos cuenta cómo vivieron los pastorcitos las cinco apariciones marianas y las apariciones previas del ángel de la luz. Nos deja ver detalles de la vida cotidiana como el gusto de Jacinta por el baile. También nos revela el drama que vivieron los pastorcitos cuando ni sus padres, ni el párroco de Fátima creyeron lo que ellos les contaron acerca de sus encuentros con la Virgen. “¿Cómo he de decir que no vi si yo sí vi?” era la sencilla pregunta que se hacía Lucía cuando tanto ella como sus dos primos fueron tildados como mentirosos e incluso llevados presos a Oruém aquel 13 de agosto de 1917. Pese a las amenazas, los niños se mantuvieron firmes a la verdad: sus encuentros reales con la Virgen María en Cova de Iría. Los escritos de la hermana Lucía nos muestran cómo estos pequeños fueron entendiendo las verdades teológicas y las realidades sobrenaturales y cómo comenzaron a realizar ofrecimientos por los pecadores, al ver lo mucho que iban a padecer en el infierno.

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