De Santo Domingo a Denver por voluntad de Dios

Carmen Elena Villa

Los diáconos Ángel Pérez y Roberto Rodríguez son originarios de Santo Domingo, República Dominicana. Ambos recibieron su formación en el seminario misionero Redemptoris Mater de Denver y ambos fueron ordenados diáconos transitorios el pasado 25 de febrero en la catedral basílica Immaculate Conception de Denver junto con otros dos jóvenes (Darric Leier y Tomislav Tomic). Ellos se conocieron aquí cuando ingresaron al seminario y se sorprendieron al ver que un compatriota suyo sería su compañero de formación sacerdotal. Ángel y Roberto compartieron con Denver Catholic en Español la historia de su vocación.

 

Dios lo buscó y lo encontró

Cuando Ángel nació sus padres no tenían intención de bautizarlo, ya que ni siquiera ellos mismos habían recibido este sacramento. Sin embargo, por insistencia de su madrina, el pequeño Ángel fue bautizado, pero creció alejado de la Iglesia. Cuando tenía 14 años un grupo de misioneros tocó la puerta de su casa. Querían invitarle a él y a su familia a una catequesis del Camino Neocatecumenal. Así comenzó un itinerario de fe, que fue interrumpido unos años más tarde por fuertes tentaciones y dudas que Ángel experimentó sobre la existencia de Dios. Pero un día su madre (quien después fue bautizada) lo convenció de regresar y juntos fueron a una catequesis: “La señora que estaba predicando describía la situación por la que yo estaba pasando: depresión, vida sin sentido. Ella nos preguntaba: ´¿Por qué le das la espalda a Dios? ¿Si Dios lo único que Él quiere es que sea feliz? ¡Date la vuelta!´”, narra Ángel.

En 2008, Ángel participó en una peregrinación a Nicaragua, al encuentro de jóvenes con Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal y allí sintió que Dios lo llamaba a ser sacerdote. Le asignaron el seminario Redemptoris Mater de Denver como su lugar de formación. Llegó en enero de 2011, luego de haber hecho una experiencia previa de dos años en el seminario de su ciudad natal.

“Al principio me costaba mucho obedecer. Pero Dios me agarró de los pocos pelos que tengo y me sostuvo a través de los formadores, de su palabra que me daba ánimo y fuerzas para seguir”, comentó Ángel.

Estuvo unos meses de misiones en la ciudad de Brockton, al sur de Boston.  “Todos los sábados rezábamos laudes en la calle con la guitarra, aunque estuviera nevando”, recuerda el diácono.

Luego Ángel fue de misiones a Hawái y Pennsylvania y reconoce cómo en esos años descubrió  “que Dios me conoce, que quiere que yo sea feliz. El a mí no me interesaba, pero yo sí le interesaba a Él”.

 

De abogado a sacerdote

Por su parte el diácono Roberto Rodríguez confiesa que solo iba a Misa una vez al año “en domingo de Ramos” para luego irse el resto de la Semana Santa a la playa o al campo. Su meta era hacer una carrera, hacer dinero, casarse y tener hijos. Se graduó como abogado en el año 2003 y trabajó por cinco años hasta que alguien lo invitó a tomarse en serio la fe. “Y comencé a ir a Misa todos los domingos”. Recuerda cómo el testimonio de un sacerdote, el padre David Iñiguez, español, lo edificó mucho. “Yo duraba cinco minutos confesándome y él, 40 minutos conversando conmigo. Yo, que soy abogado, cobraba por hora cada consulta.  Dios me mostró que Él tiene el tiempo para mí y ¡gratis!”

En 2007 en un encuentro de jóvenes del Camino Neocatecumenal en preparación para la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney 2008, descubrió que Dios lo llamaba a ser sacerdote. En un momento Roberto le pidió a Jesús que enviara más “obreros a su mies” pero resultó que “¡Él quería que yo fuera el obrero!” admite el diácono. De allí empezó un proceso de discernimiento y de confirmación de su llamado. Los catequistas le preguntaron: “¿Estarías dispuesto a ir donde el Señor te envíe?” Él dijo que sí y su lugar de destino fue Denver.

“Antes de ingresar al seminario decidía a qué hora salir y entrar, y mi casa parecía un hotel. En el seminario somos una familia, comemos juntos, oramos primero”, describe el diácono.

 

Listos para servir

Durante este último tramo antes de la ordenación sacerdotal, Ángel servirá en la parroquia St. John the Baptist, en Johnstown y Roberto en St. Anthony of Padua, en Denver. Ambos miran su vocación con gratitud y guardan en el corazón las palabras de la homilía del arzobispo Samuel Aquila en el día de su ordenación diaconal: “Ustedes son enviados al mundo por Jesús para que den sus vidas, así como Él dio su vida”.

 

Próximamente: Cinco por ciento de luz

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Vi el eclipse total de sol desde Denver, Colorado. Wyoming, estado que limita hacia el norte, fue uno de los lugares donde se vio en un cien por ciento. Muchos viajaron allí para observar este fenómeno natural que no ocurría en este país desde hace 99 años. Por cuestiones de trabajo no pude viajar, pero me contenté con verlo desde aquí, donde la luna tapó al sol en un 95 por ciento.

Confieso que tuve la ilusión de que ese alto porcentaje fuera suficiente para ver el cielo semioscuro, para observar a los pájaros volar precipitadamente a sus nidos y escuchar luego a los gallos cantar en un insólito amanecer de medio día.

En la mañana encendí la radio donde daban las últimas indicaciones para disfrutar del eclipse. Los locutores advirtieron que la oscuridad sería mínima en Colorado, pero pensé que estaban exagerando. El punto máximo fue a las 11:47 a.m. hora local. Salimos con lentes en mano cuando se acercaba el momento. Emocionados pudimos ver cómo el brillo del sol se iba menguando con la interposición de la luna. Pero cuando esta avanzó hacia la hora pico, la luz continuaba aunque más tenue “¿Un mal cálculo de parte de los astrónomos?”, nos preguntamos. Al seguir observando el eclipse con nuestros lentes vimos que un pequeño cachito de sol se asomaba y me maravillé al ver cómo ese cinco por ciento de luz pudo iluminar tanto.

En nuestra vida también hay momentos de oscuridad donde nuestro brillo puede ser eclipsado por muchas adversidades: un fracaso, una decepción, una enfermedad, un accidente o simplemente un bajón en nuestro estado de ánimo. Sin embargo, un cachito de esperanza puede ser suficiente para impedir que caigamos en la oscuridad total ¿Y en qué puede estar representado ese pedacito de luz? En primer lugar, en Dios mismo. Ese “sol de justicia”, como lo llamó el profeta Malaquías. En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien nos dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Recordemos que Jesús también nos llamó para que con su luz iluminemos la vida de los demás: “Vosotros sois la luz del mundo. (…) Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 14.16)

Ese cachito de luz lo podemos ver en su amor que se ve reflejado en las personas a quienes amamos y también en quienes están agradecidos con nosotros porque en algún momento les tendimos una mano. Lo podemos ver en nuestros buenos recuerdos, en los talentos cultivados o en las oportunidades que nos han permitido mejorar.

Nadie está libre de adversidades que pueden llegar para dar un giro a nuestra vida. Que pueden hacernos caer en un eclipse y no necesariamente de dos minutos de duración.  Pero depende de nosotros seguir viendo la luz a través de los rayos de sol que continúan asomándose, dándonos ánimo y repitiéndonos que nuestra vida tiene sentido, que el sol continúa presente dándonos luz y calor con los rayos tenues que logran asomarse en ese pequeño espacio que le dejó la luna.