Corazones listos para responder

Arzobispo Aquila

Durante todo el año litúrgico, hay solo dos santos de quienes la Iglesia celebra formalmente su nacimiento: San Juan Bautista y la Santísima Virgen María. ¿Por qué estos santos y no otros? Porque Dios les dio la misión de anunciar a Jesús y traerlo al mundo. Hoy en día, cada creyente es también invitado por Dios a prepararse para la misma misión.

Las celebraciones de cumpleaños son un reconocimiento del hecho de que con cada nacimiento, el mundo cambia; una persona nueva y única es añadida al grupo de los vivientes. Ahora bien, cuando celebramos el nacimiento de Santa María el 8 de septiembre, reconocemos y afirmamos que el mundo cambió de una manera mucho más profunda y eterna. En la Virgen vemos el cumplimiento de la promesa de Dios en Génesis 3, 15, en donde se anunció que el demonio sería aplastado por el linaje de la Mujer. Dicha mujer es María, la Nueva Eva, cuyo rol fue hermosamente descrito por San Ireneo de Lyon en el siglo II. “De la misma manera que aquella ―es decir, Eva― había sido seducida por el discurso de un ángel, hasta el punto de alejarse de Dios desobedeciendo a su palabra, así esta ―es decir, María― recibió la buena nueva por el discurso de un ángel, para llevar en su seno a Dios, obedeciendo a su palabra; y como aquella había sido seducida para desobedecer a Dios, esta se dejó convencer a obedecer a Dios; por ello, la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva. Y de la misma forma que el género humano había quedado sujeto a la muerte a causa de una virgen, fue librado de ella por una Virgen; así la desobediencia de una virgen fue contrarrestada por la obediencia de una Virgen…” (Adv. Haer., 5, 19, 1).

El nacimiento de la Virgen María marcó un momento decisivo en la historia de la salvación. Fue el momento en que la Nueva Eva nació, y en el que gracias a su “sí” a ser la madre del nuevo Adán, Dios se hizo hombre.

Dios también nos llama a cada uno de nosotros a anunciar el Reino de Dios hoy, en un forma única y propia, según los dones que Dios nos regalado. Todos tenemos nuestro papel en la salvación del mundo; y este próximo viernes 13 de octubre podría ser un momento especial de gracia en nuestro camino a nuestro verdadero hogar en el cielo.

La importancia del 13 de octubre viene de que ese día se cumple el centenario de las últimas apariciones de la Virgen María en Fátima. El mensaje central de Fátima sigue teniendo relevancia y es este: que María quiere ayudarnos a través de su Inmaculado Corazón, a llevar al mundo de vuelta a Dios. El deseo más hondo de la Virgen es que el mundo conozca la misericordia y el amor de su Hijo. Que cada ser humano se encuentre con Él y que ponga su fe en Él.

Dada la inmensa necesidad que todos tenemos de que nuestros corazones sean formados por Jesús, el Obispo Rodríguez y yo queremos invitarlos a todos a consagrarse personalmente y como arquidiócesis al Inmaculado Corazón de María, en una ceremonia especial que se llevará a cabo en la Basílica Catedral el próximo 13 de octubre. Cada parroquia podrá participar de esta consagración, ya sea con su propia celebración, o siguiendo en vivo la ceremonia de la catedral, vía livestream.

La arquidiócesis también está trabajando en algunos materiales de preparación que pueden encontrar en https://archden.org/corazondemaria. Visiten la website y busquen de qué manera se pueden preparar personalmente para esta consagración y así poder participar más plenamente de ella.

Al celebrar el nacimiento de María, ruego a Dios para que cada uno de ustedes abra sus corazones y pueda escuchar las palabras que Jesús pronunció en la Cruz antes de morir: “Ahí tienes a tu madre”. Abran sus corazones para recibir a María como su madre, y para crecer en intimidad con ella, pues ella siempre nos llevará hacia su Hijo Jesús. Pidan a Dios que les conceda una fe más profunda, una fe como la de María, que fue bendecida por su confianza total en el cumplimiento de las promesas de Dios hacia ella (Lc. 1, 45). Recen también por la conversión del mundo, para que cada ser humano abra su corazón y se encuentre con Jesús y conozca su amor eterno. ¡Que María los cubra con su manto de amor y los proteja siempre!

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).