Consejos del Papa a las mamás

En el mes de la madre ofrecemos unas reflexiones iniciales sobre cómo el Papa invita en el capítulo quinto de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia a las mujeres a vivir la heroica vocación a la maternidad.

Los hijos son un don esperado que los hace amados incluso antes de que lleguen. A ello se refiere el Papa Francisco en el capítulo quinto de su Exhortación Apostólica Post- Sinodal Amoris Laetitia (La alegría del amor), titulado “Amor que se vuelve fecundo”.

El Papa Francisco llama a cada hijo un “reflejo viviente de su amor (de los esposos), signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre” (165).

Ellos nunca serán un error. “¡Esto es vergonzoso!” (166), dice el Papa con firmeza. Siempre hay que aceptarlos como un don de Dios, incluso cuando no estuvieron dentro de los cálculos iniciales de la pareja. Ningún sacrificio es demasiado costoso cuando se hace por ellos. A los padres se les ha confiado ese don precioso. Su papel está en educarlos, acogerlos y velar siempre por la salvación de su alma.

El Papa destaca el valor de las familias numerosas las cuales representan “una alegría para la Iglesia”, pues expresan “su fecundidad generosa” (167). Y hace alusión a su predecesor San Juan Pablo II quien dice que los esposos al cooperar con la generación de una nueva vida “dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre» (Familiaris Consortio, 176) y exhortó a vivir una paternidad responsable entendida como “la facultad que los esposos tienen de usar su libertad inviolable de modo sabio y responsable, teniendo en cuenta tanto las realidades sociales y demográficas, como su propia situación y sus deseos legítimos” (Carta a la Secretaria General de la Conferencia internacional de la Organización de Naciones Unidas sobre la población y el desarrollo, 18 marzo de 1994).

Dulce espera

El embarazo es el momento en el que la madre participa en el “misterio de la creación, que se renueva en la generación humana” (San Juan Pablo II: Audiencia general, 12 de marzo de 1980). Esos nueve meses están llenos de sueños. En ellos la mujer se pregunta cómo será y qué vida tendrá el bebé que está gestándose en su vientre. “La madre que lo lleva en su seno necesita pedir luz a Dios para poder conocer en profundidad a su propio hijo y para esperarlo tal cual es” (170), dice el Papa.

Por ello pide a las mujeres gestantes que cuiden su alegría incluso en medio de los temores o preocupaciones, de los comentarios ajenos o los problemas que puedan surgir cuando se espera a un hijo.

¿Y si no ha llegado en el mejor momento? Pedirle al Señor que llene de fortaleza a los esposos para aceptar plenamente a aquel nuevo ser. Los hijos no son una respuesta a las expectativas personales. Son seres humanos. “No es importante si esa nueva vida te servirá o no, si tiene características que te agradan o no, si responde o no a tus proyectos y a tus sueños. Porque “los hijos son un don. Cada uno es único e irrepetible […] Se ama a un hijo porque es hijo, no porque es hermoso o porque es de una o de otra manera. No porque piensa como yo o encarna mis deseos. Un hijo es un hijo” (170). Esperarlo con ternura, aceptarlo sin condiciones y acogerlo gratuitamente son los consejos del Papa Francisco a los padres de hoy.

Los niños necesitan el amor de su padre y su madre, que los ayuden en su madurez íntegra y armoniosa. Necesitan del amor de cada uno, pero también del amor entre ellos. Papá y mamá, dice el Papa, muestran “el rostro materno y el rostro paterno del Señor” (172).

Presencia materna

Francisco destaca el hecho de que la mujer quiera estudiar, trabajar y luchar por sus objetivos personales. Sin embargo, aconseja a las madres a estar junto a sus hijos en sus primeros años de vida y advierte de los riesgos que trae la ausencia del calor y la ternura que solo ellas pueden brindarles. Les recuerda la necesidad de ejercitar su “genio femenino”: su maternidad, su ternura, su compasión, su capacidad de acoger – cualidades que también le otorgan deberes en su misión en esta tierra, necesarios para el bien de todos.

El capítulo quinto de este documento está, pues, lleno de consejos profundos y muy actuales que invitan a las madres a vivir de acuerdo con su vocación para que sean “el antídoto más fuerte ante la difusión del individualismo egoísta”, dice. Añade que “una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana, porque las madres saben testimoniar siempre, incluso en los peores momentos, la ternura, la entrega, la fuerza moral” (174).

Para leer la exhortación apostólica completa haga click aquí

 

 

Próximamente: La ballena de la muerte

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La semana pasada se dieron a conocer las infelices declaraciones del supuesto autor del juego “La Ballena Azul”. Philipp Budeikin, ruso, de 22 años, expulsado de la facultad de psicología y detenido desde noviembre pasado, dijo sin mostrar ningún tipo de remordimiento: “Sí, realmente lo hice, murieron felices. Les di lo que no tienen en la vida real: calidez, comprensión y comunicación”.

Y según sus declaraciones, Budeikin se cree con el criterio de dividir a los adolescentes en dos grupos: “personas” y “residuos biodegradables”.  De incitar a los jóvenes que pertenecen al segundo grupo (según su tétrica clasificación) a quitarse la vida. “Los residuales son aquellos que no tienen ningún valor para la sociedad, sino que, al contrario, le hacen daño a esta. Yo estaba limpiando la sociedad de esas personas residuales”, comentó a la prensa.

Cincuenta retos en cincuenta días que se aprovechan de jóvenes vulnerables, (¡cuántos de nosotros lo fuimos también!) que viven quizás en alguna situación de soledad o que pasan por un momento de tristeza o confusión y que, al no hallar un sentido en su vida real, buscan refugio en el mundo virtual. Es allí donde estas mentes tan moldeables se encuentran con un juego que los atrapa, con maestros anónimos por quienes se dejan “guiar” y hacia quienes sienten temor por las amenazas que reciben en contra de sus familias si no les hacen caso.

Uno de los retos es ver por un día entero películas de terror enviadas por su “maestro” para alterar sus emociones, hacerlos más vulnerables y predisponerlos para aceptar los retos más peligrosos: cortarse la piel hasta tatuarse una ballena, pararse frente a un piso alto y finalmente lanzarse desde un edificio para morir.

Al ver este fenómeno, que al parecer también ha cobrado víctimas en Colombia, me pregunto por la situación de estos jóvenes. Quizás muchos de ellos adolecían de esa “calidez, comprensión y comunicación”. Quizás sus padres estaban demasiado ocupados y pensaron que la mejor manera de entretenerlos era llenándolos de aparatos. A lo mejor no hubo tiempo para una adecuada supervisión sobre lo que veían en las redes. Ni para un diálogo abierto sobre los peligros de navegar solos en el ciberespacio sin ningún límite.

Es normal que los adolescentes se hagan preguntas sobre el sentido de su propia vida. Que experimenten una fuerte necesidad de ser queridos y orientados. En sus mentes van gestándose los sueños que serán decisivos para el desarrollo de su vida adulta.

Necesitan sentirse valiosos (¡y lo son!) y superar retos en los que descubran sus capacidades. Pero estas inquietudes deben plantearse en el mundo real y no a maestros anónimos. Es en el seno de una buena familia, de profesores comprometidos donde encontrarán la “calidez, comprensión y comunicación” pero no aquella inventada por Budeikin sino la que ofrecen de seres humanos que buscan orientarlos en un momento que es clave, hacia una vida llena de sentido. En la que entiendan están muy lejos de ser “residuos biodegradables”.