Colegio en Boulder acoge a niños desplazados por inundaciones

29 niños que iban a la Escuela pública Crest View Elementary en Boulder –la más afectada de la zona, por las históricas inundaciones- quedaron desplazados sin poder estudiar. Al impacto generado en estos niños por los desastres naturales, se sumó la inseguridad de no tener un colegio dónde estudiar. Pero esta situación despertó la caridad católica: Desde el 23 de setiembre, los niños fueron acogidos gratuitamente en la Escuela católica Sacred Heart of Jesus,  y volvieron a estudiar.

Este hecho fue posible, gracias a la donación anónima de un parroquiano de Sacred Heart of Jesus, quien se ha comprometido a pagar el costo de la escuela, los almuerzos y el transporte de los nuevos escolares.

“Después de las inundaciones, todos nos preguntábamos ¿Cómo ayudar? ¿Qué hacer?”, dijo Sarah Wostenberg, Coordinadora de admisiones de la Escuela Sacred Heart of Jesus. “Vimos que como escuela, podíamos educar a los niños y ofrecerles la seguridad de ya no estar desplazados”, agregó.

Además, según Wostenberg, el Párroco de Sacred Heart , P. Chris Renner y la Directora del colegio, Roonie Leittem-Murrell, habían pedido a todo el personal hacer lo necesario para ayudar a la comunidad. Esto, pese a que muchos miembros del staff de la Escuela, también habían sido afectados por las inundaciones, e incluso estaban viviendo con familiares.

Pero la ayuda no se hizo esperar. “Ha sido una gran oportunidad para que nuestros estudiantes católicos muestren las virtudes de su fe”, dijo Wostenberg. Esto, tomando en cuenta que la mayoría de los 29 niños nuevos, no son católicos. “Se trata de tomar consciencia de que otras personas necesitan ayuda, y nosotros podemos ayudar”, agregó Wostenberg.

Esta expresión de solidaridad y caridad católica ha sido muy bien acogida por los nuevos padres de familia, quienes se han mostrado muy agradecidos con la Escuela y la comunidad.

 

 

Próximamente: La ballena de la muerte

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La semana pasada se dieron a conocer las infelices declaraciones del supuesto autor del juego “La Ballena Azul”. Philipp Budeikin, ruso, de 22 años, expulsado de la facultad de psicología y detenido desde noviembre pasado, dijo sin mostrar ningún tipo de remordimiento: “Sí, realmente lo hice, murieron felices. Les di lo que no tienen en la vida real: calidez, comprensión y comunicación”.

Y según sus declaraciones, Budeikin se cree con el criterio de dividir a los adolescentes en dos grupos: “personas” y “residuos biodegradables”.  De incitar a los jóvenes que pertenecen al segundo grupo (según su tétrica clasificación) a quitarse la vida. “Los residuales son aquellos que no tienen ningún valor para la sociedad, sino que, al contrario, le hacen daño a esta. Yo estaba limpiando la sociedad de esas personas residuales”, comentó a la prensa.

Cincuenta retos en cincuenta días que se aprovechan de jóvenes vulnerables, (¡cuántos de nosotros lo fuimos también!) que viven quizás en alguna situación de soledad o que pasan por un momento de tristeza o confusión y que, al no hallar un sentido en su vida real, buscan refugio en el mundo virtual. Es allí donde estas mentes tan moldeables se encuentran con un juego que los atrapa, con maestros anónimos por quienes se dejan “guiar” y hacia quienes sienten temor por las amenazas que reciben en contra de sus familias si no les hacen caso.

Uno de los retos es ver por un día entero películas de terror enviadas por su “maestro” para alterar sus emociones, hacerlos más vulnerables y predisponerlos para aceptar los retos más peligrosos: cortarse la piel hasta tatuarse una ballena, pararse frente a un piso alto y finalmente lanzarse desde un edificio para morir.

Al ver este fenómeno, que al parecer también ha cobrado víctimas en Colombia, me pregunto por la situación de estos jóvenes. Quizás muchos de ellos adolecían de esa “calidez, comprensión y comunicación”. Quizás sus padres estaban demasiado ocupados y pensaron que la mejor manera de entretenerlos era llenándolos de aparatos. A lo mejor no hubo tiempo para una adecuada supervisión sobre lo que veían en las redes. Ni para un diálogo abierto sobre los peligros de navegar solos en el ciberespacio sin ningún límite.

Es normal que los adolescentes se hagan preguntas sobre el sentido de su propia vida. Que experimenten una fuerte necesidad de ser queridos y orientados. En sus mentes van gestándose los sueños que serán decisivos para el desarrollo de su vida adulta.

Necesitan sentirse valiosos (¡y lo son!) y superar retos en los que descubran sus capacidades. Pero estas inquietudes deben plantearse en el mundo real y no a maestros anónimos. Es en el seno de una buena familia, de profesores comprometidos donde encontrarán la “calidez, comprensión y comunicación” pero no aquella inventada por Budeikin sino la que ofrecen de seres humanos que buscan orientarlos en un momento que es clave, hacia una vida llena de sentido. En la que entiendan están muy lejos de ser “residuos biodegradables”.