Charlie, Alfie y el totalitarismo ingles

Carmen Elena Villa

Muchas personas alrededor del mundo estuvimos pendientes de la noticia del pequeño Alfie Evans. El niño británico de tan solo 23 meses de edad quien nació sano, pero con el tiempo fue desarrollando una extraña enfermedad neurológica degenerativa.

Tan pronto supe de este caso recordé al pequeño Charlie Gard, quien sufría de síndrome de agotamiento mitocondiral y falleció hace menos de un año (28 de julio de 2017) debido a que la Alta Corte Británica decidiera desconectarlo del soporte alimenticio y de ventilación y le negó a sus padres que lo trasladasen a Estados Unidos para someterlo a un tratamiento experimental.

La historia se repitió. Con matices diferentes pero básicamente el mismo drama. Un bebé a quien le es diagnosticada una rara enfermedad. Unos padres que toman la natural decisión de hacer lo que esté a su alcance para tratarlo. Un estado que le quita el derecho a los padres buscar un tratamiento y – por qué no – la posibilidad de una cura.

Los médicos del hospital Alder Hey de Liverpool decidieron desconectar a Alfie del soporte medico y de ventilación. Consideraban que no valía la pena seguir tratando a un niño con una enfermedad desconocida. Los padres Kate James y Thomas Evans, querían, en cambio, que los médicos siguieran buscando un tratamiento que pudiera traer esperanza de vida al pequeño.

Acudieron a los tribunales de Reino Unido y al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo buscando que Alfie no fuse desconectado. Algunos centros médicos como el Hospital Pediátrico Bambino Gesú de Roma y el Instituto Neurológico Carlo Besta de Milán le ofrecieron acogerlo y hacer por el pequeño lo que estuviese a su alcance. Incluso Alfie logró obtener la ciudadanía italiana. Pero los jueces rechazaron todas las peticiones y apelaciones. El niño fue desconectado el pasado 23 de abril y según el pronóstico, debió haber fallecido en las siguientes seis horas pero vivió, en cambio, cinco días más. Pero esto tampoco convenció ni a los médicos ni a los tribunales. Sus padres pidieron llevárselo a casa para estar con él en los últimos momentos. También les fue negada esta petición.

Duele ver que el sistema pase por encima de la voluntad de los padres y sea el estado quien decida si un niño de estas condiciones debe o no seguir viviendo. Duele también ver que el hospital, un lugar destinado al “diagnóstico y tratamiento de enfermos”, según la definición del mismo en la Real Academia de la Lengua, sea más bien el lugar donde se les propicia la muerte anticipada cuando los médicos deciden que no vale la pena tartar más al paciente y prefieren matarlo de hambre y asfixia que seguirle suministrando la ventilación y alimentación necesaria para que viva. Este caso salió a la luz pero ¿cuántos más morirán por culpa del totalitarismo de los médicos o las cortes inglesas? Ojalá esta historia, junto con la de Charlie no caigan en el olvido y nos haga cuestionarnos sobre hasta dónde llega la mentalidad eugenésica que ahora te obliga a prescindir del más débil, de quien resulta más costoso sostener y que busca en la muerte la mejor solución para un desafío como lo es la enfermedad tanto de Charlie como de Alfie.

Próximamente: El Espíritu Santo habla a través de la vida de los santos

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(Foto de dominio público)

Los apóstoles, encogidos de miedo, encerrados en el Cenáculo, esperaban hasta que la amenaza a sus vidas se hubiera calmado. Mientras se escondían, Jesús se les apareció, les dio paz y les explicó las Escrituras. Todos hemos tenido momentos en que nos hemos sentido abrumados y, así como con los Apóstoles, Jesús desea entrar en estos periodos de miedo y dificultad, fortalecernos y darnos una misión.

El domingo pasado recibimos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia mientras celebramos la Solemnidad de Pentecostés, recordando su acción a través de la historia. Cuando creó el mundo, Dios Padre sopló su Espíritu sobre las aguas de la tierra y creó la vida. Luego, después de ascender al cielo, nos envió su Espíritu Santo en una forma nueva y poderosa en Pentecostés, dando a la Iglesia “poder desde lo alto” (Lucas 24, 49).

Esa misma promesa, en la forma de los dones de Espíritu Santo, está destinada a cada uno de nosotros hoy. Los Apóstoles recibieron el don de poder hablar en otras lenguas, acompañado de la señal visible de una flama sobre ellos. Sus palabras, como las de profeta Elías “abrasaba como antorcha” (Eclo 48,1) y llevaron a muchos a la fe.

La solemnidad de Pentecostés y el envío de los Apóstoles está estrechamente ligado a el tema del que escribe el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica, Gaudete et Exsultate (Regocijaos y alegraos), el tema de “Tu misión en Cristo”.

En Gaudete et Exsultate, el Papa Francisco dedica la sección “Tu misión en Cristo” a examinar cómo cada persona, al igual que San Pedro, tiene un objetivo en esta vida: ser santos. “La misión”, explica el Papa, “tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde Él. En el fondo, la santidad es vivir en unión con Él los misterios de su vida” (GE, 20).

Después de que los Apóstoles recibieron al Espíritu Santo y glorificaron a Dios en muchas lenguas, Pedro se levantó proclamando valientemente lo que Dios estaba haciendo y llamó a las miles de personas reunidas a arrepentirse y a ser bautizadas. Al hacerlo, Pedro estaba cumpliendo la misión única que Dios le había dado. Como sabemos por las Escrituras, Pedro continúo su camino único a la santidad como el primer Papa, finalmente dando su vida por la fe.

Tu camino a la santidad tendrá diferentes características, así como cada santo es único en su relación con el Señor. Puede ir desde cosas pequeñas como consolar a un niño enfermo, compartir con otros la alegría del Evangelio, o acompañar a alguien que está muriendo. Pero puedes estar seguro de que, sin importar el camino, experimentaras la muerte y la resurrección de Cristo en una manera única y personal. Seguir los pasos del Señor significa permitirle a tu corazón ser más como el de Él. Tú experimentaras “distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor”.

Este itinerario realza que cada una de nuestras vidas transmite una palabra de Dios al mundo.  “Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo” (GE, 21), enseña el Santo Padre. Durante su vida en la tierra, el corazón de Jesús se llenó del Espíritu Santo, quien lo movió y lo inspiró. Después de su Ascensión a los cielos, derramó el mismo Espíritu sobre nosotros. El espíritu hace en nosotros lo que hizo en Jesucristo. Si le permitimos, el Espíritu Santo manifestará las virtudes de Cristo en nuestros corazones y nos convertiremos en imágenes vivientes de Cristo.

Aunque esto pueda parecer imposible, el Papa Francisco nos aconseja enfocarnos en la vida de cada santo en su conjunto, “no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas” (GE, 22). Este es un punto importante para nuestra cuidadosamente diseñada era de redes sociales que promueve fachadas de perfección. La fuerza del Evangelio es la verdad de que Jesús nos ama y nos redime a pesar de conocer nuestros pecados. Uno puede ver esto en la vida de los santos en su camino a seguir a Jesús.

Nuestro mundo perdido y confundido necesita la palabra que Dios desea transmitir a través de cada una de nuestras vidas. Abran sus corazones al Espíritu Santo y recen para alcanzar un corazón receptivo y dócil, escuchen al Señor hablar a su corazón, “…para Dios todo es posible” (Mateo 19.26). Me uno al Papa Francisco en oración, Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu…” (GE, 24).