Andrea Polito, virgen consagrada, esposa de Cristo

Carmen Elena Villa

Era el 6 de abril de 2012 – Viernes Santo – cuando Andrea Polito, entonces con  26 años, estaba haciendo lo que muchos católicos hacen en este día sagrado: Orando a los pies de la cruz.

Andrea, enfermera de profesión y especialista en oncología pediátrica, compartió, en diálogo con Denver Catholic en español, que había tenido una experiencia en la oración que solo puede describir como un “momento profundo de gracia”.

“Estaba mirando a María Magdalena”, cuenta, “y le pregunté al Señor ‘¿por qué de toda la gente que sanaste en tu ministerio solo llegó hasta ahí?”. “Y Él (Jesús) simplemente dijo: ‘porque ella lo dejó todo y me siguió’”.

“Y yo solo pude decir instintivamente en ese momento: ‘Ahí es donde quiero vivir, ahí es donde quiero estar’ y Él me dijo ‘Bien, entonces ven y sígueme’”.

Polito dijo que esta oración le sorprendió: “Pensaba, ¡oh no!, que le había dicho a Jesús que quería ser religiosa y para ser sincera, me asusté”.

Pero a medida que ella rezaba más y más durante las siguientes semanas y meses, se dio cuenta de que lo Dios le estaba pidiendo no era dejar el mundo como lo requeriría la vida religiosa: “Me sentí realmente convencida de mi trabajo, tenía la convicción de la presencia católica en el campo médico, que es un lugar secular. No experimenté ninguna paz al pensar en dejar el mundo”.

Por medio de conversaciones con un amigo, el padre John Nepil, quien luego se convirtió en su director espiritual, Andrea empezó a considerar la vocación de ser una virgen consagrada.

 

Foto de Joshua Paul Photography. Andrea Polito, postrada en el suelo en símbolo de humildad y súplica mientras los fieles recitaban el rezo de las letanías de los santos.

Discernimiento en oración

Así esta joven comenzó un serio proceso de discernimiento y oración.  “Durante varios años estudié, realicé un retiro de 30 días e hice una elección. Hablé con la arquidiócesis y esto fue lo que le dio más sentido a mi llamado”, dice.

El pasado 22 de julio, casi cinco años después de escuchar la primera invitación a seguir más de cerca a Cristo y en la fiesta de Santa María Magdalena, Andrea fue consagrada como virgen para la Arquidiócesis de Denver.

El arzobispo Samuel Aquila celebró el rito de la consagración en la catedral basílica Immaculate Conception. La ceremonia contó con la presencia de 20 sacerdotes concelebrantes.

La consagración de una virgen es uno de los sacramentales más antiguos en la Iglesia y el cual ha resurgido después del Concilio Vaticano II. En la Iglesia primitiva, antes de que existieran las órdenes religiosas, muchas mujeres consagraban su virginidad al Señor para dedicarse a tiempo completo a la evangelización.

La virgen consagrada vive en medio del mundo, en unión íntima con Dios, ofreciendo el don de su virginidad física a Cristo como signo de la donación total de su vida entera a Él. No se le dice “hermana”, viste de manera seglar, recatada, le debe obediencia al obispo local y lleva un anillo como símbolo de este compromiso.

De acuerdo con la Asociación de Vírgenes Consagradas en los Estados Unidos en el mundo hay aproximadamente 3 mil mujeres que viven en este estado de vida. 235 viven en este país. En la arquidiócesis de Denver hay seis vírgenes consagradas y dos mujeres más en proceso de preparación para dar este paso.

Foto de Joshua Paul Photography. Andrea recibiendo de manos del arzobispo la Liturgia de las Horas, como símbolo de su unión a la Iglesia en oración por el bien del mundo.

“Un día de gran alegría”

El rito de la consagración comenzó con el llamado a la candidata, luego de la lectura del Evangelio. Andrea, con un cirio en su mano, se acercó al altar mientras el coro cantó “Vírgenes prudentes, preparad vuestras lámparas: Ya llega el Esposo, salid a su encuentro”.

“Te has comprometido permanentemente al Señor, y donándote completamente a Él”, dijo el Arzobispo en su homilía. “Si realmente deseas la felicidad y la alegría, debes pertenecer a Cristo y solo a Él”.

“Este es el deseo más profundo del Señor para ti Andrea y para cada cristiano”.

Después el Arzobispo interrogó a Andrea acerca de su disposición de aceptar la consagración como esposa de Cristo, y luego, de manera similar al sacramento de la santa orden y la profesión o votos religiosos, Andrea se postró en el suelo mientras los fieles le pedían a los santos interceder por ella.

Luego Andrea puso sus manos en las del Arzobispo: “Padre, recibe, mi propósito de castidad perfecta y mi determinación de seguir a Cristo”, le dijo.

El Arzobispo pronunció así la oración de consagración y luego, la nueva virgen consagrada recibió el libro de la Liturgia de las Horas, así como el anillo que simboliza su matrimonio místico con Cristo.

Andrea asegura que el momento culmen de su consagración fue cuando ella estaba arrodillada delante del Arzobispo con sus manos en las suyas “experimenté que tengo un padre en la arquidiócesis, y que yo era hija de la arquidiócesis, fue realmente hermoso”.

 

 Llamado a Denver

Andrea hoy tiene 31 años, es original de San Diego, California. Estudió enfermería en la Franciscan University of Steubenville en Ohio y luego se mudó a Washington, DC para empezar su trabajo como enfermera pediátrica.

En el año 2010 se mudó a Denver. Estaba sin trabajo y en su interior algo le decía que debía vivir en Colorado. “Al principio creí que había tomado una terrible decisión ”, confesó. Llegó en pleno invierno, algo difícil para una californiana. Le tomó cuatro meses encontrar un trabajo. “Pero el Señor definitivamente provee”, dijo luego con convicción. “Obviamente, veo en retrospectiva por qué Dios me llamó aquí. Fue por el bien de esta vocación, por el bien de la misión aquí en Denver”, concluye.

 

 

Próximamente: La oración es la mejor arma

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¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).