Acoger la Misericordia de Dios

Estamos llamados a experimentar la presencia viva de Nuestro Señor con la fe puesta en su Sagrado Corazón que nos invita a la reconciliación de nuestra vida. El camino de la misericordia en cada uno de nosotros tiene distintas manifestaciones y es siempre único, si bien al hacer el camino lo vamos realizando como Pueblo de Dios que se deja encontrar con el Resucitado. A todos nosotros se nos da la oportunidad de volver a empezar, de reencontrarnos con Jesús quien nunca nos deja solos y nos brinda su Palabra, la Eucaristía y la Reconciliación – llamada comúnmente Confesión.

En el ministerio público, el mismo Cristo en varias ocasiones perdona, como verdadero Dios, a todos los que se acercaron a Él con sincero arrepentimiento: “Hijo, tus pecados están perdonados” (Mc 2,5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de él para curarlos (cf. M. 2,17); los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. El mismo Jesús Resucitado le dio esa autoridad a los Apóstoles: “Reciban el Espíritu Santo; a los que les perdonen los pecados les son perdonados” (Jn 20,23). Previamente, el Señor les había dicho “así como el Padre me envió yo los envío a ustedes” (Jn 20,21). Se trata de una transmisión y comunicación del mismo envío que el Padre le dio a su Hijo. La sucesión apostólica nos garantiza que en la Iglesia los Obispos y sus colaboradores –los sacerdotes– continúan ejerciendo este ministerio de misericordia.

A través de los siglos, la Iglesia ejerció la celebración de distintas formas pero siempre conservando el mismo sentido y causando el mismo efecto, es decir, el perdón de Dios a los hermanos, hacia uno mismo, la creación y la Iglesia. Con gran claridad lo leemos en el Catecismo 1422: “Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones” (cf. LG 11).

El sacramento de la reconciliación que el mismo Cristo instituyó nunca perdió validez ni está fuera de moda, ni es solo para los niños de la catequesis o solo para determinadas ocasiones de la vida. Por el contario, cuanto más lo celebramos más nos enriquecemos, crecemos en la humildad y la, verdad, más aprendemos a discernir la voluntad de Dios y recibimos los frutos de la paz, alegría, fortaleza para hacer el bien y vencer el mal. Que importante es experimentar la misericordia del Señor por este canal de gracia santificante y sanadora.

El Papa Francisco nos decía en la audiencia general del 19 de febrero de 2014: “Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor lo expresa en su vínculo profundo es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos” (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26). Por lo tanto, es bueno y necesario tener presente que este sacramento es de sanación o curación de lo que el pecado haya herido en nuestras vidas, cuando nos ha dejado tristeza, amargura, rencor, egoísmo, mentira, infidelidad y tantas situaciones que nos quitan la libertad y alegría de los hijos de Dios.

La celebración de la misericordia cuando nos acercamos bien dispuestos, con un examen de conciencia que nos favorece la Palabra de Dios, con sincera búsqueda del abrazo del Padre Dios nos puede transformar nuestra vida enriqueciéndola en distintas dimensiones.

Las personas reconciliadas son las que testimoniarán la misericordia divina con auténticas obras fraternas ya sean espirituales o corporales particularmente hacia los más necesitados de su entorno como también a los que encuentren en el camino cotidiano.

En este Año Santo todos los cristianos tenemos una llamada personal y comunitaria a ser misericordiosos y a comunicar misericordia. Ante tantas formas y carencias habrá que conocer dónde, cómo y cuándo podremos ejercer la compasión a rostros de hermanos nuestros que nos dicen te necesito. La realidad social es una vía para  encontrar y concretizar el camino de la misericordia particularmente en las familias donde se está esperando una palabra de consuelo, de orientación, de alivio o algún gesto solidario que lleve a redescubrir el valor de la vida, el sentido de la existencia, la importancia de la fe.

*Sacerdote argentino, miembro de la congregación de los padres marianos de la Inmaculada Concepción. Recientemente estuvo en Denver para ofrecer charlas y retiros sobre la Misericordia. 

Próximamente: La ballena de la muerte

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La semana pasada se dieron a conocer las infelices declaraciones del supuesto autor del juego “La Ballena Azul”. Philipp Budeikin, ruso, de 22 años, expulsado de la facultad de psicología y detenido desde noviembre pasado, dijo sin mostrar ningún tipo de remordimiento: “Sí, realmente lo hice, murieron felices. Les di lo que no tienen en la vida real: calidez, comprensión y comunicación”.

Y según sus declaraciones, Budeikin se cree con el criterio de dividir a los adolescentes en dos grupos: “personas” y “residuos biodegradables”.  De incitar a los jóvenes que pertenecen al segundo grupo (según su tétrica clasificación) a quitarse la vida. “Los residuales son aquellos que no tienen ningún valor para la sociedad, sino que, al contrario, le hacen daño a esta. Yo estaba limpiando la sociedad de esas personas residuales”, comentó a la prensa.

Cincuenta retos en cincuenta días que se aprovechan de jóvenes vulnerables, (¡cuántos de nosotros lo fuimos también!) que viven quizás en alguna situación de soledad o que pasan por un momento de tristeza o confusión y que, al no hallar un sentido en su vida real, buscan refugio en el mundo virtual. Es allí donde estas mentes tan moldeables se encuentran con un juego que los atrapa, con maestros anónimos por quienes se dejan “guiar” y hacia quienes sienten temor por las amenazas que reciben en contra de sus familias si no les hacen caso.

Uno de los retos es ver por un día entero películas de terror enviadas por su “maestro” para alterar sus emociones, hacerlos más vulnerables y predisponerlos para aceptar los retos más peligrosos: cortarse la piel hasta tatuarse una ballena, pararse frente a un piso alto y finalmente lanzarse desde un edificio para morir.

Al ver este fenómeno, que al parecer también ha cobrado víctimas en Colombia, me pregunto por la situación de estos jóvenes. Quizás muchos de ellos adolecían de esa “calidez, comprensión y comunicación”. Quizás sus padres estaban demasiado ocupados y pensaron que la mejor manera de entretenerlos era llenándolos de aparatos. A lo mejor no hubo tiempo para una adecuada supervisión sobre lo que veían en las redes. Ni para un diálogo abierto sobre los peligros de navegar solos en el ciberespacio sin ningún límite.

Es normal que los adolescentes se hagan preguntas sobre el sentido de su propia vida. Que experimenten una fuerte necesidad de ser queridos y orientados. En sus mentes van gestándose los sueños que serán decisivos para el desarrollo de su vida adulta.

Necesitan sentirse valiosos (¡y lo son!) y superar retos en los que descubran sus capacidades. Pero estas inquietudes deben plantearse en el mundo real y no a maestros anónimos. Es en el seno de una buena familia, de profesores comprometidos donde encontrarán la “calidez, comprensión y comunicación” pero no aquella inventada por Budeikin sino la que ofrecen de seres humanos que buscan orientarlos en un momento que es clave, hacia una vida llena de sentido. En la que entiendan están muy lejos de ser “residuos biodegradables”.