Acabar con el acoso requiere más que leyes

Arzobispo Aquila

La actual ola de revelaciones de acoso sexual a lo largo del país evidencia que mientras las políticas y leyes pueden ser de gran ayuda, estas no resuelven la cuestión de fondo.  El problema que tenemos que enfrentar es que la cultura americana no reconoce la dignidad de la persona humana, la cual valora la sexualidad como un don, y no la trata como una mercancía.

La historia nos enseña que, aunque el acoso sexual no es nuevo, su alcance directo y su desvergonzada agresividad sí lo son. El comportamiento de depredación sexual se extiende desde políticos hasta estrellas de Hollywood:  periodistas, artistas y – como la Iglesia ha efnrentado de una manera muy difícil – también clérigos.

En julio próximo se celebrará el 50 aniversario de la encíclica del beato Pablo VI Humanae Vitae, sobre la sexualidad y la anticoncepción. A pesar de las presiones que recibió el Pontífice para cambiar las enseñanzas de la Iglesia sobre contracepción, el Papa, en espíritu de oración y sabiduría, nos enseñó que los aspectos unitivo y procreativo del sexo no pueden separarse sin que esto cause un daño significativo. Él predijo que haciendo esto solo iba a bajar nuestra moralidad y a aumentar la infidelidad matrimonial, crearía una pérdida de respeto del hombre a la mujer y permitiría a los gobiernos coaccionar a los ciudadanos al uso de métodos anticonceptivos.

Lamentablemente las ideas proféticas del beato Pablo VI se han cumplido con el uso generalizado de la anticoncepción. Su predicción acerca de la pérdida de respeto a la mujer es muy relevante en la discusión sobre el acoso sexual. El escribió: “El hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada” (Humanae Vitae 17).

Puede resultar ligero decir que el aumento del acoso sexual está enteramente ligado al uso extendido de la anticoncepción, pero es innegable el papel que han desempeñado en convertir el sexo en una mercancía y en la cosificación de la mujer.

El sicólogo Mark Regnerus analizó esta situación en su nuevo libro Cheap sex The Transformation of Men, Marriage and Monogamy (Sexo báratro la transformación de los hombres, el matrimonio y la monogamia””  n.d.t). Él afirma “El sexo es barato. La actividad sexual se ha visto más disponible que nunca. El sexo barato se ha hecho posible gracias a dos tecnologías que tienen poco que ver entre sí: las pastillas anticonceptivas y la pornografía y su distribución se ha hecho más eficiente con la tercera innovación tecnológica, las citas en línea. Juntas han reducido el costo del sexo real y a la vez entorpecen el desarrollo del amor, hacen que la fidelidad sea un desafío más grande, que la maleabilidad sexual sea más común y e incluso han afectado la habilidad de los hombres para casarse.

Una investigación realizada por Jennings Bryant y Dolf Zillman en la Universidad de Alabama respalda esta conexión entre la pornografía y la pérdida de valoración de la mujer. Ellos con el tiempo han descubierto que muchos hombres consumidores de pornografía se vuelven más insensibles hacia las mujeres y menos propensos para valorar la monogamia y el matrimonio.

Cuando un hombre y una mujer están involucrados en un acoso sexual, ellos no pueden ver la dignidad inherente de otra persona y el verdadero significado de la sexualidad humana como un don de Dios. Más bien se enfocan en su propia satisfacción, la cual muchas veces los lleva a usar a la otra persona para satisfacer sus deseos. Y cuando se arraiga esta forma de pensar, las personas cambian su patrón como quien cambia de ropa. La fidelidad, los compromisos a largo plazo, la espera de la intimidad sexual hasta el matrimonio, son vistos como algo tonto. Esto es lo que ocurre cuando se deja de lado a Dios y su plan en la creación y cuando nosotros decidimos qué es bueno y qué es malo.

Sabemos por las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia que las relaciones amorosas, especialmente el matrimonio, están destinados a ser más que un medio de realización personal que dura solo mientras agrada a ambas partes. Parafraseando al Papa Francisco digo que el amor no es una mercancía que puede ser usada y luego desechada.

La solución a la trágica cosificación de la persona no se da solo con introducir más leyes y políticas, sino con el cambio de nuestros corazones, para que nuestros deseos puedan seguir el Plan que Dios tiene para nuestra sexualidad. Como católicos hemos sido bendecidos con la riqueza de las enseñanzas del Beato Pablo VI y de la teología del cuerpo de San Juan Pablo II. Podemos aprender de Jesús en los evangelios, quien trató a las mujeres con dignidad y respeto, bien sea a la mujer sorprendida en adulterio, a la mujer samaritana, o a Marta y María.

Dios nos hizo a su imagen y semejanza, dando a cada ser humano una dignidad inherente. Él moldeó nuestros corazones y relaciones para que reflejáramos el amor que se vive al interior de la trinidad, para que sean una comunión de generosidad desinteresada, para el bien del otro y para que del amor venga el don de la apertura a la vida.

La lucha contra el flagelo del acoso sexual comienza cuando se recupera el sentido de la dignidad sagrada de cada persona. Esto requiere conversión y la gracia de Jesucristo a través de los sacramentos. Se pueden hacer oraciones sencillas como “Jesús concédeme la gracia de amar y respetar a las personas como tú los amas y los respetas” o “Padre concédeme la gracia para ver la sexualidad humana como tú la creaste” o  “Jesús, líbrame de cosificar al ser humano y ayúdame a tratarlo con tu respeto”.

Finalmente, aliento a cada uno a luchar contra las tentaciones contra una recta sexualidad y también con las distorsiones que son muy comunes hoy en día, acudiendo al sacramento de la Confesión. No importa cuántas veces caigas si la misericordia del Padre está ahí para ti. Tú puedes buscar apoyo a través de páginas como www.foryourmarriage.org  y www.reclaimsexualhealth.com. Que cada uno de nosotros en esta época de adviento encuentre a Jesús de manera muy profunda y que podamos recibirlo más íntimamente en nuestros corazones.

Próximamente: La oración es la mejor arma

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

¿Sabías que diariamente cada uno de nosotros ve centenares – si no son miles – de avisos publicitarios? De hecho, el censo entre los investigadores de marketing dice que es posible que se vean o escuchen hasta 4 mil por día.

Estamos bombardeados de mensajes y al mismo tiempo nos consuelan las palabras de San Pablo en su carta a los tesalonicenses: “Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (I Tes 5. 16 – 18).

Esta columna es la tercera y final de una serie de artículos que he escrito sobre la Exhortación Apostólica del Papa Gaudete et Exsultate, Regocijaos y alegraos, (las otras dos columnas se han publicado en nuestra página web n.d.t) la cual tiene como objetivo inspirar a todas las personas a la santidad. Como expliqué en mi columna anterior esta semana estaré reflexionando sobre la sección “En oración constante” y “Combate, vigilancia y discernimiento”. He escogido focalizarme específicamente en estas secciones porque ellas nos indican cómo los cristianos debemos interactuar y ver el mundo en el cual vivimos.

Y las preguntas sobre nuestra cosmovisión son especialmente importantes ya que la verdad se vuelve más difícil de descubrir con la avalancha de información que experimentamos.

El Papa Francisco dedica la última sección de su capítulo sobre la santidad al tema “En oración constante”, como la exhortación que hace San Pablo de orar continuamente. Esto suena imposible, y lo sería si tuviéramos que confiar solo en nuestras fuerzas o en nuestra capacidad de concentración. Pero sabemos que “para Dios todo es posible” (Mt. 19, 26).  Este reto es tan importante que el Papa Francisco dice: “No creo en la santidad sin oración” (GE 147).

La batalla que cada uno de nosotros enfrenta cada día y cada minuto está entre las realidades inmediatas que nos rodean en este mundo y las realidades sobrenaurales que se encuentran de manera simultánea en el trabajo. Tendemos a concentrarnos en lo que podemos ver y olvidamos aquello que no podemos ver. El Papa Francisco escribe. “El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor” (GE 147).

Estar en oración continua no quiere decir recitar plegarias en todo momento o esperar siempre emociones intensas. Significa más bien permanecer en presencia de Dios en todo lo que hagamos.  Hacemos de Dios el final de cada acción, pensamiento o palabra. El Santo Padre cita a San Juan de la Cruz para describir esta manera de vivir. “Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a Él su corazón” (GE 148).

El secreto de permanecer conectados con Dios en todo momento está en la relación con la Santa Trinidad.  Cuando sepas en tu corazón que tu identidad más fundamental es la de hijo de Dios Padre, serás capaz de pasar tiempo en silencio, descansando en la presencia del Espíritu Santo y escuchando atentamente su palabra. “En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone”, dice el Papa Francisco (GE 150).

El tiempo que empleamos encontrando a cada persona de la Santa Trinidad es lo que inflama nuestros corazones y nos cura. Nos permite profundizar en la realidad y aviva nuestra experiencia. El Papa se inspira en una hermosa experiencia de Santa Teresita de Lisieux para describir cómo una comunidad puede ser transformada.

“Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea”, cuenta Santa Teresita. “De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros (…). No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (GE 145).

El Santo Padre también reconoce que hay una batalla constante librada por el diablo para alejarnos de la vida centrada en Dios. Al principio del capítulo cinco, refiriéndose al combate espiritual, el Papa Francisco marca un punto en el que dice que cuando hablamos de la batalla con el mal, la Iglesia no solo está hablando de enfrentar una mentalidad mundana o esforzarse por superar las debilidades humanas (cf GE 158 – 159). Satanás es real; él es “un ser personal que nos acosa” (GE 160).  Esto se demuestra, dice el Papa, con el poder destructivo del maligno en el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo, no tenemos por qué sentirnos intimidados por esta batalla, sepamos que Jesús en la cruz venció el pecado, a la muerte y a Satanás. “Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella”, (GE, 163). La clave está en participar de esta lucha dependiendo de Jesús, cultivando todo aquello que es bueno, verdadero y hermoso, profundizando en nuestra vida de oración y creciendo en el amor.

Y mientras que comenzamos este tiempo de verano, oro para que tú puedas fortalecerte con la armadura de la oración constante, para que, tanto tú como las personas sobre las cuales tienes influencia se acerquen más a Jesucristo. Te invito a que crezcas en tu devoción y atención a la Eucaristía, a que reces el Rosario en familia. Que las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium te inspiren a aceptar este desafío: “El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (EG 85).